Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, y otras plantas de interior.


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La audiencia

Hace poco fui al mar. Me queda a unos 15 minutos. Agarré mi coche, tomé la 92 hacia el Oeste, atravesé las granjas de árboles de navidad, los invernaderos de plantas carísimas —mi punto de referencia es Home Depot—, el negocio del herrero prolífico que descubrió su vocación al soldar dinosaurios de 3 metros, el trailer park con sus casas rodantes cansadas, el camino de asfalto y arena, la caseta, el cajón de estacionamiento. Un letrero resolvió mi duda acerca del protocolo de prevención de COVID: sí, no importa que esté usted frente al mar y el asombro le llene la boca y los ojos porque lleva 9 meses en confinamiento: use tapabocas, mantenga el distanciamiento social.

Había unas diez personas más, repartidas como almuerzo de gaviota, y un surfista. En California no falta la visión repentina del traje de neopreno envolviendo a un humano anfibio, mira ése. Me paré en la playa como si estuviera en la antesala de algún funcionario muy importante. No era sólo el mar, genérico; era el Océano Pacífico, como un licenciado titular en el Departamento de Orillas, Profundidades y Vastedad. Fui a contarle que tengo un predicamento con mi acervo de anécdotas.

Las anécdotas son un tesoro porque combinan el habla y el tiempo. He recopilado bastantitas en la sobremesa, en trayectos de autobús, en salas de esperas en aeropuertos y hospitales, colocando margaritas en los jarrones de una tumba en el Panteón Civil, frente a álbumes con fotografías en páginas adhesivas y cubiertas de celofán. Guardo la historia y sus acentos, las palabras subrayadas, el sesgo original, las alusiones al cómo y en dónde pasó, la música que sonaba, el «en aquella época»; la divido en versión Express, versión No Hay Prisa, versión Periodo Refractario, versión Ensayada en Inglés para prevenir el lost in translation, versión Op.Cit. por si hay que usarla de referencia cruzada con otra anécdota y, entre todas, la más lucidora de todas las versiones es Para Contarle a Mis Hijas, que incluye mapas, páginas de genealogía, habilidades escénicas, sesión de preguntas y respuestas inapropiadas, encore, y que tantas veces desplazó a las ganas de ver la tele a la hora de la cena o en los desayunos de los domingos.

—He topado con pared, mar. Ya no tengo más anécdotas.

No es por presumir pero mi acervo era enorme y yo solía tener una anécdota para cualquier ocasión, un directorio de historias de curas de espanto, de rabia y engaño, de amores y embargos, de extraños altruistas, de piojos y tónicos, de partos legendarios, de casas y adornos, de velorios y calles. Un acervo que jamás me ha interesado escribir porque las historias no son mías y que cuento como si lo fueran, porque se posaron en mi atención y si no las cuento —y mi voz sólo es préstamo— le fallo a mis antepasados en la caverna frente al fuego. El confinamiento devoró toditas las historias y he vuelto a empezar y eso ya nos lo contaste, mamá. ¿Las repito, mar, como espuma en la playa? ¿Este es horizonte y no muro?

Sí, dijo el mar. No, dijo el mar. Gracias, dije yo. Y salí de aquella oficina al aire libre con más predicamentos a cuestas y el doble de anécdotas que contar, aunque no las haya escuchado todavía.