Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, y otras plantas de interior.


Miranda postrada, y un atisbo

¿Qué fue, pues? Dolor de garganta como de haber gritado, verde y saltadora, en el concierto de un grillo rockstar. Escalofríos; una fiebre nómada que unas horas quería ser cool y otras, sol. Fatiga hecha de ciento de unidades de cansancio a lo largo del día, repartidas entre cada actividad; renovable.

Cambiar de médico. La doctora, en un gesto humano y rebasado, me solicitó que no la importune. No me va a tener lista la carta para mi trabajo, no me va a revisar en video, tome paracetamol. Me mandó el pase para la prueba del COVID.

Da negativa. No sé si sonrío o me canso; el dos y el cero de este año son una medida de peso que duplica hacer y esperar. Las voces versadas en diagnósticos via Whatsapp acotan: es que no has dicho lo que sientes. Es que fue por el calorón y por el aire de los incendios en California. Es que no tomaste vacaciones. ¿Qué fue, pues? El nuevo doctor me pregunta cómo describiría mi condición: le respondo que como si me hubiera pasado encima el último tren de la noche. Ah, señora. Hidrátese. Y paracetamol.

Claro que el médico no podría curarme porque mi enfermedad no pertenecía al pasado o a mis órganos sino al presente y el exterior del que formo parte, célula: un mundo afónico, de termostato roto y agotado de cargarnos. Las ganas de sanar y de saber por dónde empiezo han dejado de ser mías, por motivos que me beneficien. En el desguance atisbo al dos y al cero, por partida doble, recalibrando el norte en las brújulas. ¿Vamos?


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Ocasional

Ya sé que, a veces, me aloco.

Tuvo bastante que ver el cambio de cubículo. Ahora estoy en una que tiene una ubicación de privilegio: no por el título nobiliario corporativo sino porque está en la esquina donde convergen tres pasillos y desde aquí mi Antonio Machado interno —con una ligera influencia de Esquemáticos Anónimos— puede clasificar todos los tipos de andar y hacer camino sobre los mundos sutiles de la alfombra industrial. Uno de los pasillos proviene del baño. Todos los modos de andar, insisto. Además, tengo una ventana a mis espaldas con vista a una estación de bomberos. Son muy ordenados esos muchachos: ponen los trapeadores a secar en hilerita, hacen su calistenia al sol, sus mangueras son una obra de la estética refractaria, izan y arrean la bandera como si se les fuera la vida en ello. Adoro venir a mi oficina y sentir ganas de contar lo que veo.

Lástima del mareo. Desde que me cambié de oficina sentí oleadas de energía queriendo expandirse a través de mí, como un escalofrío. ¿Qué sería? El progreso, quizás, invitándome a seguir avanzando, tú dale Miranda, escribe, conecta, confía, deja que el futuro se acomode; el miedo, quizás: ten cuidado Miranda, no te identifiques con lo que hay, acuérdate que cae el telón y nada ni nadie era como parecía; el control, quizás: porque ¿no te parece que esta es una buena época, Miranda?, ¿cómo puedes saber si es verdad?

Detesto no poder ver a través de las sombras de mi percepción. El escalofrío continuaba y yo no sabía de dónde provenía. Ya estaba temiendo que las ventajas del cubículo soleado y estratégico se estuvieran diluyendo, justo cuando cada personaje de esos tres pasillos comenzaba a formar parte de algún relato en borrador y los bomberos redefinieran el pan de cada día dánoslo hoy y yo empezaba a creer que vendría otro duelo y le rogaba a la vida que no tocara otras instancias que me llenan de gozo, que puedo ser funcional y clara y objetiva, si me esfuerzo e *inserte pánico potencial*.  Apenas voy saliendo adelante, vida. No chingues, no me lo quites.

Guardé calma-cama.

Cuando volví a la oficina, unos días después, me encontré una nota del Jefe de Mantenimiento. No era la vida jaloneándome la lucidez sino un mini-refrigerador que estaba junto a mi escritorio, interfiriendo con mi temperatura y mis otolitos. Tanto qué ver y ni me había fijado que estaba ahí. Se lo llevaron, porque estaba descompuesto.

No sé de verdades universales, pero sí de aquello que es verdadero en mí: la vida a través de mis ojos y mis oídos, eso que siento con intensidad desproporcionada. Ya sé. Me aloco.

Sólo a veces.