Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, llaves, y otras plantas de interior.


Escritoras.mx entrevista a Locadelamaceta

Reporte, hasta el momento, desde la Ciudad de México: jamás había reído, llorado y abrazado tanto en un viaje.

Y, para sumar motivos de gratitud, recibí el apoyo de escritoras.mx. Aquí va la entrevista que me hicieron. ¡Gracias a Cristina Liceaga y a su equipo por el apoyo a las mexicanas que escribimos!


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De tumbas, influencias y poder un día

El seguro del portón estaba suelto. Nunca había estado ahí. Físicamente, me refiero. En la imaginación había ido a ese momento y soñado con él y, a sabiendas de que implicaría un viaje largo e intrincado, dejé el anhelo para un día, cuando se pudiera. Varios grados bajo cero, mi vaho, las botas de nieve —moradas, a mitad de precio—, el letrero junto al portón: Cementerio de Sleepy Hollow.

Iba a visitar la tumba de un hombre que he amado como sólo se puede amar a los autores que acompañan en los momentos de pensar y en las horas de alquimia de la adolescencia. En la avidez de encontrar modelos de rebeldía, me lo topé de frente: Henry David Thoreau. Él caminaba hacia sí mismo con la certeza de que había más por vivir que las experiencias dictadas por las buenas costumbres, la tradición, el capitalismo, la religión y la erudición, confiando en que la plenitud era responsabilidad personal y siempre producto de cuestionar para qué obedecemos, a quién, desde dónde. Es literal: agarraba camino y echaba a andar, pensando. Habitaba más cerca de la Naturaleza que de las convenciones y, en su andar, me daba permiso de buscar mi camino justo en la época en que se me hizo saber exactamente qué se esperaba de mí: ser conservadora, linda, buena, feliz, motivo de orgullo.

Conforme fui queriendo saber más acerca de su historia me enteré que tenía una amiga en su círculo de escritores. Ella: Louisa May Alcott, enferma, endeudada y con un carácter fortísimo, le dio voz a las vivencias cotidianas, domésticas y, en ese asomarse al interior, le regalaría al mundo a Jo March, el personaje de una jovencita atrevida, franca, apasionada, mandona, creativa, leal a sus ideales: una heroína que, hace 150 años, igual podía disfrutar la ópera que competir con su vecino corriendo desbocada, y ganarse la vida como escritora. Cada vez que una generación de mujeres ha leído «Mujercitas»*, se refrenda la invitación a ir más allá de los estereotipos de la feminidad: si Jo pudo, nosotras también.

Para mí, saber que Thoreau y Louisa May (otro amor mío), tenían una amistad profunda e iban a caminar por las tardes y compartían sus escritos, fue un giro que me causó una algarabía tremenda. De pronto la influencia mutua se hizo notoria, pareciera que sus libros están dialogando entre sí igual que ellos dos por los senderos de Concord, Massachusetts. Cuando leí que sus tumbas estaban juntas en la misma colina me aloqué. No hay otro verbo.

La nieve estaba sin estrenar y las tumbas a unos doscientos metros del portón. Algunos trozos de hielo blanco caían con un salto seco desde las ramas por sol de la mañana. Cada paso era una declaración; escribo este y otros textos gratuitos en un escritorio con vista a un olmo. Ya no sé ni quiero saber vivir en ciudad. Lo austero me excita. No acepto imperativos y, vista por fuera, mi vida es un desmadre. Quiero amar y vivir con intención, que no me queden decisiones fuera del cernidor, que mi ser femenino y masculino estén en equilibrio, que me siga llamando la luz encendida de lo que ocurre dentro de las casas.

El día que fue me fue posible atravesar Estados Unidos e ir hasta el pueblito para visitar las tumbas de dos amigos junté mis manos cerca del corazón y, en compañía de mi familia reinventada, lejos de lo que alguna vez se esperó de mí y rumbo a donde el alma me lleve como mujer y como creadora, lloré el himno de mi juventud:

Me fui al bosque para enfrentar solo los hechos esenciales de la vida y ver si podía aprender lo que ella tenía que enseñar. Quise vivir profundamente y desechar todo aquello que no fuera vida…para no darme cuenta, en el momento de morir, que no había vivido. 

Todavía no me repongo.

(¡Foto!)

 

*Leer esta novela es una vivencia personalísima. Quienes ya la han leído —y releído— no requieren más descripción. Si tú, lector(a), no la conoces, quizás quieras leer el principio y llegar al capítulo 3. Un dato importante: fue publicado en 1868. ¿Qué piensas?

 

 


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Gracias, Francisco

Le tomé una fotografía en el podium, resguardada junto a los controles de las luces en el escenario. Aquel hombre bajito de los Altos de Jalisco —una ironía que él mismo enfatizaría al terminar la plática mientras firmaba libros en lo que me unía al personal de la escuela para recoger las sillas— no se presentó con sus títulos nobiliarios de academia, es decir, no dijo que es profesor emérito en varias universidades ni su maestría y doctorado en Literatura Latinoamericana, mucho menos mencionó que sus libros autobiográficos están dentro de los 50 títulos más importantes de la literatura juvenil estadounidense o que fue ganador del premio John Steimbeck, ese que otorgan a creadores cuyas obras promueven la empatía y el valor de superar situaciones de adversidad profunda.

Por el contrario, se presentó como un niño campesino que llegó sin papeles a Estados Unidos con su familia. Panchito, el Pecoso, Preguntón, el que recogía fresas desde los 6 años y le pagaban tres centavos por libra, el que siempre se estaba mudando de campamento porque y añorando permanencia, algo que fuera cierto y seguro, no las variaciones en los campos, de años buenos y años pésimos, de pasar meses de hambre y helada, del trauma de no saber ni una palabra de inglés y ser el que llegaba hasta noviembre a la escuela (¡qué va a saber el calendario escolar de los tiempos de las cosechas!) El que siempre vio a su padre doblado por el dolor de espalda por el peso de los costales, el que tuvo un hermanito bebé al que vistieron con ropa que hallaron en un basurero porque la familia no tenía para más. El que llevaba una libreta para apuntar palabras nuevas, todas las posibles, con esas ganas insaciables de saber, y que se le quemó en un incendio. El que tuvo una mamá que no sabía leer ni escribir pero que sabía de la vida, de la paciencia, de los tesoros que nadie puede arrebatar o perder.

Dedicó un buen rato a hablar de Don Pancho: aquel hombre que contaba historias de espantos; siempre se arrepintió de no haberlas podido grabar, ni cómo. ¡Esas sí habrían dado para un best-seller! Lástima que a Don Pancho se lo cargara la migra, nunca lo volvió a ver. Panchito añoraba algo que durara y encontró el conocimiento, tanto el que proviene de estudiar como el de escuchar un relato: a donde uno vaya le acompaña lo que sabe y lo que recuerda. Ese es el poder de la educación, de honrar las raíces, de apreciar el sacrificio que otros han hecho para que podamos tener mejores oportunidades de vida. Le tomé la foto mientras se dirigía a su audiencia: una centenas de familias provenientes de México y Guatemala, en su mayoría. Ojalá mi fotografía hubiera podido captar el silencio respetuosísimo y tierno del público que estaba escuchando.

Pedí ser la maestra de ceremonias de ese evento porque Francisco Jiménez no sabe que que su «Cajas de Cartón» fue uno de los primeros libros que leí cuando llegué a California. Había llevado a mis hijas a una biblioteca púbica y empecé a hojearlo y conecté con él. En esa época yo estaba triste pero era un pesar raro: de preguntarme cuál era mi lugar. Frente al libro de Francisco, sin saberlo yo, se gestó «Usted & la Canción Mixteca», mi interés por el duelo migratorio y el rumbo de mi vida profesional y personal. Ai’ nomás.

Cuando acabó el evento, guardamos las sillas, nos tomamos la foto y me firmó una copia de su libro, quise decirle quién era y qué significaba para mí. Sólo atiné a agradecerle con la torpeza de la introversión que a veces me acompaña. No fui la única (aunque otras personas lo hicieron con más gracia y efusividad y motivos): gracias, Francisco. Gracias por trabajar duro, por celebrar tus dos idiomas y tus dos culturas, por modelarnos la dignidad de quien salió adelante, por contar tus historias en tiempos de hambre de inspiración y helada de asideros.

Pareciera que este tipo de encuentros tienen una mera relevancia local. No dejo de pensar que, mientras más voy conociendo personas y más observo cómo hay preguntas que van trazando el rumbo, me convenzo de que todos y todas somos migrantes.