Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, llaves, y otras plantas de interior.


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Derretida

Él me tomó de la mano después de mis evasivas, largas y excusas haciéndome la cool. Consentí, porque es una persona que aprecio y admiro. Los diez soles de las yemas de sus dedos orbitaron los míos.

Me derritió su gesto, he llorado y llorado desde entonces. Lloro por el cinismo helado que se incrustó en mi mirada: este ha sido el año en que me di por vencida en el amor de pareja. Lloro de alivio valiente, encendido y mutuo a prueba de distancia cortés para evitar decepciones. Son lágrimas de hielo cansado.

¿Por vencida? ¡Jamás! No me da miedo que me rompan el corazón. Asusta más lo fácil que es acostumbrarse a no sentir en las sociedades donde nadie se toca.

 


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Doce

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Yo abrí un blog.

1999-2007 Mónico Neck 49 (26)

Mira: este es el escritorio original.

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De darte las gracias por leer. Hay millones de blogs en el ciberespacio y, por alguna razón, tú y yo coincidimos en éste. Somos un instante, apenas.

Gracias por tus comentarios públicos o en privado que nos han acercado y revelando quién escribe, quién lee, nos vamos sintiendo menos solos.  Quizás algún texto se nos convirtió en punto de partida para una amistad; me contaste tu historia, te compartí la mía y ahora somos cómplices de significados. A lo mejor viajaste o interrumpiste tu día laboral para tomarnos un café, un día. (¡Lo aprecio tanto!) O puede ser que nos conociéramos de otro ámbito y zas, acá nos procuramos una conexión distinta, y qué rico despojarnos de los estereotipos. Yo siento que te quiero y te voy queriendo cada año más, tal cual. ¡Ah! gracias, todas las veces, porque cada recomendación tuya del blog, el libro o el podcast apoya la vida hecha a mano y la creación independiente, lejos de estrategias de mercadotecnia o relaciones públicas; la que confía en que el mensaje y su destinatario se irán encontrando porque ese el contenido.

Por estos rumbos hoy es día de celebrar. ¡Pásale a la fiesta junto al olmo! Hay agua de horchata, jamaica, tamarindo, cervezas, tortas cubanas en miniatura y, junto a la gelatina festiva, una banderita de tu país: México, Estados Unidos, España, Argentina, Canadá, Colombia, Brasil, Perú, Uruguay, Australia, Venezuela, Chile, Italia, Guatemala, Ecuador, Inglaterra, Honduras,  Alemania, Países Bajos, Costa Rica, Bolivia, Turquía, República Dominicana, China, Suiza, Japón, Rusia (gratitud extra por pasar a leer durante el Mundial).

Tengo doce trecedejulios insistiéndote en ello y te lo repetiré otros tantos más, así hayas estado desde el principio o desde tiempos recientes: tu lectura le da sentido a estas letras, es un encuentro que hacemos posible juntos. Es lo único que no ha cambiado. Al contrario: se ha fortalecido.

Desde California, recibe un abrazote de letras —efusivo, lloroso de bonito—atravesando cualquier pantalla, dispositivo y frontera. Un abrazo verdadero.

Michelle, Miranda, Maceta.


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¿Tienes cambio?

Antaño:

Te fastidias en clase de Etimologías Grecolatinas* preguntándote cuándo ocuparás toda esa información de facto

Validas la leyenda del muchacho y la muchacha que se ven de lejos en una fiesta, anuncian para sí que esa es la persona con la que se casarán, salen seis veces con chaperón, durante un año se escriben cartas que llegan con tres días de retraso, se casan, compran una casa antes de los 30, tienen seis hijos, viven de un solo sueldo, cumplen medio siglo juntos. Porque es la historia de tus abuelitos y de casi todos los adultos respetables que conforman tu mundo. 

Ves a una familia con hijos e hijas y decretas tu futuro estilo de crianza basado en una crítica a la posmodernidad, estudios de género, últimas tendencias de la narrativa postcolonial, y versos de Whitman y Pizarnik. 

Eliges un trabajo donde haya oportunidades para subir y dedicas un porcentaje importante de tu vida laboral atajando a los que quieren hacerte tropezar profesionalmente. 

Aprecias a tus amigos y amigas porque leen/escuchan cierto contenido que va con tus gustos, te acompañan en andanzas de diverso calibre logístico y moral, van a la par en la misma etapa que tú, te dan el consejo exacto sin que se los pidas. 

(Cenas cualquier cosa) y duermes diez horas seguidas. 

Nunca has visto un puñado de canas en ninguna parte de tu cuerpo.

Hoy día:

Hurgas con apremio entre prefijos y sufijos en la memoria de la clase de Etimologías Grecolatinas para hacer sonreír al griego que conociste a través de una app de que garantiza relaciones compatibles.  Es la segunda cita, después de demostrar buen uso del emoji y velocidad cortés en el texteo. 

No sabes quién siente más piedad: si los antepasados al verte soltera(o) de espíritu a los 40, en una casa rentada, tuiteando que el «para siempre» no existe o tú, desde la visión de los vencidos, diseccionando las leyendas emocionales que te contaron sabiendo que perpetúan la falta de equidad, los roles de género, la noción de propiedad y simplifican procesos que son irreductibles.

Ves a una familia con hijos e hijas y a familias sin descendencia. Decretas que  tu estilo de crianza es comer lo que hay, celebrar a quién está, dejar ir al que no, hacer álbumes de fotos con sección de memes.  

Eliges un trabajo donde la escalera tenga buen barandal o elevador que funcione.  Asciende tu asombro ante la cantidad de juntas prescindibles. Das gracias por tener chamba y ruegas porque no haya dinámicas de integración este semestre. 

Aprecias a tus amigos y amigas porque escuchan, cumplen su palabra, siguen su camino y sus creencias y no dan consejos sin que se los pidas. No conoces ningún adulto honesto que se auto-proclame «respetable». 

Cenas cualquier cosa que no contenga leche entera, salsa de tomate, salsa. Duermes cuatro horas intermitentes (y después dos o tres). 

Cada vez hay menos zonas de tu cuerpo sin canas. 

Todo esto pensé cuando alguien me preguntó si tenía cambio. Y caí en la cuenta de que sólo traía tarjeta de débito.

*uy, eso amerita otro post de aventuras en la prepa. Prontoundía.


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De fortalezas, corazón

Lo peor había pasado ya y mi corazón era un sobreviviente de dos intentos consecutivos de asesinato emocional premeditado y hasta continuó latiendo en el lado izquierdo de mi pecho. Qué fuerte. Por aquello de no tentar al destino en cuestión de daños mayores, lo cubrí con un capelo transparente y, recuerdo bien la intención, me propuse seguir sintiendo. Que ningún dolo me anestesiara, por más golpe o traición, por más saña recibida o deshonra pública.  Sentir, como prueba del corazón mal matado.

No había vuelto a la casa-país donde nací. Era la primera vez que viajaba después de no haberme muerto de aquellos amores tóxicos. A mi intención de sentir le añadí el orgullo de regresar con mi corazón en solaz funcional pues uno de los efectos secundarios del capelo fue delimitar mi espacio personal y proveerme de una distancia en la convivencia que, por estos rumbos anglos, es la norma. Resulta práctica y eficiente, hace posible sentir sin implicarse y responder a un «¿cómo estás?» Todo en orden, todo bien, todo bonito y bajo control, según alguna definición de felicidad.

Durante las 24 horas iniciales de mi viaje descubrí tres verdades: una, que en un día de fiesta en México se reciben más abrazos que en un año en California; dos, querer sentir es distinto a sentir; tres, no había tal capelo transparente: era una fortaleza reforzada con el puente levadizo clausurado, rodeada de trampas para los intrusos y cubierta de hielo. Nomás llegué con mi gente y ¡qué me duró! A lo largo de la semana hubo más abrazos, más tocar el hombro y el cabello y a través de la risa y de la comida. Huapangueros, jazz, trova al piano, fotos locas, confesiones en la banca de un café, firmas de libros, más calor de sol y relajo, más calidez que derrite las decisiones de sentir con cautela como aman los escaldados. Eso explica el agua a mis pies, porqué lloré a cada rato. Me rebasó tanto abrazo y recordar, con hechos, cómo se siente ser querida.

Cuando llegué a mi casa-donde vivo, eliminé cualquier metáfora de envoltorio y, recuerdo bien la intención, me propuse seguir sintiendo. Que ningún solaz funcional  me anestesiara, por más adulta o recuperada, por más lecciones aprendidas o resistencia ante la adversidad.  Sentir, como prueba del corazón que no necesita pruebas, sólo estar presente, tocar y dejarse tocar.

Creo que volví a nacer.


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Inminente

Voy a verte.

Verte y rodearte con el abrazo que ya te estoy dando con el calendario en la mano.

Verte y que mis ojos recuerden su propósito.

Oírte y que mis oídos impriman tus sinalefas

Pero más: verte.

Olerte y que mi nariz recorra los mapas ciertos

Sobre todo, verte.

Probarte y qué gusto del gusto.

Las lágrimas diluyendo la barra espaciadora de las frases.

Verte y sonreír, ¿sabes cómo?

Viajaré a donde siempre, donde casa.

Veintiocho días para volver a ti.

 


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Ya hice mi carta, 2.

Oye, espíritu de la navidad:

Sólo te pido un regalo.

Permíteme ir a casa de mis abuelos. Habré tenido unos seis años. Fue cuando me asomé por una herrería y supe, bajo el influjo del ¡Ay, del Chiquirritín! y del pino que giraba constelando en contrasentido de la ruta ovalada del trenecito y de las luces en serie reflejándose en las copas de una mesa para veinte, yo con vestido de pana, el cráneo alisado por las coletas, las rodillas libres, los barrotes que olían hierro y a pintura de aceite, la sospecha de una sopa hirviendo con bastante perejil y pimienta gorda; esa vez cuando desaparecieron los imperativos: no enojarme, no llorar, no andar nunca con el cabello suelto y hasta olvidé mi apremio por recibir una Máquina de Raspados Fiesta de Sabor, supe y me di cuenta de ese momento: qué bonito, dije.  Y fui feliz.

Deja que vaya por mí. Llévame a ese instante prístino, por favor, y a todas las veces que volví a él, observándome desde otros puntos de mi historia: a mi ser universitaria que no sabía dónde acomodar esa visión frente a la construcción occidental de la navidad del consumo y de los roles de género; a mi ser recién casada que no sabía cómo incorporar las celebraciones de otras familias sin sentir que contaminaban la suya; a mi ser mamá en la crisis de los treinta, agobiada por deudas y por la competencia del a quién le va mejor, abrumada por ahorrar para los regalos; a mi ser migrante que, además, añoraba una piñata de colores y pedir posada y un ponche para el frío del norte de California; a mi ser soltera después de los cuarenta, con ciclos de furia y duelo despeinada por el desarraigo. A mi sentir que le fallé a la niña que amaba la navidad.

Quiero ir por todas esas yo, traerlas de vuelta y quitarles la carga de creer que mi yo original está varado en mi infancia. Deja que, por poner un ejemplo bobo, les enseñe cómo adorné el Nacimiento*, mi árbol de dos nacionalidades orientado hacia donde pasa el último tren de la noche; las tardes de diciembre con mis hijas consiguiendo regalos que donar al centro comunitario, el grupo de apoyo al que asisto para dialogar acerca de relaciones sanas. Deja que esas yo descansen, al fin, cuando les muestre en qué me convertí: soy mi villancico entre signos de exclamación, mi casa —a veces hogar o pesebre o paredes con eco­—, mi mesa con la elegancia de lo ordinario, el reflejo del amor que sigo y que es propio, mi presente envuelto. Deja les asegure: la que sabe de asombro y de ser feliz pervive: la navidad era bella porque yo la presenciaba y le daba sentido, no eran los objetos ni el momento en sí mismos.

Pido dejar de estar fragmentada por épocas, menos órdenes internas o externas de cómo debe ser la vida, menos cuadros fijos de mí. Seguir dándome cuenta. No hay mejor regalo, me basta y es suficiente.

pd. Estee…pensándolo bien, son dos regalos: también quiero unos zapatos morados.

*El Nacimiento de este año tuvo su cobertura aparte. ¡Qué cosa! Ahí las imágenes que publiqué en Twitter.


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En la cueva

Chocolate caliente porque llueve. La cobija nos cubre, sobradas. No hay chocolate sin mencionar al mole sin pasar por esa fiesta. Ellas rodean la taza con las manos, yo necesito las mías para mostrar —como si la anécdota fuera nueva— de qué tamaño era la ollota y cómo las comadres se pasaban los platos en secuencia de pierna de pollo, cucharada de arroz, mole, ajonjolí, tenga. Cómo el borracho brindaba, galante, con las bocinas, la trayectoria del perro que se cruzó en el vals, el ala del sombrero de la festejada a rape (¡ay! de mano en pecho) porque casi se muere al nacer y su mamá le había prometido a la Virgen que si sobrevivía, le ofrecería su trenza cuando cumpliera quince años, como cuando yo tenía esa edad y una mañana apareció en mi buzón una nota: «qué pesado tienes el sueño» y no oí mi primera serenata.

Esa no se la sabían y cada taza está inquieta. Pauso la narración, las miro con mis ojos de corregir. ¡Qué va! hacen como que se derrama el líquido en la alfombra. Uy, reviro con otra historia oral: y yo que les iba a contar de la señora que le habló a las cenizas del marido y, de pronto, se movió la tapa de la urna…

Dejan la taza en la mesa de centro, se hunden en la cobija, su cabeza está entre mi hombro y mi axila en el nido de acurrucar.  Pues sí: había dos urnas iguales, sin placa con nombre, y ella necesitaba saber cuál era la de su marido y le pidió una señal. No, no es la misma señora a la que se le arrugó toda la cara por haberse puesto una crema ni era la tía del escote con rayita,

—¡Mamá!

—Bueno, ¡era un escote tremendo!

La narración se merma porque rechino y me contraigo. Sus cabezas de adolescentes se mueven y me lastiman la clavícula. Auch, les digo. Y más mueven la cabeza. He de meterme bajo la cobija y hacer algún rugido gigante gongorista. No huyen, la cobija es enorme y podemos perseguirnos sin que se cuele el chiflón. Sus manos y las mías hacen cosquillas, señales de alto, garras, una trenza de voces con risa y tos atrabancada. Piden más historias.

Pero el relato —que no será más que uno de tantos tantísimas veces repetidos y quizás alguno inédito, ocasional— tarda. Bajo esa cueva de polar y algodón, con sus dedos entre los míos, sobresale mi anular. El tono de mi piel ahora es uniforme. Me retraso en la narración porque noto algo (¿será posible?): ya no somos una mamá y dos hijitas y las historias para anestesiar mi nudo en la garganta por la ruptura: somos tres mujeres grandes formando una familia.

—¿Estás bien, mamá? ¿Qué te duele?

— Nada, hija. Ya pasó.

Y carraspeo con mi sonrisa metafísica que llega hasta cada uno de los rincones donde alguna vez sentí culpa. Les pregunto si quieren más chocolate.

Querida bitácora: al cabo de un rato se aburrieron y aproveché para ir al espejo. Me levanté la blusa y me vi la espalda. Y ¿qué crees? ¿te acuerdas de las marcas de los flagelos? Desaparecieron. No supe cuándo.