Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, y otras plantas de interior.


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De vuelta

Hace más de un año, una parte de mi día laboral consistía en ir a varios planteles de escuelas primarias públicas y reunirme con los directivos como consultora o recibir y atender a alguna familia migrante, sobre todo a los recién llegados al país. La otra parte transcurría en las oficinas generales, la sede donde ocurren los trámites, proliferan los comunicados en dos idiomas y se resuelven los problemas en juntas largas y llenas de tareas pendientes. Me gustaba estacionar mi auto a varias cuadras de distancia de los planteles para caminar un tanto inspirada en mi bisabuela que, sin bastón y sin perspirar, a los 90 años se le vio recorriendo con vigor las calles empedradas y empinadas de Taxco rumbo a misa de 8 de la mañana, del brazo de su hermana octogenaria. Yo recuperaba el aliento admirando las flores en las casas aledañas, y a veces les hacía una foto bajo el rubro mental: Personajes Que Me Topo en Mi Ronda por las Escuelas.

Pero ahora que todas las juntas son en la pantalla, y hablo con las familias migrantes a través de un plexiglass y nuestro español tiene sonoridad de tela y no tengo mérito al caminar 3 kilómetros junto a la presa y toda su flora en domingo, debo admitir que había más personajes en la secuencia de planteles y oficina y no me había dado cuenta a qué grado les he echado de menos: a la recepcionista que tiene ocho hijos varones y un orgullo notorio por su manicure y que cuando la gente empieza a sacar cuentas de su edad, siempre, siempre dice: empecé joven. A la secretaria convencida que el pozole cura el ocio, la nostalgia, el hambre y la vanidad. Al director que toca la guitarra en el patio de recreo y da un espacio a quienes no son tan deportistas, mientras él y su grupo de trova esquivan balonazos. A la maestra de los lentes púpura que llama por su nombre y sonrisa a todos los estudiantes, de preescolar a secundaria. Al conserje que tiene pleito casado con el pasillo que da al norte cuando las hojas del otoño se alborotan. A la directora que tiene la escuela con más padres en la cárcel, el equipo de apoyo más ávido y el porcentaje más alto de asistencia entre las familias. Incluso he extrañado a la analista que regala su mueca de cada día, pues para ella cada estudiante es sólo un número y quiere sus estadísticas bien ordenaditas; y al técnico que llega con cara de ¿ahora qué? cuando la impresora está terca.

Esta semana abrieron las escuelas y pronto volveré a mis rondas. Tengo de aquí a entonces para poder mesurar mi algarabía, desarrollar una actitud profesional, y que, cuando vuelva un poquito de normalidad, sólo quite el botón de pausa y la vida siga, rutina, secuencia, personajes, trabajo por hacer. Podría, pero no quiero. Que de algo haya servido el año de confinamiento. Que no vuelva a dar por sentada a la gente, al paisaje, a los detalles cotidianos implícitos en los encuentros. Aprecio. Aprecio todo.


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El bebedero

Desde que el olmo fue talado la ardilla sabe más de bardas. Sigue saltando de rama en rama pero ahora enfrenta un problema de tránsito en algunos tramos entre casa y casa donde no hay rama inmediata; la ardilla es varias ardillas en fila, las ardillas que son una son impacientes.

Las ramas del olmo abarcaban un diámetro de 12 metros, la circunvalación con salidas bien señalizadas rumbo mi techo, al de los vecinos, a un eucalipto-minarete de cuervos, a otros olmos más jóvenes. Además de vastas, tenían nudos y curvas. La ardilla corríavolaba por esa pista. También cortejaba y se apareaba, cómo no, porque había parajes más verdes que otros, y después del frenesí persecutorio hembras y machos cedían, ambos, durante unos segundos y el musgo lucía más brillante, tal vez; había ramas anchas y amables para ardillas panzonas que pronto amamantarían fuera de la vista de los halcones.

Sabe más de bardas. Y que el sol quema cuando no hay olmo que lo atenúe.

Desde que el olmo fue talado dejé de ofrecer alpiste a los pájaros. El alpiste venía preparado con semillas de girasol y se armó la trifulca entre tórtolas, gorriones y la ardilla multiplicada. No hubo jaloneos de pluma o pelo, sólo una tensión de alerta por quién agandallaba más comida en menos tiempo. Una rata se unió al banquete. Mi ocurrencia del platito de agua no tuvo intenciones de ser sabia sino amiga de la cautela.

Al principio era ocasional, cuando me acordaba. El confinamiento me ha tenido atareada buscando certezas. Ay, está vacío el plato, a ver. Y salía con con mi regadera de cuello alargado a enjuagar la tierra seca y a llenar el plato, ni mucho ni mísero, hasta dejarlo fresquito. Aparecían, poco a poco, las aves. Son tempraneras. Un cuervo bajó a remojar un pan que encontró tirado en la calle, sorbió una tórtola feminista, los gorriones se dieron un baño, hasta visitó un pájaro azul con su trino de ando por aquí. Las ardillas aparecieron más tarde con su ¿eh?¿Agua? Ah, muy buena, vámonos.

Durante los incendios forestales no me falló tener el plato limpio y listo como parte de mantener el jardín húmedo en un calor de 38 grados que niega el otoño. «Jardín» es un decir. Desde que el olmo no está, las plantas, tan acostumbradas a su sombra, se achicharraron. El casero dice que después sembraremos algo, la tala del árbol no le salió barata; para evitar la erosión cubrí la tierra con agujas de pino hasta donde alcanzó mi cadera, reiterando, mientras cargaba cada caja, que para eso sí quiero una pareja, para darle forma. Quedó pasadero y nunca me acostumbraré del todo al vacío de olmo y de plantas, a no tener hojas qué barrer para aclarar a la mente de sus duelos cotidianos. Luego volví a mi hábito errático, plato vacío, plato lleno, certeza, ¿dónde estás?

Apareció un sonido que antes no estaba. Un puntito entre los trinos, los graznidos, el avanzar frenético en el perímetro de la barda, el hurgar en las macetas. Como a la tercera vez que lo escuché, me asomé. La ardilla, una y todas, no sé cuál, tocando el plato sin agua, una pausa, tocar el plato y que suene, pues no, no hay, seguir de largo. Bajé ardillosamente (¡ja!), agarré mi regadera, vertí agua en el plato, quedé pendiente en la ventana. Llega la ardilla y bebe como mujer que busca una certeza y la espera y la encuentra. Ahora, si olvido, la ardilla me recuerda que no hay agua. A los cuentos minutos cuenta con ella; ambas todas nos escondemos hasta que es seguro hacernos visibles. Bebe, ofrendo, bebe, ofrendo. Siete meses de confinamiento y cinco meses sin olmo y otra manera de sonreír.

Amo los sonidos y sus historias, saber cada día menos, recordar ponerle agua al platito, y aprender el ejemplo natural de adaptarnos al cambio con más juego y menos drama.


Miranda postrada, y un atisbo

¿Qué fue, pues? Dolor de garganta como de haber gritado, verde y saltadora, en el concierto de un grillo rockstar. Escalofríos; una fiebre nómada que unas horas quería ser cool y otras, sol. Fatiga hecha de ciento de unidades de cansancio a lo largo del día, repartidas entre cada actividad; renovable.

Cambiar de médico. La doctora, en un gesto humano y rebasado, me solicitó que no la importune. No me va a tener lista la carta para mi trabajo, no me va a revisar en video, tome paracetamol. Me mandó el pase para la prueba del COVID.

Da negativa. No sé si sonrío o me canso; el dos y el cero de este año son una medida de peso que duplica hacer y esperar. Las voces versadas en diagnósticos via Whatsapp acotan: es que no has dicho lo que sientes. Es que fue por el calorón y por el aire de los incendios en California. Es que no tomaste vacaciones. ¿Qué fue, pues? El nuevo doctor me pregunta cómo describiría mi condición: le respondo que como si me hubiera pasado encima el último tren de la noche. Ah, señora. Hidrátese. Y paracetamol.

Claro que el médico no podría curarme porque mi enfermedad no pertenecía al pasado o a mis órganos sino al presente y el exterior del que formo parte, célula: un mundo afónico, de termostato roto y agotado de cargarnos. Las ganas de sanar y de saber por dónde empiezo han dejado de ser mías, por motivos que me beneficien. En el desguance atisbo al dos y al cero, por partida doble, recalibrando el norte en las brújulas. ¿Vamos?