Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, llaves, y otras plantas de interior.


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Abrazo de otoño

Caen las hojas.

¡Mira! El dedo apunta hacia abajo,

a los peciolos como antenas

pegando el oído de savia a suelo

para oír a las hormigas, a los hongos,

las pisadas, el runrún del tren.

¡Mira! El dedo apunta hacia arriba,

a los plazos entre las raíces y el cielo,

a las ramas como listones

haciendo el baile de las lenticelas

para aflojar los nudos, los nidos,

la ternura, el racrac del tronco.

¡Mira!

Hojas que caen, la alfombra

donde aprendemos que nada es para siempre.

¡Mira!

Caen, y nosotros a la mitad de este susto

¿y si no vuelve la primavera?

¿y la oscuridad es cada día más oscura?

Hojas que abandonan

–crujen con las pisadas, y las perdonamos —

A veces somos ellas, caducifolias,

cumpliendo nuestra palabra verde

hilvanada a los ciclos;

a veces somos el árbol desnudo,

preparándose para el invierno,

duelo anticipado;

y, a veces, sólo somos lectores

en medio de un paréntesis,

testigos de hojas caídas

y del relato de las flores y los frutos

que les siguieron,

los que pueden venir,

los que vendrán;

lectores pidiendo un abrazo al otoño,

a ver si así logramos ser

un poco más versados en el arte de soltar.

 


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Ella Escribe

Qué bonito y necesario es que exista She Writes, una comunidad global en línea que ofrece contenido, inspiración y apoyo de mujeres para mujeres en cualquiera de las fases de su proceso de escritura. Estoy estrenando un espacio allá; estaré posteando los temas que imparto en mis talleres y algunas reflexiones en torno a la vida creativa.  ¡Haz click aquí! 


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El albergue

Pensé que sabía algo acerca de ser fuerte hasta que conocí esa risa. Estaba con una mamá y su hijo de 7 años*, ayudándoles a llenar la forma de solicitud de servicios para familias sin hogar. Mi pluma azul neceaba con tinta afónica y gruñí en lo que buscaba otro bolígrafo, si eché como cinco antes de salir de la oficina, me acuerdo, y seguía revolviendo sub-bolsas de la organización fallida. Volví a gruñir forzando la pluma contra un papel suelto. El niño rió y rieron sus dientes de enfrente. No se preocupe de nada, seño, me dijo la mamá riendo con los ojos de renglón y su español de sílabas calmadas.

Reí un poquito y pedí una pluma prestada en la oficina. Me urgía seguir llenando la forma. Esta familia había vivido con otras tres familias hacinadas en un departamento y en los baños de la estación de camiones y en un coche desvalijado. Era el primer día de clases. La secretaria trajo un desayuno escolar. El niño abrió la bolsa de las manzanas rebanadas y me retó a una competencia de quién comía más rápido. Volteé a ver a la mamá, nos pasó una servilleta. En lo que alargué la mano para tomar un trozo de manzana, el niño ganó el concurso. Con la panza llena, seguía riendo. Y su mamá, que mantenía los brazos cruzados alrededor de ella misma porque no tenía chal ni suéter, reía, sonreía, reía, acariciaba la cabeza de su hijo, y cualquier congoja reía con ellos. La forma les permitirá dormir en un albergue y que  el niño podrá asistir a la escuela todos los días. Recién me incorporé a estas funciones, además de mi trabajo usual.

Insisto: yo pensé que sabía algo de ser fuerte. O de pérdidas o de la fe o de historias de inmigrantes. Luego conocí esta risa que proviene de un lugar que toca y no suelta y ha sido como una aparición. Tengo que prepararme mucho para poder seguir los protocolos estatales de atención y de seguimiento de casos. Yo no estudié esto, la vida me trajo hasta aquí. En blanco, sí sé algo, lo único: el servicio activa una luz que conecta. Y con esa luz se amasa el alimento, se conjura la noche, se protege de la intemperie, se alivian las lágrimas, se arropa el cansancio. No es unilateral, es una transformación mutua. Ahí quiero quedarme a vivir para siempre.

*Algunos detalles de este caso son genéricos, por cuestiones de confidencialidad.


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Doce

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Yo abrí un blog.

1999-2007 Mónico Neck 49 (26)

Mira: este es el escritorio original.

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De darte las gracias por leer. Hay millones de blogs en el ciberespacio y, por alguna razón, tú y yo coincidimos en éste. Somos un instante, apenas.

Gracias por tus comentarios públicos o en privado que nos han acercado y revelando quién escribe, quién lee, nos vamos sintiendo menos solos.  Quizás algún texto se nos convirtió en punto de partida para una amistad; me contaste tu historia, te compartí la mía y ahora somos cómplices de significados. A lo mejor viajaste o interrumpiste tu día laboral para tomarnos un café, un día. (¡Lo aprecio tanto!) O puede ser que nos conociéramos de otro ámbito y zas, acá nos procuramos una conexión distinta, y qué rico despojarnos de los estereotipos. Yo siento que te quiero y te voy queriendo cada año más, tal cual. ¡Ah! gracias, todas las veces, porque cada recomendación tuya del blog, el libro o el podcast apoya la vida hecha a mano y la creación independiente, lejos de estrategias de mercadotecnia o relaciones públicas; la que confía en que el mensaje y su destinatario se irán encontrando porque ese el contenido.

Por estos rumbos hoy es día de celebrar. ¡Pásale a la fiesta junto al olmo! Hay agua de horchata, jamaica, tamarindo, cervezas, tortas cubanas en miniatura y, junto a la gelatina festiva, una banderita de tu país: México, Estados Unidos, España, Argentina, Canadá, Colombia, Brasil, Perú, Uruguay, Australia, Venezuela, Chile, Italia, Guatemala, Ecuador, Inglaterra, Honduras,  Alemania, Países Bajos, Costa Rica, Bolivia, Turquía, República Dominicana, China, Suiza, Japón, Rusia (gratitud extra por pasar a leer durante el Mundial).

Tengo doce trecedejulios insistiéndote en ello y te lo repetiré otros tantos más, así hayas estado desde el principio o desde tiempos recientes: tu lectura le da sentido a estas letras, es un encuentro que hacemos posible juntos. Es lo único que no ha cambiado. Al contrario: se ha fortalecido.

Desde California, recibe un abrazote de letras —efusivo, lloroso de bonito—atravesando cualquier pantalla, dispositivo y frontera. Un abrazo verdadero.

Michelle, Miranda, Maceta.


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De rimas en caso de duda

Para Víctor Luján G.

Que no te obnubilen, que no te empañen,

que no despostillen, que no te descalzen,

que no se burlen, que no calen,

que no pronostiquen, que no manchen,

que no te culpen, que no te roben,

que no te desairen,

diles.

Que se les marca el bulto de prejuicios y tedio,

que nunca fuiste de estatura promedio,

que no tienes remedio y sí un archivo

que hierve de ideas, de ti, de festivo,

junto al botón certero de tus reinicios.

junto a los brotes cuando verdeas,

diles.

Que es verdad y ruta y certeza:

que no hay acto creativo pequeño,

sólo fracciones de una obra dispersa

pidiendo un rato diario de atención y tiempo;

que las ganas son la versión soleada de tu sueño

que las fracciones se hilvanan con torpeza

y acunan un borrador,

diles.

Que en aquel rato diario se te va la vida.

Y la persigues, ¿qué otra te queda?

que, a fuerza de tesón, te vas sabiendo.

Crear es lo tuyo. (Yo lo comprendo).

Diles,

sabrás cuándo y a quién me refiero,

deletreando con todo tu cuerpo,

—se iluminarán conciertos, galerías,

escenarios, libreros —,

que la obra eres tú.

Diles, o abraza la sospecha:

vuelve a los cánones, a su orden, al suyo.

ó

es tu momento: ¡aprovecha! diles:

es mi proyecto. Y suficiente, concluyo.

Y junta minutos donde había suspicacia

con frenesí del loco que ama su esquina

con la rutina obstinada de quien persevera.

No hay acto creativo poco y sin gracia,

sino sumas de llevar, por centena.

Créeme todo, o  nada me creas,

pero, ¡por favor! sigue tu idea.


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Tríptico

Bajé el teléfono y tomé aire. Los oí en mí en esos dos segundos de la piedra violenta  cayendo hasta el fondo de ellos mismos, creando un trauma que se expandirá y tocará cada una de las palabras, los sueños, los vínculos y las horas de esos niños y niñas en la frontera; en los padres y madres enloqueciendo de súbito, esperanzados.

Aprendí a distinguir las familias que entraron buscando asilo político entre los migrantes que atiendo:  no olvido sus ojos que dejan pasar la luz a través de un cristal estrellado. Iluminan y cortan a la vez, duelen y conduelen. Pienso en esos ojos cuando y en el sufrimiento añadido por las políticas en los Centros de Detención.

Se respira angustia.  Tocar cualquier otro tema resulta irrelevante

**

(Este es el post de la semana pasada que se quedó pendiente por un imprevisto laboral):

Estoy saliendo con alguien y se me ocurrió explicarle mi relación con los imperativos. Es rápida: los detesto.

La versión detallada me lleva a hacer escala en la esquina de la papelería de mis rumbos, cerrada a finales de agosto por la fiesta de la natividad de Santa María. Un arco de flores adornaba en la entrada de la parroquia hasta el 8 de septiembre y el atrio con las estaciones de la cruz, donde tantas veces hicimos fila en Miércoles de Cenizas y el Día de la Candelaria, olía gorditas de piloncillo y, por un ratito antes de empalagar, uno se sentía cerca del cielo. Afuera habría elotes, una rueda de la fortuna, la pesca, las canicas, los algodones de azúcar rosas y azules, las fritangas. Y tendría que detenerme en el pan de feria envuelto en su bolsa de plástico y su caligrafía con duya «Para mi suegra», «Para mi viejo», «Te amo». Siempre quise uno, comer alrededor de las letras y sopearlo en el chocolate. No se me hizo probarlo.

El inglés se me queda corto al narrar la siguiente parte: uno entraba a una carpa, un puesto cerrado que olía a humedad. Había una mampara pintada a mano por alguna persona con talento incipiente para dibujar una araña de metro medio de diámetro. Sobre la mampara y, gracias a los efectos ópticos de algunos espejos, la cabeza de una jovencita: la mujer convertida en araña. En el mismo tono de los merolicos y de los vendedores que caminaban por el metro llevando a la dama, al caballero, un ejemplar de «Platero y yo» y tres cajas de gis chino, uno u otro por diez pesos, el dependiente que cobraba al entrada le preguntaba la mujer-araña, cómo había llegado a su deplorable condición.

—Por desobedecer a mis padres— contestaba el híbrido. Y añadía que comía moscas por no haber apreciado la comida de su casa.

Y, aunque todos los menores de edad que presenciábamos esa escena, teníamos claro que era ficción —el dibujo en la mampara era casi una caricatura y, decían, alguien había visto a esa misma jovencita comiéndose unos esquites, humana, bípeda, risa y risa—, sí daba nervio porque la obediencia era un valor en aquellos años. Vámonos, acomídete, calla, siéntate, fórmate, deja de llorar, no vayas, haz una numeración del uno al 600, no te enojes, no le digas a nadie, baja la voz, no causes vergüenza; se ejercía, se esperaba, uno obedecía a lo que le decían sus mayores y maestros, el banco, el gobierno, la iglesia, y punto. (Y, si desobedecía, era a escondidas, hábilmente). ¿En qué había desobedecido la mujer-araña?, ¿cuál fue su acción deliberada y visible que tuvo semejante castigo eterno? La feria se ponía año tras año y el nervio diminuía, pero no se iba del todo.

Nunca olvidaré la última vez que vi a la mujer-araña. Tenía canas, arrugas profundas en la cara* y un suero. Estaba agonizando. El mensaje era el mismo: muriendo por desobedecer. Me indigné tanto que desarrollé una aversión total a los mandatos. Los odio. Y mejor, por si las dudas, no prometo obediencia. La carpa olía a humedad y orines. No quiero terminar ahí.

¿Cómo se dice en inglés: no acepto imperativos pero sí invitaciones escritas en pan de feria?

*Ahora sé que, con toda probabilidad, era una suplente que quizás quiso ser actriz y se animó a trabajar en esa atracción. Incluso creo haberla visto antes y era una de viejitas que vendían gorditas de piloncillo.

**

Ayer me uní a un grupo de voluntarios. Fuimos a armar un área de juegos infantiles para una escuela, después de seis horas quedó lista. En las instalaciones aledañas había unos niños y niñas de un curso de verano que corrieron, con toda su emoción, hacia los juegos. El área estaba rodeada con una reja en lo que se secaba el cemento de la base de los tubos. Los chiquitos sacudían los barrotes, frenéticos de gozo, pero frenéticos al fin.

Los adultos lloramos porque las imágenes del noticiero nos cayeron encima. Tocar cualquier otro tema resulta irrelevante. 


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Presente por elección

¿Han visto a la presencia? Yo, he de ser sincera, tiene mucho que no. Y justo me invitaron a un viaje donde creo que será invitada también. Me sentaré donde ella, de eso estoy segura.

Lo estoy eligiendo con intención y propósito porque luego, nomás aterrizo, me agarran las prisas: la de correr hacia mi abuela y estrujarla de bonito, a urgencia de probar todos los platillos que preparó mi mamá y sus mimos junto al primer café, la fruición de oír las historias que cuenta mi papá como sólo él, las ganas de que la música al piano y la risa de los sobrinos duren siempre, intactos; la rapidez de marcar los números de las amigas y amigos para vernos ya, en horarios absurdos, porque debemos peinar las vivencias desde la última vez que nos vimos; la lloradera por adelantado que me produce ofrendarle ese mundo a mis hijas y que no todo sea California en sus referencias.  Y, rodeando el acelere del corazón y de los sentidos: la Ciudad de México, demandante, tosca, desplegadora, casa de casas y de encuentros.

Como persona de mi época estoy acostumbrada a documentar públicamente mis vivencias: si algo viví, habrá un tuit o una fotografía que lo compruebe. En este viaje es mi elección estar presente a la antigüita: sin la prisa mayor de que cada emoción o motivo de asombro o rasgo memorable ocurra, en simultáneo, en alguna red social. Presencia, desde mi elección de hoy, es que no haya ese reportaje paralelo. Sólo estar y ser y conectar. A veces uno tiene que vivir lejos o atravesar muchas pérdidas desde la soledad para comprender el valor de la compañía.

Tooodo esto para decirles no habrá posts en el futuro inmediato. ¡Nos leemos al regreso!

Los abrazo, presente y loca. Corro a terminar mi maleta

M