Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, llaves, y otras plantas de interior.


3 comentarios

De súbito

Para el Ingeniero, por supuesto.

Los lunes lloro.

Añoro tu reloj en la mano derecha, tus zapatos azules, tu barbilla,

el lugar donde tu mente se encuentra con la mía, deleite.

La lista secreta de escenarios del ojalá,

el pase de abordar esperanzas antiguas recién nacidas.

Lágrimas de sueños despertando.

las calles vacías y anónimas.

Nos extraño.

Los martes me ocupa el trabajo.

Soy toda concentración y enfoque,

proyectos por entregar, saturación.

Casi olvido que nos conocimos,

reniego de la poesía, la encuentro inútil,

no suelo llevar tu fotografía a mi beso.

Me siento a gusto,

aunque el piso esté frío y la ventana cierre a medias.

Los miércoles me enfurecen las pistas de frenado,

odio guardar compostura,  las barras de seguridad.

Quiero verte, ahora porque ahora. Impostergable.

Tirar por el precipicio a la cautela,

trastornar todas las rutinas. Urges.

Esto es una tortura.

¿Por qué estás tan sereno?

Tengo sangre en las manos. Tuve que matar al tiempo.

Los jueves tomo un decisión a propósito

y me obligo a dejar de pensarte.

Invoco a mi resiliencia,

por si te vas y nunca regresas;

paso lista de mi luto y de mis rezos,

por debo mandarte al olvido algún día.

Hago acopio de mi fuerza,

sólo hallo mi corazón, ternura, y tu nombre.

Los viernes llevo lencería negra

por si me topo contigo mientras vivo,

tu carisma, mi coqueteo, la cima reiterada,

la risa que lubrica,

porque hélice, porque abrazo.

Soy un mar de placer profundo que contempla el cielo.

Igual que tú.

Y ambos lo sabemos.

Los sábados/domingos estamos/somos

el amor nos conduce, libres,

y es tan fácil como un milagro;

dejamos que hable nuestra presencia

de las horas contadas esperando a vernos,

el graciasgracias de habernos encontrado,

de ir avanzando hacia la segunda mitad de la vida,

atareados pero compatibles,

diluyendo el pacto con la soledad.

Luego es lunes, de nuevo.

Y aunque cambia el orden de los días,

quedan los giros y la emoción:

algo siempre comienza, algo siempre termina,

nos vamos sucediendo de súbito.

Dijiste que te gustaban las montañas rusas.

A mí también me gustan.


1 comentario

Nueva Patria

            Maljan Chavoor no sabe quién soy. Leí su historia en libro.  

            Maljan entró a los Estados Unidos a través de Ellis Island, principios del siglo XX. Como millones de personas antes y después de él, viajó en barco, durmió en barracas, compartió el retrete con ciertos de familias.  Divisó la Estatua de la Libertad en el horizonte de agua de ciudad.  Escuchó a su madre o a la de alguien sollozar de nervios.  Puede ser que cargara un edredón o un baúl con ropa antes de pasar por revisiones que comprobaban que no era sordo, tenía tracoma, escoliosis o sarna.  Resolvió problemas de aritmética, contó al revés, armó un rompecabezas, leyó —o hizo como que leía— un párrafo, agrupó expresiones faciales en conjuntos; y alguien determinó que nadie en su familia estaba demente.

            Su padre respondió cuando el inspector registraba su nombre, su lugar de nacimiento y mostraba los 25 dólares en efectivo que se requerían para ingresar a Norteamérica.  La familia tuvo la suerte de mantener su nombre de origen en vez de cambiarla a un fonema que fuera más deletreable en su vida por estrenar.  Cuando les dieron su pase de salida, bajaron la última escalera de esa llamada Isla de las Lágrimas, donde se decidía su destino, tomaron el pasillo de la derecha, hacia la estación del ferrocarril rumbo a Nueva York.  La izquierda era para los deportados.

            El testimonio de Maljan no da detalles sobre su paso por Ellis Island. Consta de un sólo párrafo y en él describe un acontecimiento simultáneo al proceso de migrar, pero aún más importante y de mayor impacto en su vida: haber probado la gelatina.  La única ocasión en la que sintió un júbilo similar fue cuando se enamoró por primera vez.  Desde entonces, y según sus propias palabras, comió gelatina todos los días de su vida durante 70 años. Encontró la felicidad y su verdadera nueva patria.

              Conozco a muchos inmigrantes. Él siempre está en mi pensamiento. No pudimos conocernos y, sin embargo, lo amo.