Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, llaves, y otras plantas de interior.


2 comentarios

American Citizen

Fila 3, sección 1. Habíamos llegado con notoria anticipación y logramos asientos hasta adelante tanto en el balcón (para familiares y amigos) como abajo (para los que haríamos el juramento). Era un teatro, pero por un instante, las butacas vacías se parecieron a las lápidas de mi cementerio personal donde he ido enterrando los anhelos que no se cumplieron.

Ni cómo negar que la vida ocurrió como no la esperaba. No hay manera de suavizar esa pérdida; esas traiciones del destino, enhebradas. La ceremonia empezaría en unos minutos. En la pantalla fueron apareciendo fotografías antiguas de familias de inmigrantes llegando a los Estados Unidos. Pude reconocer la mirada de las mujeres. Yo fui ellas hace un siglo interior. Y al igual que ellas —y como en tantos de los casos que atiendo en mi trabajo— un día la misma persona que nos prometió una vida mejor, es decir, el hombre por quien dejamos atrás nuestras raíces y nuestra red de apoyo se deslumbró con el American Dream, nos llamó insuficientes, nos dio la espalda y nos dejó solas a cargo de nuestros hijos e hijas en un país nuevo. Una plañidera terca me tocó el hombro y señaló: éste es un premio de consolación. Tus sueños han muerto. ¡Ay!

He estado en muchas ceremonias y en todos los funerales de lo que no fue. He aprendido a vivir con el dolor y con el rechazo, a nombrar mis duelos, a asistir sola a todos los eventos que me importan.  He cantado himnos y salmos. He firmado papeles oficiales y jurado con la mano derecha levantada so help me God, pero tiene años que no sé qué hacer con los momentos de gozo. Esos son los más difíciles, terribles.  Las pérdidas se superan individualmente, fortalecen, quedan atrás, impulsan. Los momentos de felicidad piden un tratamiento diferente: flotan en el alma y preguntan quién está, con quién podemos compartirlos.

¡Voltea!  —, me texteó desde el balcón. Bajé el teléfono, volteé y agité mi mano para saludar. Su cabeza era un punto trigueño entre el techo de Art Deco.  ¿Quién está? Mi amiga que no me dejó ir sola a la ceremonia de ciudadanía; la grabó porque hay que pensar en los nietos.  ¿Quién más está? Las mujeres que un día, después de haber superado la ingenuidad de su sueño americano, van a llegar a un proceso de pertenencia por sus propios méritos y se tomarán el pulso todos los días, recalibrando a dónde quieren ir y con quién y para qué; sus hijos, mis hijas. Les aparté un lugar en la doble nacionalidad como quizás alguien me lo apartó hace diez años.

Me tomé una selfie, la hice tuit;  la envié a mis papás, a mi abuela, y al hombre con quien he salido tres veces y quisiera salir trescientas veces más. Despedí a la plañidera con un chasquido, pobre. Qué atareada la traje, qué lata me ha dado.  (Quiso quedarse tantito más porque eran muchas las lágrimas de alegría). Al terminar la ceremonia tiré la llave del cementerio en una rendija entre la alfombra y el proscenio. Mi amiga y yo nos tomamos el día y agotamos todos los temas pendientes.

Dicen que los huesos de los anhelos fracturados hacen buen fertilizante de metas por cumplir, soy prueba viviente de esa fórmula. Volví a casa. La vida visible continuó exactamente igual. En lo invisible, la fiesta sigue y sigue.