Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, llaves, y otras plantas de interior.


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El otro dosmildiecisiete

«Dosmildiecisiete» ya cuenta como adjetivo de año arduo. ¡Y de qué manera! Pero, fíjense, en aras de la precisión, hay que hacer algunas acotaciones al diccionario.

Fue el año en que un extraño te preguntó en una fiesta ¿bailas? y todos los hielos se derritieron. Un detonador te empujó a llorar en un baño público y el ¿estás bien? anónimo se escuchó diáfano y sin eco. Contemplaste un atardecer, llegaste a un aeropuerto, viste a una pareja frente a ti y celebraste un logro sin necesitar un romance de película para sentirte suficiente. Tu sí fue sí, tu no fue no. Tu café (o té) siempre enunció, ceremoniosamente, punto y aparte. Nadie cobró por acompañarte a cruzar la oscuridad. Tu nombre fue pronunciado con respeto cuando estabas ausente. Un meme te hizo reír cuando estabas quebrándote. La ansiedad pasó de largo varias veces porque le contaron de tus actos valientes. Mientras el banco estaba resolviendo los trámites de tu tarjeta clonada, encontraste un billete en tu bolsa. La memoria fue gentil cuando cerraste los ojos y recordaste la pérdida o los escombros o la violencia o la traición o la corrupción o la desesperanza. Recibiste la ayuda distintiva de un voluntario o voluntaria.  Ayudaste como voluntario o voluntaria y cambió tu percepción de las calles y del sufrimiento. Perdonaste o te perdonaron y sonaron las fanfarrias junto con el derecho a regular la distancia. Mientras más difícil era la situación, alguien te apoyó con los trámites, a cargar cajas, a recibir un diagnóstico y a escuchar tu historia. La ternura, en formas inesperadas, atravesó tus armaduras y sus motivos. La silla del hospital era  reclinable. Nada de lo que te han obsequiado pueda comprarse en una tienda, y algunos libros.  Hoy abrazas el poder de un calendario en blanco.

No sé. Quizás este año, por definición, se trató de creer en milagritos.

 


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Magnificente

Todas las mañanas bebo una taza de café mientras miro a través de la ventana. La casa y los pensamientos callan. Amanece el día. Los significados son los únicos testigos de que, horas antes, fuera de noche. Pero apenas se van desperezando. Es el café de preguntarme cómo estoy.

Las respuestas han variado según las casas que he habitado y la vista que ofrecía la ventana: cuando dio a una pared, mi «estoy» fue el anhelo de estar en otros ojos; cuando ofrecía unos geranios, mi «estoy» quería creer que estaba bien y a salvo, ¿verdad?; cuando el paisaje suburbano se coló por una puerta-ventanal, mi «estoy» fue de duelo sobre duelo bajo duelo. Y es que preguntar cómo estoy también ha sido cuestionarme cómo llegué hasta aquí.

Desde que me mudé, todas las mañanas bebo una taza de café mientras miro a través de la ventana que da a un olmo. Dicen los significados que, desde tiempos ancestrales, el olmo ha sido símbolo de sabiduría, fuerza, equilibrio ante la adversidad y crecimiento en grande. Asiento, es un arbolote. Al preguntarme cómo estoy señalo la viga de metal que ayuda al tronco para que el peso esté repartido y el olmo pueda seguir elevándose sin quebrarse: cuando el café viene cargado con dudas amargas, me digo que tengo vista a un árbol magnificente que usa bastón; cuando despierto tremenda, cierta de lo posible y con prisa de que ya sea el futuro, me digo que tengo vista a un árbol magnificente que usa bastón.

Sé cómo llegué hasta aquí, fortísima, vulnerable: eligiendo muy mal. Y decidiendo muy bien. Despierto. No cambio esta época por nada.