Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, llaves, y otras plantas de interior.


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Devolver al remitente

Vida,

Me llegó este paquete y te lo quiero devolver. Gracias por habérmelo enviado porque, si no fuera por su contenido me habría muerto en la infancia en el más absoluto desamparo y en la adolescencia por atrabancada.

No me lo puedo quedar porque lo que creo ahora me pide que revise el origen de mi sufrimiento y en cuanto me topé con el paquete te lo quise devolver con urgencia. Con cariño, te regreso todos tus imperativos. Estoy desterrando cada uno de los verbos en forma de orden para ser obedecida, desde la cotidianidad del «come», «recoge», «limpia» o «paga» hasta el megáfono del «calla», «demuestra», «oculta», «controla», «aguanta», y hasta el «ven» y el «quédate» más seductores. No le pondré mi nombre, sabrás que el paquete es mío. Donde decía FRÁGIL, por fuera, está tachoneado; cuestión de precisión: frágil yo cuando obedezco y no es a mí, creyendo que habrá un premio al final del camino.

Si haces un inventario, verás que tomé «escribe», «explora», «perdona», «disfruta», «deja ir» y «resuelve». Los elegí por voluntad, son las insignias de mi autonomía. Quizás notes que el embalaje original quedó medio forzado, valga el campo semántico. Resulta que quedó un espacio justo del tamaño de mi necesidad de dar explicaciones para no sentir culpa. La recibirás igualmente. Ojalá el paquete llegue con bien. O se pierda el camino.

Con alivio, abrazando mis fortalezas,

Locadelamaceta, disidente.


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De un tirón

Caen las hojas.

Un día hecho de un año

dejan de aferrarse al ojalá que duremos hasta el invierno

y de ser venas de savia peciolada y correcta,

dejan que las manos del cambio operen de un tirón y las jalen hasta lo más bajo,

dejan de poner atención a leyendas de olmos intactos;

eligen saberse falibles, reemplazables, insulsas,

parte prescindible del paisaje.

Es lo natural.

Es el mejor día de su vida:

dejan de respirar, las muy zafadas,

dejan de comer, enamoradas de posibilidad.

Y caen hasta la tierra recicladora,

hasta el pasado de la próxima primavera;

abrazan las raíces del árbol, y todos sus contrastes.

Caen, las hojas.

Y hacen bien.


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Cosmopolita

Soy de quien pienso cuando tomo café y abro los ojos. De quien traduce mis desmadres en metáforas de fútbol; de quien me reconcilia con la vergüenza de mis calcetines agujerados de lo que no supe ver hace tres duelos. Soy de quien atiza el anafre de la carne asada mientras alarga la hora y media que me queda antes de irme al aeropuerto. De quien tomo del brazo en las calles empedradas de lo cotidiano, de quien sí me regresa las plumas Bic y los suéteres. Soy de quien le importa que sea de noche y aún no llegue a la casa. De quien se ríe con mesura cuando el metro me frena el aplomo. De quien no se edita, de quien no necesita mentirme porque confía -y acierta- en que podré enfrentar la verdad. Soy de quien se sabe mi nombre, en todas sus versiones, pero resiste la tentación de estereotiparme. De quien se ahorra las profecías y las permuta por semillas, cuando me escucha, cuando no me ayudo. De quien no me regala un cumplido sin mérito, aunque lo añore. De quien me da su palabra y me hace dueña honoraria de una biblioteca de coincidencias.

La lista es larga, tan prolongada como el abismo que hay entre ser de alguien como acto exhibido de posesión y ser de alguien por voluntad, con ganas y gusto, porque sí y qué bien. Seguro ustedes ya lo sabían. Yo, en cambio, tuve que venir a escribir al respecto, apenas lo voy aprendiendo y me emociona. Quise enseñarles mi apunte porque ¿ven este corazón en el mapa? Es el mío. Soy de mi gente querida, de quien amo y me ama. Soy ciudadana de ese mundo, ya no necesito migrar. Pertenezco.


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Treinta y nueve

A los 38 años, tomé la decisión de rodearme, únicamente, de relaciones donde hubiera respeto, compasión, creatividad y alegría.  Claro, en ese proceso, tuve que desterrar a personas de alta toxicidad.

Algunas de ellas aún se pasan por esta calle a ver si encuentran alguna frase a dónde asirse. No saben que, como me importa estar pendiente de quién me rodea, tengo un detector de direcciones IP que registra quién me lee, a qué hora, en qué ciudad del mundo, cuánto dura su visita. Vaya, es curioso eso: que sean personas desterradas a perpetuidad y todavía quieran leerme. Se me ocurre que lo hacen porque me admiran en secreto o porque, a pesar de todo, les gusta cómo escribo. O quizás me sigan amando, vayan ustedes a saber. El caso es que cuando veo que no respetan el límite de desaparecer de mi vida, me provocan mucha ternura y gratitud: me comprueban su ser tóxico y engrosan las estadísticas con sus clicks.

Hoy, a los 39, estoy celebrando mi elección de ser selectiva en mis relaciones, la que me llevó a nutrir los vínculos que atesoro y a conocer a gente coruscante* con un enorme trabajo personal, con quien aprendo, comparto, dialogo, creo. La selectividad solo me costó trabajo al principio, después se convirtió en un jubileo; me trajo certezas en forma de renovación y el mejor regalo consecutivo de cumpleaños y de la existencia: una vida sin ansiedad. Al fin. *Sigue la fiesta*

*Recién aprendí esa palabra. Adjetivo. Que brilla.


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De botas de combate

Y por teléfono. Colgué. No me cuadraba: todavía traía puestas las botas de combate por el entrenamiento de esa mañana. Me sobé la contractura en el cuello, del volantazo que había dado mi instructor porque un tipo se pasó el alto y lo seguimos. ¿Así, tal cual? ¿Tan pronto?

Solicité una cita con mi sargento. ¿Qué provocó que el jefe de su jefe me hablara por teléfono un jueves y me anunciara que no podía seguir en el cuartel, entrenando como policía?, ¿qué encontró en mi expediente el Departamento de Investigaciones? Digo, sí sé que para alguien represento lo deleznable, pero no sabía que mis crímenes emocionales estuvieran archivados junto a mis huellas digitales y a mi fotografía en un fólder del FBI. El sargento me recibió en su oficina. Los dos frascos de vitamina E habían hecho maravillas en su cutis, pero los lentes calados en el puente de la nariz delataban su cincuentena. Desde ahí, miró mi perplejidad. No me satisfacía esa explicación diluida por el sello de «confidencial» y quería que me desglosara el mecanismo de la burocracia como la vez que me enseñó a sostener una UZI y me dolió el brazo y me mandó a hacer pesas para desarrollar los bíceps, aún sabiendo que jamás sostendré una metralleta; porque sí, para la vida. No alcancé a sentarme; me dijo que volviera el lunes. Y siguió comiendo su avena.

Hacer un examen de conciencia con botas de combate es muy interesante. Me instalé en mi porche, con un café, mi diario, y una velita. A ver, vida, ya dime en qué la regué, en dónde está el tache cósmico que, incluso  la policía con su amplio espectro cerca del orden y de los decretos, de la corrupción y del crimen, me considera inadecuada.  El café se me enfrió y la vela se hizo charco de cera. Escribí bastante; nada nuevo, nada que no supiera; no llegué a alguna conclusión particularmente iluminadora sobre mí. Más bien el examen de conciencia fue interrumpido varias veces por el oye, qué buenas están estas botas de combate. Podría patearle el trasero a cualquiera, o escalar una montaña, o acampar a la orilla del mundo. Y se me ocurrió una idea.

Lo bueno de ser deleznable es que uno puede desobedecer muy a gusto. Claro que me presenté el lunes. El sargento me había citado en el cuartel subterráneo, debajo de su oficina. Pasé por dos celdas, vacías, donde  esperan los detenidos, y el poste donde anclan las esposas cuando los interrogan. Me dirigí a la sala de juntas con las paredes tapizadas de fotos de los asesinos más buscados, y pasé por la oficina de reportes, con sus aleros repletos de formas a colores: secuestro, grúa, perro rabioso, auto abandonado, multa de tránsito. Todavía estaba la toalla húmeda puerquísima que pegué en el pizzarrón blanco como evidencia del día que desinfecté ese lugar y dos patrullas. Sonaba el radio con la voz de la despachadora de llamadas de emergencia, y sonaba el eco de mis pasos.

El sargento tenía armas: un arsenal, y su segunda mujer, que claramente le reabastecía las vitaminas. Una pistola al cinto, insignias, la lealtad de varias décadas, un apego a las normas, un dato de mi que estaba por revelarme y que determinaría, en gran medida, si me deprimía los siguientes meses o no; si se confirmaba mi inadecuación y que no tengo derecho a ningún comienzo nuevo. Fui desarmada. Los zapatos altos, la falda y la boca roja eran, igual que sus respaldos, de utilería. No iba a defenderme, ese es el «patear traseros» supremo.  Nadie puede darme mi valía, ni quitármela; ni siquiera el gobierno de los Estados Unidos. Quihubo. Sólo me restaba divertirme muchísimo en ese último día en el cuartel.

Y vaya que me divertí. Ese día y cada segundo mientras fui parte del sistema policiaco. Me quedé con las memorias de mis compañeros, grandes y buenas personas que cumplían con su trabajo y comían unos sándwiches de Pedro Picapiedra. Me quedé con los códigos que me patrocinaron un viaje de media mañana a las instalaciones del 911. Me quedé, por supuesto, con las mancuernas y con las botas de combate, que debí de haber llevado puestas ese día de cuando elegí desobedecer, decidiendo dónde, cómo y hacia dónde camino.  Me quedé con el estupor del sargento —a quien tengo en una gran estima y a quien le deseo buena suerte en su dieta y en disimular los años— cuando me vio taconeando en el búnker, y con sus palabras de por qué no me contrataron.

—Miranda, los policías no tienen posgrado.

Sentí cierto alivio, a pesar del cambio, otro cambio en la incertidumbre; lo aprendido y graduado tampoco nadie me lo quita. Entendí. Y respeté que mi jefe y su jefe estuvieran nerviosos por algún problema con el sindicato, a causa de mi escolaridad que se disparaba de los requisitos de preparatoria concluida.  Y él respetó que yo saliera del cuartel con la cabeza en alto, cargando los varios kilos de historias que me prodigaron, como material creativo. Con la conciencia en paz, esas otras botas de combate. Y sin trastabillar. Ni un poquito.


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Forever young

Mientras más años vivo en el extranjero, más admiro a quien sabe cuándo salirse de la raya al colorear.

Mientras más años paso escribiendo, más me gustan los jardines japoneses y los huacales llenos de naranjas de cáscara lisa.

Mientras más años pasan sin saber qué va a pasar, más aspiro globos de helio para recitar poesía.

Mientras más años caben en el pastel, más me rodeo de personas invencibles que muestran dónde les duele.

Mientras más años anidan en mi cadera, más domingos invierto en abrazar y leer y en guardar nada.

Mientras más años cumplo, más sensual me parece la serenidad que no precisa de publicista.

Mientras más años llevo sangrando, más me calzo mis botas de combate y plancho los manteles oyendo valses de Strauss.

Mientras más años vierto sobre el amor, más tenues son mis susurros antes de beber café.

Mientras más años pago impuestos, más hermosas me parecen las artesanías huicholes y las fondas de las esquinas.

Mientras más años habito en esta tierra, más confío en mi locura y menos en mi epitafio.


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Epifanía

Mujer a punto de entrar al consultorio de su terapeuta, cargando una canasta llena de pétalos blancos, de margarita. Paciente experta en reunir predicciones: «le importo-le soy indiferente, me amó-nunca me quiso, hay un futuro-no quiere comprometerse, me respeta-le valgo madres» y sus etcéteras variantes. Mujer talladora de historias escritas por capítulos según el pulso de los pétalos, queriendo descifrarlos para ver si les saca algo que no sean opuestos y dualidades; la misma mujer que, si alguien halla motivos para lapidarla, convierte los pétalos de su canasta en piedras y las provee, como municiones.

Mujer que tiene cita a las cuatro porque un mediodía de julio, en una estación de policía y sin prólogo, escudriñó un pétalo caído en una conversación.  «Qué raro-pensó-. Debe de haber un error», pues visto de cerca, el pétalo no contenía información sobre el porvenir, ni sobre el otro, como siempre pareció. Solo decía: «me quiero». La conversación prosiguió y cayó otro pétalo: «no me quiero».

Mujer a punto de entrar al consultorio de su terapeuta, como tantas veces, a las cuatro. En esta ocasión, la canasta no fungirá como expediente: será ofrenda. Los pétalos que la dividían serán lanzados por la ventana, los transeúntes nunca sabrán de qué se trató aquella lluvia de guiones pálidos. Es un día de celebración, una fiesta. ¡Respuestas a las preguntas! LA pregunta: ¿qué será de esa mujer, aquí y ahora, allá y entonces?

¿Queriéndose? Lo que ella quiera.

La respuesta es una flor iridiscente, de un solo pétalo. La llamo Epifanía.

(Gracias Mixtli, por el diálogo)