Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, y otras plantas de interior.


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Esta historia Me La Contó un Ex-Novio

Sale corriendo. Levanta el polvo. Los zapatos limpios, que pareces de la calle. Sale corriendo y corre hasta la puerta con mosquitero. Entra. 

—¡Eres Tú! ¿Ya desayunaste?

Lo recibe el abrazo de una señora con delantal amarrado a la cintura. El aire es del huevo frito con manteca, la tortilla palmeada, el atolito de avena,  las mandarinas en el frutero, el reloj suspendido de un clavo, la radio de transistores.

Toma asiento. El mantel se descuadra pero nadie bufa. Toma asiento en la mesa de la cocina y es su lugar, junto al señor sonríe al verlo.

¿Y la novia?

Se encoge de hombros para decir que no. Las jovencitas sólo traen problemas.

La señora les acerca dos platos llenos de comida, y los frijoles y la salsa. Estaba muy bueno, le dicen con el plato vacío, casi limpio.  Nadie quiere tu bien como tu familia. Mientras suena el agua de la tarja, la fibra de henequén de enjabonar los trastes y de exprimir la espuma, enjabonar, enjuagar, el señor toma el periódico del día; una sección para él, otra para el niño. Pasan tres o cuatro páginas, intercambian la sección. Termina el periódico. Tiene que irse (y se irá del pueblo, en unos años) 

—¡Adiós!

Corre porque se hace tarde. ¿Dónde andabas? Vago. Bueno para nada. El polvo pesa como el segundo desayuno.

En esa cocina, durante media hora a la semana, Eres Tú olvida que es un mal hijo, y la señora y el señor que son infértiles. Las cortinas están atadas por un listón que cambia con las temporadas. Cuando el niño se despide, las flores de la ventana son un poco más amarillas.  Olvidan, y la radio y las consignas siguen sonando, pero no interesan. 


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Sobremesa, 1.

Hay relatos que son de Sobremesa. Ahí nacieron, fueron presentados en sociedad, encontraron casa e, incluso, pagaron impuestos o se enamoraron. Algunos cuentan con una vida larga y prolífica que da origen a otros relatitos, chismes, enredos y leyendas; otros mueren de olvido o por desgaste. 

Esta es la primera entrega de una serie de relatos que alguien contó al final de una comida, cuando los platos habían sido llevados a la cocina, quedaban migajas y huellas de vasos en el mantel  y las horas por delante eran largas pero no incomodaban. Tomé notas en servilletas, en el teléfono y con el asombro porque me propuse que un día las transcribiría. No me pertenecen, son de todos. Ese día es hoy.

“Porfirio tenía doble labio leporino, paladar hendido, quince años y por toda pertenencia, una bolsa de plástico que cuidaba con celo. Lo conocí en Tamaulipas, en 1975. Yo participaba como voluntaria en un proyecto donde médicos y enfermeras de Estados Unidos y México atendían, sin costo, a niños con malformaciones como esas.  

Porfirio no pronunciaba bien las palabras. Nunca supe de dónde venía o si tenía familia, aunque él me lo explicaba muy claramente, una y otra vez.  Lo que sí recuerdo eran sus ojos vivarachos, con los que expresaba más de lo que podía decir con su boca deforme, rasgada por la mitad. Aunque su rostro no era agradable a la vista y apenas nos entendíamos, nos tomamos cariño.

Él mostraba una ansiedad notoria por entrar a cirugía. Era tal su deseo de operarse que ejecutaba las instrucciones, obedecía las órdenes de los doctores y de buena voluntad cooperaba en las revisiones, quieto.  Al fin, llegó su turno. Yo estuve pendiente de su entrada y salida del quirófano. En esa operación, sólo le repararon el lado derecho del labio. Con eso fue suficiente para que el semblante le cambiara y Porfirio se viera distinto. No supe cuándo o en qué condiciones volvió a su casa. Acabó esa fase del voluntariado, la siguiente sería en seis meses.  Regresamos a la vida cotidiana.

Medio año después, me ofrecí de nuevo como voluntaria. Me topé con Porfirio cuando una secretaria del hospital revisaba su expediente. Lo reconocí: un poco mejor vestido y con su inseparable bolsa de plástico. La operación del labio derecho no se le notaba, de lo bien hecha que estaba. Porfirio discutía con la secretaria en su español absurdo. Ella le explicaba que todas las operaciones estaban programadas y no había cupo para uno más. El  muchacho no se quería ir, insistía en que le repararan el lado izquierdo, que le faltaba. Me acerqué para intervenir y él vio en mí a su salvadora.

—Porfirio— le dije-—ahora no te pueden operar, será hasta la última etapa, los pacientes ya está internados. ¿Por qué llegaste tan tarde? Mejor ven el 10 de enero a registrarte para que te operen en julio del año que entra y tengas preferencia.

Porfirio no se daba por vencido y me indicaba con sus dedos lo fácil que era la cirugía: sólo tendrían que juntar la parte abierta del labio izquierdo, y coserla. Me lo repetía subrayando los gestos y de tanto repetir y con tanta vehemencia, empezó a llorar. No dejó de mostrarme cómo le tenían que cerrar la boca, no en julio, ahora, ya. Me enterneció verlo tan decidido y aferrado a que yo le ayudara, como si fuera su única esperanza.

—Déjame ver qué puede hacerse— le dije. Un joven así, con tantas ganas de curarse, solo y sin familia, merecía una excepción en los trámites. Fui con el director del proyecto y estuvo de acuerdo en añadirlo a la lista.

Porfirio fue intervenido al último en el día de la segunda operación. Cuando salió del quirófano, traía unos parches en la boca para proteger las suturas.  Yo lo cuidaba en su cama y él me preguntaba cuándo le quitarían las gasas. A la mañana siguiente, el doctor le retiró la curación y la tela adhesiva. Yo estaba presente y Porfirio cooperaba sentado en la cama sin quejarse. Una vez que los médicos se fueron, me pidió su bolsa de plástico y sacó de ella un espejo. Lo recorrió lentamente por su cara para ver cómo había quedado. No daba crédito de su transformación. Todavía inflamado y con los rastros de la operación, agitaba la mano derecha en señal de victoria.

Porfirio, el guapo. ¿Se acordará de mí como yo me acuerdo de él?”