Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, llaves, y otras plantas de interior.


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De pasillo

—¿Cómo estás?

— Fue un acierto inscribirme en el grupo de principiantes. Éramos unos doce adultos metiendo la panza, en mallas y zapatillas, cumpliendo algún tipo de promesa personal. El maestro, otrora sílfide, amo decir otrora, bebía café como sorbiendo verdades. Y empezamos.

La clase fue justo igual que la de nivel intermedio: los mismos ejercicios, el mambo de mi mover el bote, las secuencias recitadas, pero más lento y desglosado y la vibra era de una torpeza entusiasta que cae muy bien los domingos por la mañana, y en la vida. Salí feliz, Pavlova recomenzadora, El lunes me dolía hasta el pelo.

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Me tomé unos días y agarramos camino a Portland, Oregon, con dos propósitos:

a) ir a una librería que se auto-promociona como una ciudad de libros. Cinco pisos, libros nuevos y usados, todos los temas. Hasta encontré una antología de Cuentos Mexicanos, la de Alfaguara, y me ganó la vehemencia en voz alta al abrir la página en «Diles que no me maten». Cargué a la bolsa hasta donde pudieron mi brazo y la tarjeta de débito. Y lo que no alcancé a comprar, —como si alguna vez alcanzaran las horas, las quincenas, los libreros, los títulos que conducen a otros títulos— se quedó pendiente para otro viaje, o para la serendipia.

b) Hace 63 años mis abuelos llegaron a esta ciudad después de haber recorrido 2146 km en coche. Él venía a hacer una residencia médica. Ella tenía 40 días de haber parido a su segundo hijo, y una niña de un año 5 meses (mi mamá). Cuando yo pasé la nube espantosa de la depresión post-parto y de una angustia que me duró muchos años, mi abuela me contó de su tiempo en este lugar: sola, huérfana, recién parida, inmigrante, sin ayuda, en un lugar donde llovía todo el día. Quise ir a esa ciudad a tomar la foto afuera del hospital, dos generaciones después, para mandársela a mi abuela y a decirle que su fortaleza no pasó desapercibida y su sufrimiento tampoco. Muchas de la victorias de las familias ocurren dentro de las casas, sin diplomas. Igual ocurre con las heridas, sin bálsamo en el botiquín. Hayan sido tristezas grandes o logros cotidianos: los veo. Y los nombro.

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Este otoño estaré inmersa en actividades de mi trabajo relacionadas con  los glosarios de género y su impacto en el bienestar socio-emocional de los estudiantes, las medidas para detectar posibles víctimas de trata (lloro), la supervisión de la versión en español de los materiales de campaña para prevenir adicciones. A veces comunicar tiene que ver menos con el mensaje y más con dar elementos para dialogar y cuidar. Voy a andar atareadísima.

Y tú, ¿cómo estás?


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¿Tienes cambio?

Antaño:

Te fastidias en clase de Etimologías Grecolatinas* preguntándote cuándo ocuparás toda esa información de facto

Validas la leyenda del muchacho y la muchacha que se ven de lejos en una fiesta, anuncian para sí que esa es la persona con la que se casarán, salen seis veces con chaperón, durante un año se escriben cartas que llegan con tres días de retraso, se casan, compran una casa antes de los 30, tienen seis hijos, viven de un solo sueldo, cumplen medio siglo juntos. Porque es la historia de tus abuelitos y de casi todos los adultos respetables que conforman tu mundo. 

Ves a una familia con hijos e hijas y decretas tu futuro estilo de crianza basado en una crítica a la posmodernidad, estudios de género, últimas tendencias de la narrativa postcolonial, y versos de Whitman y Pizarnik. 

Eliges un trabajo donde haya oportunidades para subir y dedicas un porcentaje importante de tu vida laboral atajando a los que quieren hacerte tropezar profesionalmente. 

Aprecias a tus amigos y amigas porque leen/escuchan cierto contenido que va con tus gustos, te acompañan en andanzas de diverso calibre logístico y moral, van a la par en la misma etapa que tú, te dan el consejo exacto sin que se los pidas. 

(Cenas cualquier cosa) y duermes diez horas seguidas. 

Nunca has visto un puñado de canas en ninguna parte de tu cuerpo.

Hoy día:

Hurgas con apremio entre prefijos y sufijos en la memoria de la clase de Etimologías Grecolatinas para hacer sonreír al griego que conociste a través de una app de que garantiza relaciones compatibles.  Es la segunda cita, después de demostrar buen uso del emoji y velocidad cortés en el texteo. 

No sabes quién siente más piedad: si los antepasados al verte soltera(o) de espíritu a los 40, en una casa rentada, tuiteando que el «para siempre» no existe o tú, desde la visión de los vencidos, diseccionando las leyendas emocionales que te contaron sabiendo que perpetúan la falta de equidad, los roles de género, la noción de propiedad y simplifican procesos que son irreductibles.

Ves a una familia con hijos e hijas y a familias sin descendencia. Decretas que  tu estilo de crianza es comer lo que hay, celebrar a quién está, dejar ir al que no, hacer álbumes de fotos con sección de memes.  

Eliges un trabajo donde la escalera tenga buen barandal o elevador que funcione.  Asciende tu asombro ante la cantidad de juntas prescindibles. Das gracias por tener chamba y ruegas porque no haya dinámicas de integración este semestre. 

Aprecias a tus amigos y amigas porque escuchan, cumplen su palabra, siguen su camino y sus creencias y no dan consejos sin que se los pidas. No conoces ningún adulto honesto que se auto-proclame «respetable». 

Cenas cualquier cosa que no contenga leche entera, salsa de tomate, salsa. Duermes cuatro horas intermitentes (y después dos o tres). 

Cada vez hay menos zonas de tu cuerpo sin canas. 

Todo esto pensé cuando alguien me preguntó si tenía cambio. Y caí en la cuenta de que sólo traía tarjeta de débito.

*uy, eso amerita otro post de aventuras en la prepa. Prontoundía.


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Al rescate

Es que estabas en el “C“, por eso los detalles varían en tu memoria. En el “B”, me consta, se originó la idea del acordeón impreso en papel revolución y que pegamos en el forro interior de las tablas trigonométricas. Impresora de punto, tamaño 6, en Word. Y como éramos bien hechecitas, a fuerza de amenazas de ceros, tan bien disimuladas. Un acordeón masivo, todas participamos. Una mayoría apabullante salvo, claro, las angelicales y las que lloraban con un 9.5; hay que reconocerles su aportación de no delatar.

El día del examen final nos revolvieron, como siempre. Mochilas al frente, un lápiz y goma, vista al pizarrón, manos en el pupitre y la invocación al Espíritu Santo, fuente de luz. Ilumínanos, dijiste. Y dije yo también. Habrían transcurrido unos quince o veinte minutos de labor en silencio y  de tacones de maestras entre las filas de las bancas. Seguro alguien del “A” y del tuyo se benefició con la iniciativa porque, cuando se activó, yo no sé cómo, un retén del qué vergüenza y nos ordenaron que dejáramos las tablas abiertas evidenciando el delito, hubo implicadas en los tres grupos. A las angelicales les brillaba el aura de santidad, el resto nos consolamos razonando que éramos demasiadas: no mandarían a segunda vuelta de geometría a 150 alumnas. Era mucho trabajo, todavía se llenaban las boletas de calificaciones a mano. Resultó que la administración se inspiró y adquirió una impresora. Y nos mandaron a segunda vuelta por decenas.

Eso fue en mayo. En la dirección nos traían en la mira desde el noviembre anterior. Y aunque el peso de los años, la mala postura y el exceso de busto produjo una joroba de búfalo en la directora, estiraba las cervicales para vigilarnos e infundirnos el miedo característico en las escuelas confesionales. Meses antes habíamos protagonizado una revuelta por un maestro. Sabes bien de quién hablo. ¿Cómo íbamos a dejarlo ir sin pelear?

«Los únicos dos requisitos de mi clase son: no tener hambre y recordar que, de entrada,  tienen 10 de calificación».  Antes de que pudiéramos asimilar su presentación inicial habló del cuerpo; no del humano, objetivado y estudiable, de los libros de Anatomía: del nuestro, el que podía decidir, y lo hizo con tal elocuencia que tuvo nuestra atención total desde el principio. Tuvo la gracia de ayudarnos a nombrar al «Aquellito» y que más que el sustantivo genérico de novio, era la vida buscaba una expresión a través de nuestras células y órganos y sistemas. Nadie nos habló del faje, sin hacerlo explícito, como él. Jamás tuvimos mejor capítulo de educación sexual que el suyo.  Adorábamos a ese médico de bigote de morsa que hablaba con la verdad.

No le creímos cuando nos dijo que había renunciado. Fuimos tras él en la tarima, por los pasillos y hasta el patio. Se nos fueron uniendo las compañeras conforme se expandía y se comprobaba el rumor. Quizás estabas del otro lado de las canchas o justo en el borlote cuando se nos salió un «Oh, Capitán. Mi Capitán» que imitamos sin conmover a nadie, comenzando por él. Ni volteó, siguió su camino hasta la recepción, creo que sonó la campana. Yo estaba en shock, como tantas de nosotras. Peor susto nos pegamos cuando llegó la sustituta. Pobre doctora, le hicimos la vida miserable. ¿Quién le manda decirnos que si no queríamos estar nos saliéramos? Fuimos unas veinte. Yo, de las primeras. Nos condujimos a la dirección y, envalentonadas, anunciamos que estábamos ejerciendo nuestro derecho a decidir. Tatanka ordenó el temido 7 en conducta y fuimos a dar de regreso al salón, amonestadas y deslucidas.

Como ves, nuestra generación fue pionera varias veces. Una de las más relevantes fue cuando el obispo fue de visita porque éramos la sede desde dónde daría su mensaje a la juventud. Debíamos considerarnos afortunadas y no sólo eso: comportarnos de acuerdo con la ocasión y mostrar alegría juvenil. Se formó una valla de alumnas y gladiolas, porras que tenían tono y métrica del sóngoro cosongo, Quevedo y San Angustín. (Las estás oyendo en tu mente, lo sé). El hombre pasó vestido de blanco, saludando con inclinaciones de cabeza y satisfecho del retrato de inocencia y vitalidad que representábamos. Según investigué, la porra al calor del entusiasmo mutó en un «Obiiispo» entonado exactamente como el «culeeero» en los estadios de futbol y luego en gritos agudos como si, en vez de autoridad eclesiástica, estuviera desfilando una estrella de rock. Una protagonista verificó el dato de que se armó el slam y empezaron los gladiolazos. «Ustedes pidieron alegría juvenil», argumentaron en defensa de la regañiza de regreso al salón. En penitencia, las pusieron a recoger todos los pétalos tirados y eso porque no había precedente para semejante desfiguro.

¿Cuál Alzheimer? Seguro no te acuerdas porque tu mente estaba en otros intereses y porque, conforme pasan los años, los recuerdos resultan menos nítidos. No hay que dejar que las memorias se agrieten, hemos de conservarlas frescas porque contienen pistas de cómo nos fuimos construyendo. Así que si se te olvidan detalles de la prepa, por los motivos que sean, tus amigas y yo te ayudaremos a reconstruirlos para que te sepan inolvidables.

Tal como fueron.

Para Carolina. Este regalo es de parte de Flor y mío.