Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, llaves, y otras plantas de interior.


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Radiografía

Somos lo que traemos en los bolsillos, lo que no decimos a nadie, lo que más tememos y aquello que nunca hemos dejado de creer. O algo así era la frase.

La cartera, un lápiz de labios, —cuando no me pongo color me preguntan si tengo tuberculosis—, tres recibos deducibles de impuestos, los audífonos, un usb con información que me compromete, una navaja, unos chicles, mi chequera, una pluma Bic azul, —para escribir y por si algún día tengo que improvisar una cerbatana—, las llaves de mi casa y de mi oficina. La bolsa es una extensión de mis bolsillos y no por ser mujer; la lavadora es viejita y me cobra caro el olvido de papeles y de monedas sueltas. Nadie sabe que opté por una bolsa cruzada y no de señora en el antebrazo porque sólo me tengo a mí misma y el gesto de hacer que la correa cruce por mi hombro me hace sentir poderosísima. Y triste. Temo volver a creer que una fotografía en la cartera es señal de compromiso, vaya que me da horror no saber distinguir las mentiras que me cuento de las que me cuentan, sobre todo porque son portátiles. Sigo convencida de que existe la magia y de que, como demuestran las hojas secas geniales, los capullos, las alas de mariposa, las conchitas de mar y los boletos de películas tremendas: los tesoros para guardar se hacen polvo cuando intentamos poseerlos.

Espera, Miranda, nota la imprecisión: «somos», decía.

Oh, averigüemos de qué va esto. Es su turno: les va.


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De importancia

Ha de ser la edad o Silicon Valley o el país o el siglo, supongo. Pero es a fuerzas, parece, que los diálogos estén permeados por logros, dejarlos caer en las conversaciones como bombas de mérito. A cada «¿cómo estás?» le sigue una mención a diplomas académicos, erudición remedial, cifras en el ingreso, destinos vacacionales, proezas del corazón o cama o ambas, cantidad de seguidores, llaves de la ciudad recibidas, grados de cercanía con personas influyentes, y otros abalorios bien brillantes del ir haciendo.

Suelo quedarme callada. He aprendido que no se habla de crear un entorno estable para que las hijas crezcan, de defender los espacios creativos frente a las fauces del cansancio, de la hipervigilancia de cada ruido, de cada extraño, de cada automóvil y dormir en paz, de la victoria quincenal de hacer rendir el sueldo, de la disciplina para vivir sin deudas, del marcador cotidiano en la lucha contra el rencor cuando a uno le toca presenciar, de primera mano, que la vida no es justa. Y pues esos son mis logros aunque ninguno tenga testigos.

Harta de la convivencia con personas que cómo insisten en ser superiores porque sus éxitos sí son reales y visibles, y muy fastidiada con mi vulnerabilidad que a veces me hace dudar de la valía de mis acciones, una tarde me puse a hojear el periódico y encontré un anuncio.

Se solicita voluntario(a) en asilos para dar la mano a personas moribundas

que no cuentan con familia ni amigos. 

Recorté el anuncio y lo traje conmigo varios días. Y con esas dos líneas supe que nuestra convivencia no sabe de logros verdaderos. Llegará un último «¿cómo estás?». Si hay tiempo, la conversación ocurrirá cuando el hacer se reduzca a pasar las horas entre estertores, deshidratación, sopor y arrepentimientos. O quizás no lo haya. Sea donde fuere que nos embosque el final, ¿alcanzamos a ver ese momento, desde el ego, cuando nos sentimos superiores?, ¿y desde el tedio o la abrumación, cuando nos sentimos poca cosa?

Cerré los ojos y pude verme: rota, desfallecida, relegada, rechazada, olvidada, aullando de abandono y dolor en tantos ámbitos; cómo he pasado esos umbrales, cómo todas las veces se me fue la vida en ello. Lo que hubiera dado por una mano que me acompañara. Y así, honrando cada uno mis momentos de fragilidad deslucida —esa que el mundo jamás premiará—, y mis éxitos —que sólo yo sé—,  fui y tomé la capacitación de los voluntarios.

Nada, nada sabemos acerca de lo que importa, hasta que llega la muerte.  Y mientras haya personas muriendo a solas.

 

 


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Cosmopolita

Soy de quien pienso cuando tomo café y abro los ojos. De quien traduce mis desmadres en metáforas de fútbol; de quien me reconcilia con la vergüenza de mis calcetines agujerados de lo que no supe ver hace tres duelos. Soy de quien atiza el anafre de la carne asada mientras alarga la hora y media que me queda antes de irme al aeropuerto. De quien tomo del brazo en las calles empedradas de lo cotidiano, de quien sí me regresa las plumas Bic y los suéteres. Soy de quien le importa que sea de noche y aún no llegue a la casa. De quien se ríe con mesura cuando el metro me frena el aplomo. De quien no se edita, de quien no necesita mentirme porque confía -y acierta- en que podré enfrentar la verdad. Soy de quien se sabe mi nombre, en todas sus versiones, pero resiste la tentación de estereotiparme. De quien se ahorra las profecías y las permuta por semillas, cuando me escucha, cuando no me ayudo. De quien no me regala un cumplido sin mérito, aunque lo añore. De quien me da su palabra y me hace dueña honoraria de una biblioteca de coincidencias.

La lista es larga, tan prolongada como el abismo que hay entre ser de alguien como acto exhibido de posesión y ser de alguien por voluntad, con ganas y gusto, porque sí y qué bien. Seguro ustedes ya lo sabían. Yo, en cambio, tuve que venir a escribir al respecto, apenas lo voy aprendiendo y me emociona. Quise enseñarles mi apunte porque ¿ven este corazón en el mapa? Es el mío. Soy de mi gente querida, de quien amo y me ama. Soy ciudadana de ese mundo, ya no necesito migrar. Pertenezco.


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Treinta y nueve

A los 38 años, tomé la decisión de rodearme, únicamente, de relaciones donde hubiera respeto, compasión, creatividad y alegría.  Claro, en ese proceso, tuve que desterrar a personas de alta toxicidad.

Algunas de ellas aún se pasan por esta calle a ver si encuentran alguna frase a dónde asirse. No saben que, como me importa estar pendiente de quién me rodea, tengo un detector de direcciones IP que registra quién me lee, a qué hora, en qué ciudad del mundo, cuánto dura su visita. Vaya, es curioso eso: que sean personas desterradas a perpetuidad y todavía quieran leerme. Se me ocurre que lo hacen porque me admiran en secreto o porque, a pesar de todo, les gusta cómo escribo. O quizás me sigan amando, vayan ustedes a saber. El caso es que cuando veo que no respetan el límite de desaparecer de mi vida, me provocan mucha ternura y gratitud: me comprueban su ser tóxico y engrosan las estadísticas con sus clicks.

Hoy, a los 39, estoy celebrando mi elección de ser selectiva en mis relaciones, la que me llevó a nutrir los vínculos que atesoro y a conocer a gente coruscante* con un enorme trabajo personal, con quien aprendo, comparto, dialogo, creo. La selectividad solo me costó trabajo al principio, después se convirtió en un jubileo; me trajo certezas en forma de renovación y el mejor regalo consecutivo de cumpleaños y de la existencia: una vida sin ansiedad. Al fin. *Sigue la fiesta*

*Recién aprendí esa palabra. Adjetivo. Que brilla.


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Pies de aeropuerto III

A modo de tradición de sala de espera, Miranda suele escribir un textito en los aeropuertos. Esta es la tercera entrega de la serie «Pies de aeropuerto». Los otros dos textos están compilados en «Usted & la Canción Mixteca».

Fila de la fila, tan larga que llega hasta donde nacen todos los válgames. En la revisión, la oficial de los rayos X quiere ir al baño, pero no llega el que la releva en el turno; revisa lento y de malas, porque ya le punza la vejiga.  Se acaban las bandejas de vaciar el contenido de los bolsillos y enmarcar las computadoras portátiles, escasean la paciencia y el pudor de estar sin cinturón, sin teléfono, sin zapatos, sin chal. Es fin de semana feriado. Todos los niños de dos años dicen que no, a coro.  También se escanean las dudas de perder la conexión.

Caminar, correr, textear. En todos los casos:  hay que volar hacia la sala para volar hacia el destino. El calzado reflexiona sobre esa paradoja y sobre el mármol. Y justo cuando se ha encontrado un tomacorriente junto a un asiento frente al ventanal, con disposición de sobrellevar la hora y media de retraso del vuelo, y dos párrafos, es momento de abordar.  Los pies de aeropuerto no avanzan, conceden.


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Muy en alto

Mi abuelito pasaba muchas horas solo en su casa. Se rasuraba, se peinaba con Wildroot, se ponía loción, guardaba su pañuelo de tela en el bolsillo, besaba la foto de mi abuelita, se persignaba y se sentaba en su sala a esperar a que diera la hora de la comida. Entonces salía a la fonda de la esquina de su casa donde lo recibía la señora de delantal de cuadritos, y la hija, y la nieta le llevaba las tortillas calientes en un tortillero de unicel. En la fonda platicaba con El Ingeniero, otro comensal; hablaban de béisbol hasta que dieran las cuatro y los oficinistas -El Ingeniero, entre ellos- volvían a trabajar y mi abuelito, a su casa, a leer el periódico. Cuando terminaba, se sentaba en su sala a esperar a que fuera la hora del noticiero. Al terminar Zabudovsky, se dormía. A las tres de la mañana, el insomnio le sacudía la cama y se quedaba despierto, viendo al techo, hasta que amanecía y se paraba al baño a hacer su aseo, rasurarse y continuar con la secuencia del día anterior, como había hecho durante los últimos veinte años, desde que quedara viudo.

Cuando le dio por contar sus vitaminas (es decir: vaciar el contenido del frasco, tomarse la pastilla e inventariar las restantes), lo inscribieron en unas actividades para adultos mayores en un centro del INAPAM, que estaba por sus rumbos. Fue a dar todo perfumado y peinado hacia atrás al encuentro con otros viejitos. Supongo que le sentó de maravilla porque, de pronto, empecé a oír mucho barullo en torno a él. Que si tomaba una clase de repujado, que si algunos compañeros, muy marrulleros, olvidaban a conveniencia la puntuación en el dominó, que si unas muchachas -de 80 años- movían las muñecas en modo sugestivo en el calentamiento de la clase de yoga, que si les habían servido chicharrón en salsa verde para el menú del día y estaba muy bueno porque no picaba mucho. También noté que tenía otra postura, caminaba más derecho. No quedaba nada de sus hombros caídos y su ver al suelo, de la rigidez de su cuello de patíbulo. Fue, quizás, el cambio más notorio, donde se le notaba el bienestar: levantaba la cabeza. Había salido de su inmediatez; le ganó a la abrumación, a la circunstancia, a las noches en negro, al peso de la ausencia, al vacío de la viudez y de la jubilación, de los años que se le iban acabando, a llenar el tiempo con algo, aunque fuera el aire de su sala. Me gusta recordarlo así, vivo. Que si no lo venció la vida, menos lo venció la muerte.

Al levantar la cabeza, afirmamos que estamos vivos, y desde ahí se construyen el presente, la presencia, el seguir adelante. Por eso, es curioso que la silueta de la derrota y la de una persona conectada al mundo mediante un aparato en la palma de su mano sean la misma. No lo digo yo, lo sugiere la viejita que seré, guiñándome desde el salón de tejido del centro para ancianos donde asistiré. Le muestro cómo guardé mi teléfono para no llenar vacíos y decidí conectarme de verdad. Se ríe como me río de gozo; me dice que esa decisión hizo toda la diferencia en mi futuro. Trae una tiara invisible, muy en alto.


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De Luna y Converse

¿Quién eres? ¿Por qué estar contigo es como una montaña rusa de emociones?

Explicamos, conversando:

Cuando nos rompen el corazón, asentimos y bordamos en punto de cruz. Con karma, ni hablar.

Cuando enfurecemos, vamos de nómadas con turbantes en caravanas de me deshabito y no volteo hacia atrás.

Cuando rojas, divisamos lo erguible, lo que sabe salado. Y en el punto más alto del deseo, visitamos todas las ruinas de lo que no supimos retener. Y la sangre siempre es frente a una tumba.

Cuando reímos, hay un aquelarre en la garganta y una muda resistiendo a deshilacharse.

Cuando lloramos, nos filtramos por la coladera, partidas en julianas. Y se apagan los faros.

Cuando decimos que sí, nos quitamos el apellido.

Cuando decimos que no, es no y pausa.

Cuando decimos «no sé», coloreamos una carta del tarot.

Nuestros cuándos ocurren por episodios sinfónicos, y mareas.

Somos las hijas de la desdentada que no espera a nadie.

Somos hermanas de la friki con mundo propio.

Somos la misma persona, una y fragmentada, por episodios instantáneos.

Somos las que enamoramos, por locas. Y a las que repudian, por locas.

Ajusta el cinturón de seguridad, pero no tengas miedo.

Nuestra vida se divide antes y después de aceptarnos así, como un punto en lo oscuro que brilla.

Somos magníficas compañeras de viaje.

Somos lunáticas.