Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, y otras plantas de interior.


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Devolver al remitente

Vida,

Me llegó este paquete y te lo quiero devolver. Gracias por habérmelo enviado porque, si no fuera por su contenido me habría muerto en la infancia en el más absoluto desamparo y en la adolescencia por atrabancada.

No me lo puedo quedar porque lo que creo ahora me pide que revise el origen de mi sufrimiento y en cuanto me topé con el paquete te lo quise devolver con urgencia. Con cariño, te regreso todos tus imperativos. Estoy desterrando cada uno de los verbos en forma de orden para ser obedecida, desde la cotidianidad del «come», «recoge», «limpia» o «paga» hasta el megáfono del «calla», «demuestra», «oculta», «controla», «aguanta», y hasta el «ven» y el «quédate» más seductores. No le pondré mi nombre, sabrás que el paquete es mío. Donde decía FRÁGIL, por fuera, está tachoneado; cuestión de precisión: frágil yo cuando obedezco y no es a mí, creyendo que habrá un premio al final del camino.

Si haces un inventario, verás que tomé «escribe», «explora», «perdona», «disfruta», «deja ir» y «resuelve». Los elegí por voluntad, son las insignias de mi autonomía. Quizás notes que el embalaje original quedó medio forzado, valga el campo semántico. Resulta que quedó un espacio justo del tamaño de mi necesidad de dar explicaciones para no sentir culpa. La recibirás igualmente. Ojalá el paquete llegue con bien. O se pierda el camino.

Con alivio, abrazando mis fortalezas,

Locadelamaceta, disidente.


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De un tirón

Caen las hojas.

Un día hecho de un año

dejan de aferrarse al ojalá que duremos hasta el invierno

y de ser venas de savia peciolada y correcta,

dejan que las manos del cambio operen de un tirón y las jalen hasta lo más bajo,

dejan de poner atención a leyendas de olmos intactos;

eligen saberse falibles, reemplazables, insulsas,

parte prescindible del paisaje.

Es lo natural.

Es el mejor día de su vida:

dejan de respirar, las muy zafadas,

dejan de comer, enamoradas de posibilidad.

Y caen hasta la tierra recicladora,

hasta el pasado de la próxima primavera;

abrazan las raíces del árbol, y todos sus contrastes.

Caen, las hojas.

Y hacen bien.


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Cosmopolita

Soy de quien pienso cuando tomo café y abro los ojos. De quien traduce mis desmadres en metáforas de fútbol; de quien me reconcilia con la vergüenza de mis calcetines agujerados de lo que no supe ver hace tres duelos. Soy de quien atiza el anafre de la carne asada mientras alarga la hora y media que me queda antes de irme al aeropuerto. De quien tomo del brazo en las calles empedradas de lo cotidiano, de quien sí me regresa las plumas Bic y los suéteres. Soy de quien le importa que sea de noche y aún no llegue a la casa. De quien se ríe con mesura cuando el metro me frena el aplomo. De quien no se edita, de quien no necesita mentirme porque confía -y acierta- en que podré enfrentar la verdad. Soy de quien se sabe mi nombre, en todas sus versiones, pero resiste la tentación de estereotiparme. De quien se ahorra las profecías y las permuta por semillas, cuando me escucha, cuando no me ayudo. De quien no me regala un cumplido sin mérito, aunque lo añore. De quien me da su palabra y me hace dueña honoraria de una biblioteca de coincidencias.

La lista es larga, tan prolongada como el abismo que hay entre ser de alguien como acto exhibido de posesión y ser de alguien por voluntad, con ganas y gusto, porque sí y qué bien. Seguro ustedes ya lo sabían. Yo, en cambio, tuve que venir a escribir al respecto, apenas lo voy aprendiendo y me emociona. Quise enseñarles mi apunte porque ¿ven este corazón en el mapa? Es el mío. Soy de mi gente querida, de quien amo y me ama. Soy ciudadana de ese mundo, ya no necesito migrar. Pertenezco.


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Treinta y nueve

A los 38 años, tomé la decisión de rodearme, únicamente, de relaciones donde hubiera respeto, compasión, creatividad y alegría.  Claro, en ese proceso, tuve que desterrar a personas de alta toxicidad.

Algunas de ellas aún se pasan por esta calle a ver si encuentran alguna frase a dónde asirse. No saben que, como me importa estar pendiente de quién me rodea, tengo un detector de direcciones IP que registra quién me lee, a qué hora, en qué ciudad del mundo, cuánto dura su visita. Vaya, es curioso eso: que sean personas desterradas a perpetuidad y todavía quieran leerme. Se me ocurre que lo hacen porque me admiran en secreto o porque, a pesar de todo, les gusta cómo escribo. O quizás me sigan amando, vayan ustedes a saber. El caso es que cuando veo que no respetan el límite de desaparecer de mi vida, me provocan mucha ternura y gratitud: me comprueban su ser tóxico y engrosan las estadísticas con sus clicks.

Hoy, a los 39, estoy celebrando mi elección de ser selectiva en mis relaciones, la que me llevó a nutrir los vínculos que atesoro y a conocer a gente coruscante* con un enorme trabajo personal, con quien aprendo, comparto, dialogo, creo. La selectividad solo me costó trabajo al principio, después se convirtió en un jubileo; me trajo certezas en forma de renovación y el mejor regalo consecutivo de cumpleaños y de la existencia: una vida sin ansiedad. Al fin. *Sigue la fiesta*

*Recién aprendí esa palabra. Adjetivo. Que brilla.


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De botas de combate

Y por teléfono. Colgué. No me cuadraba: todavía traía puestas las botas de combate por el entrenamiento de esa mañana. Me sobé la contractura en el cuello, del volantazo que había dado mi instructor porque un tipo se pasó el alto y lo seguimos. ¿Así, tal cual? ¿Tan pronto?

Solicité una cita con mi sargento. ¿Qué provocó que el jefe de su jefe me hablara por teléfono un jueves y me anunciara que no podía seguir en el cuartel, entrenando como policía?, ¿qué encontró en mi expediente el Departamento de Investigaciones? Digo, sí sé que para alguien represento lo deleznable, pero no sabía que mis crímenes emocionales estuvieran archivados junto a mis huellas digitales y a mi fotografía en un fólder del FBI. El sargento me recibió en su oficina. Los dos frascos de vitamina E habían hecho maravillas en su cutis, pero los lentes calados en el puente de la nariz delataban su cincuentena. Desde ahí, miró mi perplejidad. No me satisfacía esa explicación diluida por el sello de «confidencial» y quería que me desglosara el mecanismo de la burocracia como la vez que me enseñó a sostener una UZI y me dolió el brazo y me mandó a hacer pesas para desarrollar los bíceps, aún sabiendo que jamás sostendré una metralleta; porque sí, para la vida. No alcancé a sentarme; me dijo que volviera el lunes. Y siguió comiendo su avena.

Hacer un examen de conciencia con botas de combate es muy interesante. Me instalé en mi porche, con un café, mi diario, y una velita. A ver, vida, ya dime en qué la regué, en dónde está el tache cósmico que, incluso  la policía con su amplio espectro cerca del orden y de los decretos, de la corrupción y del crimen, me considera inadecuada.  El café se me enfrió y la vela se hizo charco de cera. Escribí bastante; nada nuevo, nada que no supiera; no llegué a alguna conclusión particularmente iluminadora sobre mí. Más bien el examen de conciencia fue interrumpido varias veces por el oye, qué buenas están estas botas de combate. Podría patearle el trasero a cualquiera, o escalar una montaña, o acampar a la orilla del mundo. Y se me ocurrió una idea.

Lo bueno de ser deleznable es que uno puede desobedecer muy a gusto. Claro que me presenté el lunes. El sargento me había citado en el cuartel subterráneo, debajo de su oficina. Pasé por dos celdas, vacías, donde  esperan los detenidos, y el poste donde anclan las esposas cuando los interrogan. Me dirigí a la sala de juntas con las paredes tapizadas de fotos de los asesinos más buscados, y pasé por la oficina de reportes, con sus aleros repletos de formas a colores: secuestro, grúa, perro rabioso, auto abandonado, multa de tránsito. Todavía estaba la toalla húmeda puerquísima que pegué en el pizzarrón blanco como evidencia del día que desinfecté ese lugar y dos patrullas. Sonaba el radio con la voz de la despachadora de llamadas de emergencia, y sonaba el eco de mis pasos.

El sargento tenía armas: un arsenal, y su segunda mujer, que claramente le reabastecía las vitaminas. Una pistola al cinto, insignias, la lealtad de varias décadas, un apego a las normas, un dato de mi que estaba por revelarme y que determinaría, en gran medida, si me deprimía los siguientes meses o no; si se confirmaba mi inadecuación y que no tengo derecho a ningún comienzo nuevo. Fui desarmada. Los zapatos altos, la falda y la boca roja eran, igual que sus respaldos, de utilería. No iba a defenderme, ese es el «patear traseros» supremo.  Nadie puede darme mi valía, ni quitármela; ni siquiera el gobierno de los Estados Unidos. Quihubo. Sólo me restaba divertirme muchísimo en ese último día en el cuartel.

Y vaya que me divertí. Ese día y cada segundo mientras fui parte del sistema policiaco. Me quedé con las memorias de mis compañeros, grandes y buenas personas que cumplían con su trabajo y comían unos sándwiches de Pedro Picapiedra. Me quedé con los códigos que me patrocinaron un viaje de media mañana a las instalaciones del 911. Me quedé, por supuesto, con las mancuernas y con las botas de combate, que debí de haber llevado puestas ese día de cuando elegí desobedecer, decidiendo dónde, cómo y hacia dónde camino.  Me quedé con el estupor del sargento —a quien tengo en una gran estima y a quien le deseo buena suerte en su dieta y en disimular los años— cuando me vio taconeando en el búnker, y con sus palabras de por qué no me contrataron.

—Miranda, los policías no tienen posgrado.

Sentí cierto alivio, a pesar del cambio, otro cambio en la incertidumbre; lo aprendido y graduado tampoco nadie me lo quita. Entendí. Y respeté que mi jefe y su jefe estuvieran nerviosos por algún problema con el sindicato, a causa de mi escolaridad que se disparaba de los requisitos de preparatoria concluida.  Y él respetó que yo saliera del cuartel con la cabeza en alto, cargando los varios kilos de historias que me prodigaron, como material creativo. Con la conciencia en paz, esas otras botas de combate. Y sin trastabillar. Ni un poquito.


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Forever young

Mientras más años vivo en el extranjero, más admiro a quien sabe cuándo salirse de la raya al colorear.

Mientras más años paso escribiendo, más me gustan los jardines japoneses y los huacales llenos de naranjas de cáscara lisa.

Mientras más años pasan sin saber qué va a pasar, más aspiro globos de helio para recitar poesía.

Mientras más años caben en el pastel, más me rodeo de personas invencibles que muestran dónde les duele.

Mientras más años anidan en mi cadera, más domingos invierto en abrazar y leer y en guardar nada.

Mientras más años cumplo, más sensual me parece la serenidad que no precisa de publicista.

Mientras más años llevo sangrando, más me calzo mis botas de combate y plancho los manteles oyendo valses de Strauss.

Mientras más años vierto sobre el amor, más tenues son mis susurros antes de beber café.

Mientras más años pago impuestos, más hermosas me parecen las artesanías huicholes y las fondas de las esquinas.

Mientras más años habito en esta tierra, más confío en mi locura y menos en mi epitafio.


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Epifanía

Mujer a punto de entrar al consultorio de su terapeuta, cargando una canasta llena de pétalos blancos, de margarita. Paciente experta en reunir predicciones: «le importo-le soy indiferente, me amó-nunca me quiso, hay un futuro-no quiere comprometerse, me respeta-le valgo madres» y sus etcéteras variantes. Mujer talladora de historias escritas por capítulos según el pulso de los pétalos, queriendo descifrarlos para ver si les saca algo que no sean opuestos y dualidades; la misma mujer que, si alguien halla motivos para lapidarla, convierte los pétalos de su canasta en piedras y las provee, como municiones.

Mujer que tiene cita a las cuatro porque un mediodía de julio, en una estación de policía y sin prólogo, escudriñó un pétalo caído en una conversación.  «Qué raro-pensó-. Debe de haber un error», pues visto de cerca, el pétalo no contenía información sobre el porvenir, ni sobre el otro, como siempre pareció. Solo decía: «me quiero». La conversación prosiguió y cayó otro pétalo: «no me quiero».

Mujer a punto de entrar al consultorio de su terapeuta, como tantas veces, a las cuatro. En esta ocasión, la canasta no fungirá como expediente: será ofrenda. Los pétalos que la dividían serán lanzados por la ventana, los transeúntes nunca sabrán de qué se trató aquella lluvia de guiones pálidos. Es un día de celebración, una fiesta. ¡Respuestas a las preguntas! LA pregunta: ¿qué será de esa mujer, aquí y ahora, allá y entonces?

¿Queriéndose? Lo que ella quiera.

La respuesta es una flor iridiscente, de un solo pétalo. La llamo Epifanía.

(Gracias Mixtli, por el diálogo)


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¡Nueve, oigan!

Trecedejulio: noche en que agarré un pseudónimo y me puse a escribir, después de 120 meses de silencio creativo. Víspera de un beso entre el estoy harta de la vida a medias y el no sé cómo manejar mis pulsiones. Mediodía y tránsito de apellidarme Hooker-en-duelo a Locadelamaceta, yeah. Mañana de un video donde te preguntaba qué estabas haciendo este mismo día, en 2006. Tardecita de tomarme el pulso, de auscultar dónde me duele y para qué. Ocaso de, francamente, luego uso unas palabras muy peinadas de raya de lado para disimular mi aullido. Madrugada de un abrazo que ha revolucionado todas mis tintas.

Es una palabra que inventé para celebrar cuando abrí mi blog, y me di a luz a mi misma a través del brete de penumbras y fantasmas que destapé, a la par de conocer a personas especialísimas con quienes coincidir con este espacio como pretexto, nomás.  Fue hace nueve años.

Gracias, gracias, gracias por el privilegio de ser leída. Ya que hemos roto el turrón a través de los posts y los comentarios, puedo decirles eso que tengo mucho tiempo sintiendo por ustedes, desde la gratitud: los amo.


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Es oficial, Miranda.

Mi amigo Jim, que tiene 71 años y que ha sido uno de mis mentores, solía decirme que la gente tendría más éxito y menos estrés laboral si tuviera claro que, en la vida, uno tendrá dos carreras. A veces, más. La primera es la que decidimos con lo que sabemos a los 18, la segunda nos la presenta la vida y resulta, tan sorprendente como irreversible.

Cerré esta semana pensando en eso. Hace 10 días pasé por uno de los momentos más difíciles de mi vida como adulto. Mi jefa me hizo lo que se conoce como una chingadera monumental, que fue el culmen de una serie de actitudes de bullying y acoso, racismo, y, en general, un desprecio por el género humano. Documenté la chingadera monumental y se lo hice saber a mi jefa. Me ignoró. Empecé a investigar y me enteré que ella no era mi jefa directa sino una consultora, mi jefe era un funcionario. Así que le escribí a ese jefe diciéndole que había un problema y me dio una cita. Expuse el caso, me dijo que yo era la sexta persona que se quejaba, pero como todo el mundo sacaba adelante el trabajo, suponían que era un asunto de choque de personalidades y ya.  Insistí. Yo no quería sacar nada adelante mientras crecieran las condiciones que me desprotegían, y no solo a mí: también a mis compañeros. Entonces el jefe acudió a su jefe. Repetí mi postura; que yo no quería ser parte de una situación de abuso. Que renunciaba. El jefazo me aplicó el:

-We don’t want to lose you.

Y yo me le quedé viendo con cara de “esmérese, y no sea choro”. Me preguntó si estaba dispuesta a considerar quedarme si hubiera un puesto disponible para mi. Le dije que yo criaba personalmente a mis hijas, que tengo muchos requisitos de horario; que lo iba a pensar. El jefazo me contactó esa misma tarde, con indicaciones de una entrevista en el suburbio contiguo al mío. Me presenté a la entrevista. Recité mis requisitos, resultó que no fueron problema. Me contaron del puesto, del sueldo. Pensé en mi amigo Jim. Y dije que sí.

Así que el jueves me incorporé como miembro del cuartel de la policía de la zona para mi periodo de entrenamiento como Community Service Officer (CSO). CSO es un auxiliar de policía, digamos. Mi trabajo es prevención del delito, mantener -en lo cotidiano- el orden y la paz en la comunidad. Acepté porque no involucra armas de fuego ni potestad para arrestar, que en Estados Unidos, en este contexto, es la posición más ordenada y pacífica que puede haber. Hay que saber hacer de todo: desde multar al malnacido que se estaciona en las rampas y espacios para discapacitados hasta describir un accidente de tránsito ante las aseguradoras y abogados, saber cerrar o redirigir las vías de acceso, resguardar evidencias en caso de investigaciones, entre muchas otras funciones.

La parte que más me causó entusiasmo fue saber que, como parte del entrenamiento, tengo que pasar por una serie de desarrollo de habilidades y protocolos. Tendré que tomar capacitación de captura de huellas digitales, manejo de vehículos en alta velocidad, resucitación cardio-pulmonar, primeros auxilios, geografía urbana, código penal. Me quedé con los ojos enormes. ¿Yo? ¡¿Yo?! Tendré que usar un ipad especial, una navaja, un radiotransmisor. Y aprenderme miles de claves porque 10-7: aguanten, que voy a comer; 2669-D vehículo abandonado, ya dimos parte; 10-4, sale pues, cambio y fuera. El cuartel es subterráneo, debajo de una biblioteca. Sí, tiene una entrada como de baticueva. Me asignaron una camioneta todo terreno. También tengo que aprender a manejar un cochecito para monitorear los estacionamientos, mismo que anda a 40 km por hora y si uno no tiene cuidado, se voltea. Y tengo que hacer pesas y entrenar. Mi estatura también fue un motivo de que me llamaran, vaya vínculo con mi post anterior. Cuando me den el uniforme, subiré una foto. Se la enseñaré a mi yo de 18. Quiero ver su cara.

Cuando salí de mi segundo día de trabajo llegué a la casa, me di un baño, me tomé una media cerveza que me supo a coro celestial, me puse un vestido y quise cocinar. Por oposición, después de una jornada en botas industriales, grasa de auto, patrullas y órdenes entre rangos, mi lado femenino estaba más receptivo y satisfecho que nunca. El equilibrio le sentó bien a mi mundo interior, el balance es una carrera en sí misma. Orden y paz, por dentro: he trabajado ahí desde siempre.

Yo tampoco quería perderme. Pero perdiéndome, aprendí a detectar las condiciones que me hacen mal. Entonces, tocando fondo, solo me restó abrir mi corazón a lo que viniera. Cuando elegí rendirme, recibí una vida nueva. Y un chaleco anti-balas.


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El panqué infinito

Desayuné bien, acoto. De manera que, así de entrada, mi acto no tenía mucha justificación, salvo que eran las once de la mañana y esa hora siempre tomo un café. La oficina estaba tranquila; una compañera, un compañero, la jefa en camino porque tendría una junta con un funcionario del gobierno. Ya tenía mi café en el termo, solo me hacía falta el panquecito que había empacado en la casa. Lo desenvolví de la servilleta, lo mordí. Oí un ruido a unos metros de mi. ¡Chin! alguien viene. En vez de apurar el paso hacia mi lugar o de avispar los tímpanos, reaccioné hábilmente: en el mismo segundo me quedé quieta y me zampé el panqué.

Tocaron a la puerta. Calculé que si mis pasos y mi maxilar se sincronizaban, para cuando atravesara el  pasillo, podría abrir sin comida en la boca. Mi horror comenzó cuando volvieron a tocar, yo había caminado catorce pasos con su respectivo masticar y el bolo alimenticio no daba muestras de disminuir. Mi pericia fue memorable: abrí la puerta y, con los cachetes inflados, intenté pronunciar “Buenas tardes, ¿en qué puedo ayudarle?” pero solo me salieron unos sonidos que provenían de mi nariz y de mi epiglotis mientras me daba cuenta que la persona que tenía enfrente era el gobernador, que venía a la junta con mi jefa.

El gobernador me saludó, me preguntó si mi jefa ya había llegado. Extendí la mano, sonreí en silencio, negué con la cabeza. Como el gobernador es un hombre sin complicaciones, ahí mismo en el umbral, empezó a hacerme plática. Mastica, Miranda, Mastica. Y, debajo del inglés sureño de mi interlocutor, yo escuchaba a mi mamá insistirme en que acábate toda la comida, y yo repelar: es que la carne tiene nervio. Pues ándale. Y ese dale que dale de la infancia, de esos bocados donde uno acababa mostrando el nudo del bistec; una calle cerrada. El gobernador continuaba su monólogo. Yo estaba engarrotada y sin poder emitir el más universal de todos los mjms. Aproveché que -me han dicho- gesticulo mucho al hablar. El hombre no me conocía, pero supuse que se vería natural que yo asintiera con el ceño y pelara los ojos, a modo de retroalimentación a su plática. Yo no sabía que mi nuca tuviera tanta capacidad de diálogo. En el inter, por más que mastiqué, casualísima o descarada, seguía con las mejillas atiborradas de harina integral y pasas, picando piedra dentro de mi boca, sin avanzar ni un milimetro en el a ver a qué horas me termino este panqué infinito.

Mi compañera de trabajo escuchó voces y fue a ver qué ocurría. Cuando me vio como ardilla sordomuda, una caricatura de cuello y ojos, y reconoció al gobernador, lo entretuvo en lo que yo me hacía escasa. Eso sí, como pude, pedí permiso para retirarme; en detrimento de mi brillo en sociedad, mi “con permiso” se oyó como pujido. Me encerré en el baño. Mastiqué dejando la quijada en ello, entre frases motivacionales y chigadamadre variadas. Cuando terminé tenía el cachete agotado, calor, shock hiperglucémico y mucha, mucha risa. Me recompuse.

Volví al encuentro con el gobernador. Usé mi voz de radio, y la chispa en el ombligo que se siente al caminar con tacones. El rímel subrayó mi intención.

– Miranda Locadelamaceta, Don Gobernador. Muy buenos días.

Pude ver cómo un signo de interrogación se imprimía sobre su calva. Sí, soy la misma persona. No tengo un problema con eso. ¿Y usted?

Mi jefa apareció a los cuantos segundos, ella y el gobernador se fueron a su junta. El café y la paz conmigo me supieron buenísimos. A lo mejor fue porque ya no necesito sostener apariencias, ni justificar; quizás fue que la vergüenza no tiene lugar en esta etapa de mi vida.


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De sorbos y fantasmas

Ah, ¡cómo le daba vueltas al asunto! Luego, en aras de hallarle sentido a la transparencia, cerraba los ojos, arrugaba la nariz y anunciaba:

– Está de la fruta, pero predomina el higo.

Aunque no iba al grano, como tal, entintaba:

– Contundente y, a la vez, rústico. Como las violetas.

Era un místico.

– Descaradamente impío. ¡Para los dioses!

Era mi turno. Como ya estábamos de ambiente y así es esto de las transiciones, invertí un suspiro, traduje:

– Gozne sin aceitar, esquina de la escalera de casa de mi bisabuela con toques de trastienda de tintorería, sopa de habas, pegamento seco. Y vanilla.

El sommelier de renombre que había viajado de Francia hacia California para esa cata de licores y toda la mesa me regalaron una mirada que conozco bien y que fue un péndulo entre:

– Loca de la ¿qué?

y, dado el contexto:

– ¿Está usted borracha o así es, naturalita que no sabe aspirar, ni beber ni pertenecer?

Yo, en toda la noche, solo había tomado medio sorbo de coñac. Por toda respuesta, me reí hasta evaporarme; fui volando por mis hijas, volví a casa, me quité los tacones, me serví una leche con chocolate. ¿Cuándo serás cool, Miranda, y tomarás whisky adjetivado como los adultos? ¿Cuándo dejarás de avergonzar a los que te rodean con tus niñerías?

Por un momentito vi venir que el señor Sommelier y las personas de esa mesa se sumarían al coro que traigo en la cabeza y que me desaprueba con su preguntas. Ahuyenté los fantasmas haciendo muchos ruidos con el popote, aspirando a libar de una fuente donde los estereotipos cuelguen su disfraz en el recibidor y las catas sean a besos añejados en la intimidad. Y perdiendo la razón que, embotellada, no sabe igual.

No es necesario darle vueltas. ¿Para cuándo? Nunca.


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Narrar los cambios.

Tiene mucho que no escribo. Preciso: no escribo como antes. Me he releído, se me nota. Mis textos ya no traen ese lenguaje a señas del miedo encriptado. Ya no son columnas de humo de la resignación, ni denuncias disfrazadas de asombro por lo cotidiano.  Por fin puedo decir lo que quiero. Mi bitácora puede abandonar el hubiera y dedicarse a ser textos presentes, como el anuncio de “si hay tortillas” o el “hoy no se fía”.

Pero no escribo desde hace mucho. Corrijo: no escribo para después, porque falta un montón. Por eso cuando me llega la inspiración, la despacho. Le digo que vaya a visitar a los que tienen un contrato firmado con una editorial, o a los becarios del  FONCA. Me encuentra haciendo hojas de cálculo y contando, manualmente, quince mil boletos de una rifa: el tiempo que me queda lo uso para llevar a mis hijas al parque o para doblar ropa, no estoy produciendo nada citable o vendible ni ostentable.

De esos textos que yo solía generar, escribo poco, aislada, casi por goteo; en la hoja, me refiero. Descubrí otro matiz de mi creatividad: escribo trabajando, desmarcándome de mi propia obsolescencia; escribo eligiendo a qué y a quién le doy mi imaginación. Escribo amando, y qué bueno que no me pinta el bolígrafo cuando me surge alguna expectativa. Escribo cuidando mi cuerpo, cachondeándome y hallándome sentidos. Escribo haciendo conversación, preguntando: “usted, ¿cómo llegó hasta aquí?”. Escribo al aire, operando una cabina de radio y desdoblándome en versiones funcionales de mi atarantamiento. De esos textos, escribo bastante. De eso se ha tratado esta época.

No es que necesitara explicar por qué cambié. Quise hacerlo, nomás. Escribir no es sinónimo de inscribir y dejar inmóvil; al contrario, escribir es narrar los cambios. Por eso relato que tiene mucho que no escribo. Postdateo: no escribo como primer o último recurso para ser vista. ¡Y qué bueno!  Al aceptarme invisible, irrelevante, deliciosamente común, puedo escribir viviendo. Y esa historia, entre todo lo que he creado y creído, me gusta más para adoptarla como estilo.


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Lecciones que he aprendido en los últimos 30 días.

1. Por más hogareña que me considere, yo no soy mi casa. Saberlo me ahorrará el desuello cada vez que cambien el piso de la sala.

2. Suelo agrupar impunemente las pertenencias de otras personas, según mi pulso. La compañía remodeladora aventó mi ropa y mis libros dentro de cajas, sin mi consentimiento; además de la miel para la garganta cerrada por la impotencia, tuve que aplicarme árnica en la frente porque no esquivé el boomerang. Ya entendí.

3. No hay necesidad de hacerme la estoica durmiendo en el suelo y amaneciendo sin café. En simultáneo. Durante una semana. Repite, Miranda: el soporte cervical y la cafeína hacen la vida más agradable.

4. Cuando traía el cabello pintado de verde, nunca me hubiera imaginado que cuatro años después estaría tiñendo de azul el de Victoria Luminosa. No lo esperaba, pero me da mucho gusto. Y no porque siga mis pasos: el blanqueado antes de la coloración es un rollote y la experiencia previa es útil para no desgraciar el baño.

5. El verbo “prever” tiene un apartado especial dedicado al tóner y a su cantidad previa a una entrega, y a los impuestos.

6. No he de firmar un documento sin consultar con un abogado, ni añorar la empatía de quien huye del dolor, ni subirle al volumen de los significados cuando lea entre líneas, ni jugar a “los frijoles tienen suficiente caldo” con la olla express.

7. Honesto no es lo mismo que explícito.

8. Hay manuscritos que no quieren ser publicados. Piden ser tirados a la basura, descansar junto con los muertos y otros seres del pasado. Su tiraje es reciclable, en el contenedor y no en la editorial. Y está bien. Vendrán textos como tiempos mejores.

9. Quiero una vida donde el amor se deletree primero en lo invisible, y después con las palabras. Para que cuando haya un “te amo”, la respuesta sea: “Lo sé”.

10. A veces, lo único que se requiere para liberar un conflicto es aceptarlo. A veces, querer cambiar las circunstancias, las conserva.

11. No debo postear media hora antes de irme a trabajar. ¡Corro!


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Perspectiva

Entrada para la bitácora-

El oleaje trajo: una automovilista que, por discutir con el GPS, se metió en el carril del trolebús, cuatro láminas de triplay y medio kilo de clavos, unos zapatos morados llenos de lama, un celular olvidado en la playa, un rehilete con vocación de catarina, incisos para deshebrar lo comprensible, unos monstruos que echan el chal tomando café cuando ataca lo incomprensible, una presa y preguntas, un monje carolingio, una llave, la leyenda de unos dedos perdidos a machetazos por amor, sílabas en hebreo, una empanada de moras que estaba buenísima. Y cómo pasar del “no hagas olas, horizonte” a la onomatopeya del arrullo. 

El prisma de ver a lo lejos, desde muchas facetas, sigue señalando dónde empieza la costa. En esa misma orilla, el mar y la playa continúan besándose por el gusto de existir en el mismo planeta, expandiéndose, contrayéndose, revolviendo lo que hay con lo que vino con lo que habrá y puede haber. Desde aquí, todo sereno.

Un día operaré un faro.