Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, y otras plantas de interior.


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El bebedero

Desde que el olmo fue talado la ardilla sabe más de bardas. Sigue saltando de rama en rama pero ahora enfrenta un problema de tránsito en algunos tramos entre casa y casa donde no hay rama inmediata; la ardilla es varias ardillas en fila, las ardillas que son una son impacientes.

Las ramas del olmo abarcaban un diámetro de 12 metros, la circunvalación con salidas bien señalizadas rumbo mi techo, al de los vecinos, a un eucalipto-minarete de cuervos, a otros olmos más jóvenes. Además de vastas, tenían nudos y curvas. La ardilla corríavolaba por esa pista. También cortejaba y se apareaba, cómo no, porque había parajes más verdes que otros, y después del frenesí persecutorio hembras y machos cedían, ambos, durante unos segundos y el musgo lucía más brillante, tal vez; había ramas anchas y amables para ardillas panzonas que pronto amamantarían fuera de la vista de los halcones.

Sabe más de bardas. Y que el sol quema cuando no hay olmo que lo atenúe.

Desde que el olmo fue talado dejé de ofrecer alpiste a los pájaros. El alpiste venía preparado con semillas de girasol y se armó la trifulca entre tórtolas, gorriones y la ardilla multiplicada. No hubo jaloneos de pluma o pelo, sólo una tensión de alerta por quién agandallaba más comida en menos tiempo. Una rata se unió al banquete. Mi ocurrencia del platito de agua no tuvo intenciones de ser sabia sino amiga de la cautela.

Al principio era ocasional, cuando me acordaba. El confinamiento me ha tenido atareada buscando certezas. Ay, está vacío el plato, a ver. Y salía con con mi regadera de cuello alargado a enjuagar la tierra seca y a llenar el plato, ni mucho ni mísero, hasta dejarlo fresquito. Aparecían, poco a poco, las aves. Son tempraneras. Un cuervo bajó a remojar un pan que encontró tirado en la calle, sorbió una tórtola feminista, los gorriones se dieron un baño, hasta visitó un pájaro azul con su trino de ando por aquí. Las ardillas aparecieron más tarde con su ¿eh?¿Agua? Ah, muy buena, vámonos.

Durante los incendios forestales no me falló tener el plato limpio y listo como parte de mantener el jardín húmedo en un calor de 38 grados que niega el otoño. «Jardín» es un decir. Desde que el olmo no está, las plantas, tan acostumbradas a su sombra, se achicharraron. El casero dice que después sembraremos algo, la tala del árbol no le salió barata; para evitar la erosión cubrí la tierra con agujas de pino hasta donde alcanzó mi cadera, reiterando, mientras cargaba cada caja, que para eso sí quiero una pareja, para darle forma. Quedó pasadero y nunca me acostumbraré del todo al vacío de olmo y de plantas, a no tener hojas qué barrer para aclarar a la mente de sus duelos cotidianos. Luego volví a mi hábito errático, plato vacío, plato lleno, certeza, ¿dónde estás?

Apareció un sonido que antes no estaba. Un puntito entre los trinos, los graznidos, el avanzar frenético en el perímetro de la barda, el hurgar en las macetas. Como a la tercera vez que lo escuché, me asomé. La ardilla, una y todas, no sé cuál, tocando el plato sin agua, una pausa, tocar el plato y que suene, pues no, no hay, seguir de largo. Bajé ardillosamente (¡ja!), agarré mi regadera, vertí agua en el plato, quedé pendiente en la ventana. Llega la ardilla y bebe como mujer que busca una certeza y la espera y la encuentra. Ahora, si olvido, la ardilla me recuerda que no hay agua. A los cuentos minutos cuenta con ella; ambas todas nos escondemos hasta que es seguro hacernos visibles. Bebe, ofrendo, bebe, ofrendo. Siete meses de confinamiento y cinco meses sin olmo y otra manera de sonreír.

Amo los sonidos y sus historias, saber cada día menos, recordar ponerle agua al platito, y aprender el ejemplo natural de adaptarnos al cambio con más juego y menos drama.


Miranda postrada, y un atisbo

¿Qué fue, pues? Dolor de garganta como de haber gritado, verde y saltadora, en el concierto de un grillo rockstar. Escalofríos; una fiebre nómada que unas horas quería ser cool y otras, sol. Fatiga hecha de ciento de unidades de cansancio a lo largo del día, repartidas entre cada actividad; renovable.

Cambiar de médico. La doctora, en un gesto humano y rebasado, me solicitó que no la importune. No me va a tener lista la carta para mi trabajo, no me va a revisar en video, tome paracetamol. Me mandó el pase para la prueba del COVID.

Da negativa. No sé si sonrío o me canso; el dos y el cero de este año son una medida de peso que duplica hacer y esperar. Las voces versadas en diagnósticos via Whatsapp acotan: es que no has dicho lo que sientes. Es que fue por el calorón y por el aire de los incendios en California. Es que no tomaste vacaciones. ¿Qué fue, pues? El nuevo doctor me pregunta cómo describiría mi condición: le respondo que como si me hubiera pasado encima el último tren de la noche. Ah, señora. Hidrátese. Y paracetamol.

Claro que el médico no podría curarme porque mi enfermedad no pertenecía al pasado o a mis órganos sino al presente y el exterior del que formo parte, célula: un mundo afónico, de termostato roto y agotado de cargarnos. Las ganas de sanar y de saber por dónde empiezo han dejado de ser mías, por motivos que me beneficien. En el desguance atisbo al dos y al cero, por partida doble, recalibrando el norte en las brújulas. ¿Vamos?