Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, llaves, y otras plantas de interior.


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Una casa, 8.

Sí, muy bien. Abrió la cortina de la accesoria junto a la cochera de la casa, y un negocio de fotografía. La casa estaba ubicada entre Av. Bolívar y el Eje Vial y dos escuelas públicas y de camino a unas oficinas del Seguro Social. Jamás le faltaron los clientes de diario, de la fotografía tamaño infantil para el niño o la niña, de la ovalada para el profesionista.

Tenía bastantitos clientes de ocasiones especiales y siempre atribuyó su éxito, un tanto a la ubicación, sí, pero sobre todo a la buena suerte de tener entre sus recursos una mampara con los Campos Elíseos, al fondo, y al jarrón de piedra de unicel con helechos de plástico, al frente, para darle volumen a la escena y para cubrir el enchufe en la pared. También era famoso porque los bebés no le lloraban y podía captarles unas expresiones curiosísimas. El secreto era no lavar los juguetes. Las expresiones curiosas eran, claro, el intento de los niños por descifrar ese sabor de sal vieja de millones y millones de bacterias.

Su atención a clientes era memorable, en particular con las quinceañeras. Un amigo suyo le había vendido unas escaleras portátiles que antes formaban parte de una escenografía y que combinaban con la mampara de los Campos Elíseos. La quinceañera se sentía soñada de posar junto al barandal pero la mama lloraba, ay hijita cómo has crecido, y el padre (a veces era un tío o padrino) estaría sofocado por el mal humor de la cursilería. Como la escalera tenía, en su base, un compartimento para transportar utilería, el fotógrafo aprovechaba, en lo que hacía la instalación, y sacaba unos pañuelos desechables y un ventiladorcito. A ver, una sonrisa. Y era legítima.

Todos los clientes —niñas peinadas de cola de caballo, escuincles de casquete corto, la abuelita de laca y crepé, el abuelo rumbo a calvo en negación, la mamá de corte en capas, el joven de no voy al peluquero, el chiquitín de cairel—, todos, hacían escala en un espejo de marco dorado, junto a los peines, el atomizador y el gel. Como fue en un principio, ahora, y hasta aquel día cuando la marchanta pasó por la accesoria donde estaba el negocio de fotografía. Cargaba varias docenas de margaritas y, aunque parecía un jarrón itinerante, sus oídos oyeron, bien claro, el escándalo de una clienta que salía hecha una furia, andaleando a sus hijos, peinados de raya de lado. El fotógrafo, que esa mañana no había tomado café, prefirió dejar que la clienta se fuera. Total, vendrían más clientes, tantos, por la ubicación y la mampara y esos trucos añadidos al obturador y a las lámparas, al exposímetro y al revelado express.

Si pasas por ahí, hasta la casa está vacía y se vende para terreno. Dicen que el fotógrafo se alcoholizaba porque el negocio fue decayendo hasta cerrar, que se peleó y terminó mal con el dueño, que fue por la fotografía digital. No es cierto, me contó la marchanta: fue por el piojo.