Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, llaves, y otras plantas de interior.


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Tríptico

Bajé el teléfono y tomé aire. Los oí en mí en esos dos segundos de la piedra violenta  cayendo hasta el fondo de ellos mismos, creando un trauma que se expandirá y tocará cada una de las palabras, los sueños, los vínculos y las horas de esos niños y niñas en la frontera; en los padres y madres enloqueciendo de súbito, esperanzados.

Aprendí a distinguir las familias que entraron buscando asilo político entre los migrantes que atiendo:  no olvido sus ojos que dejan pasar la luz a través de un cristal estrellado. Iluminan y cortan a la vez, duelen y conduelen. Pienso en esos ojos cuando y en el sufrimiento añadido por las políticas en los Centros de Detención.

Se respira angustia.  Tocar cualquier otro tema resulta irrelevante

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(Este es el post de la semana pasada que se quedó pendiente por un imprevisto laboral):

Estoy saliendo con alguien y se me ocurrió explicarle mi relación con los imperativos. Es rápida: los detesto.

La versión detallada me lleva a hacer escala en la esquina de la papelería de mis rumbos, cerrada a finales de agosto por la fiesta de la natividad de Santa María. Un arco de flores adornaba en la entrada de la parroquia hasta el 8 de septiembre y el atrio con las estaciones de la cruz, donde tantas veces hicimos fila en Miércoles de Cenizas y el Día de la Candelaria, olía gorditas de piloncillo y, por un ratito antes de empalagar, uno se sentía cerca del cielo. Afuera habría elotes, una rueda de la fortuna, la pesca, las canicas, los algodones de azúcar rosas y azules, las fritangas. Y tendría que detenerme en el pan de feria envuelto en su bolsa de plástico y su caligrafía con duya «Para mi suegra», «Para mi viejo», «Te amo». Siempre quise uno, comer alrededor de las letras y sopearlo en el chocolate. No se me hizo probarlo.

El inglés se me queda corto al narrar la siguiente parte: uno entraba a una carpa, un puesto cerrado que olía a humedad. Había una mampara pintada a mano por alguna persona con talento incipiente para dibujar una araña de metro medio de diámetro. Sobre la mampara y, gracias a los efectos ópticos de algunos espejos, la cabeza de una jovencita: la mujer convertida en araña. En el mismo tono de los merolicos y de los vendedores que caminaban por el metro llevando a la dama, al caballero, un ejemplar de «Platero y yo» y tres cajas de gis chino, uno u otro por diez pesos, el dependiente que cobraba al entrada le preguntaba la mujer-araña, cómo había llegado a su deplorable condición.

—Por desobedecer a mis padres— contestaba el híbrido. Y añadía que comía moscas por no haber apreciado la comida de su casa.

Y, aunque todos los menores de edad que presenciábamos esa escena, teníamos claro que era ficción —el dibujo en la mampara era casi una caricatura y, decían, alguien había visto a esa misma jovencita comiéndose unos esquites, humana, bípeda, risa y risa—, sí daba nervio porque la obediencia era un valor en aquellos años. Vámonos, acomídete, calla, siéntate, fórmate, deja de llorar, no vayas, haz una numeración del uno al 600, no te enojes, no le digas a nadie, baja la voz, no causes vergüenza; se ejercía, se esperaba, uno obedecía a lo que le decían sus mayores y maestros, el banco, el gobierno, la iglesia, y punto. (Y, si desobedecía, era a escondidas, hábilmente). ¿En qué había desobedecido la mujer-araña?, ¿cuál fue su acción deliberada y visible que tuvo semejante castigo eterno? La feria se ponía año tras año y el nervio diminuía, pero no se iba del todo.

Nunca olvidaré la última vez que vi a la mujer-araña. Tenía canas, arrugas profundas en la cara* y un suero. Estaba agonizando. El mensaje era el mismo: muriendo por desobedecer. Me indigné tanto que desarrollé una aversión total a los mandatos. Los odio. Y mejor, por si las dudas, no prometo obediencia. La carpa olía a humedad y orines. No quiero terminar ahí.

¿Cómo se dice en inglés: no acepto imperativos pero sí invitaciones escritas en pan de feria?

*Ahora sé que, con toda probabilidad, era una suplente que quizás quiso ser actriz y se animó a trabajar en esa atracción. Incluso creo haberla visto antes y era una de viejitas que vendían gorditas de piloncillo.

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Ayer me uní a un grupo de voluntarios. Fuimos a armar un área de juegos infantiles para una escuela, después de seis horas quedó lista. En las instalaciones aledañas había unos niños y niñas de un curso de verano que corrieron, con toda su emoción, hacia los juegos. El área estaba rodeada con una reja en lo que se secaba el cemento de la base de los tubos. Los chiquitos sacudían los barrotes, frenéticos de gozo, pero frenéticos al fin.

Los adultos lloramos porque las imágenes del noticiero nos cayeron encima. Tocar cualquier otro tema resulta irrelevante. 


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Al rescate

Es que estabas en el “C“, por eso los detalles varían en tu memoria. En el “B”, me consta, se originó la idea del acordeón impreso en papel revolución y que pegamos en el forro interior de las tablas trigonométricas. Impresora de punto, tamaño 6, en Word. Y como éramos bien hechecitas, a fuerza de amenazas de ceros, tan bien disimuladas. Un acordeón masivo, todas participamos. Una mayoría apabullante salvo, claro, las angelicales y las que lloraban con un 9.5; hay que reconocerles su aportación de no delatar.

El día del examen final nos revolvieron, como siempre. Mochilas al frente, un lápiz y goma, vista al pizarrón, manos en el pupitre y la invocación al Espíritu Santo, fuente de luz. Ilumínanos, dijiste. Y dije yo también. Habrían transcurrido unos quince o veinte minutos de labor en silencio y  de tacones de maestras entre las filas de las bancas. Seguro alguien del “A” y del tuyo se benefició con la iniciativa porque, cuando se activó, yo no sé cómo, un retén del qué vergüenza y nos ordenaron que dejáramos las tablas abiertas evidenciando el delito, hubo implicadas en los tres grupos. A las angelicales les brillaba el aura de santidad, el resto nos consolamos razonando que éramos demasiadas: no mandarían a segunda vuelta de geometría a 150 alumnas. Era mucho trabajo, todavía se llenaban las boletas de calificaciones a mano. Resultó que la administración se inspiró y adquirió una impresora. Y nos mandaron a segunda vuelta por decenas.

Eso fue en mayo. En la dirección nos traían en la mira desde el noviembre anterior. Y aunque el peso de los años, la mala postura y el exceso de busto produjo una joroba de búfalo en la directora, estiraba las cervicales para vigilarnos e infundirnos el miedo característico en las escuelas confesionales. Meses antes habíamos protagonizado una revuelta por un maestro. Sabes bien de quién hablo. ¿Cómo íbamos a dejarlo ir sin pelear?

«Los únicos dos requisitos de mi clase son: no tener hambre y recordar que, de entrada,  tienen 10 de calificación».  Antes de que pudiéramos asimilar su presentación inicial habló del cuerpo; no del humano, objetivado y estudiable, de los libros de Anatomía: del nuestro, el que podía decidir, y lo hizo con tal elocuencia que tuvo nuestra atención total desde el principio. Tuvo la gracia de ayudarnos a nombrar al «Aquellito» y que más que el sustantivo genérico de novio, era la vida buscaba una expresión a través de nuestras células y órganos y sistemas. Nadie nos habló del faje, sin hacerlo explícito, como él. Jamás tuvimos mejor capítulo de educación sexual que el suyo.  Adorábamos a ese médico de bigote de morsa que hablaba con la verdad.

No le creímos cuando nos dijo que había renunciado. Fuimos tras él en la tarima, por los pasillos y hasta el patio. Se nos fueron uniendo las compañeras conforme se expandía y se comprobaba el rumor. Quizás estabas del otro lado de las canchas o justo en el borlote cuando se nos salió un «Oh, Capitán. Mi Capitán» que imitamos sin conmover a nadie, comenzando por él. Ni volteó, siguió su camino hasta la recepción, creo que sonó la campana. Yo estaba en shock, como tantas de nosotras. Peor susto nos pegamos cuando llegó la sustituta. Pobre doctora, le hicimos la vida miserable. ¿Quién le manda decirnos que si no queríamos estar nos saliéramos? Fuimos unas veinte. Yo, de las primeras. Nos condujimos a la dirección y, envalentonadas, anunciamos que estábamos ejerciendo nuestro derecho a decidir. Tatanka ordenó el temido 7 en conducta y fuimos a dar de regreso al salón, amonestadas y deslucidas.

Como ves, nuestra generación fue pionera varias veces. Una de las más relevantes fue cuando el obispo fue de visita porque éramos la sede desde dónde daría su mensaje a la juventud. Debíamos considerarnos afortunadas y no sólo eso: comportarnos de acuerdo con la ocasión y mostrar alegría juvenil. Se formó una valla de alumnas y gladiolas, porras que tenían tono y métrica del sóngoro cosongo, Quevedo y San Angustín. (Las estás oyendo en tu mente, lo sé). El hombre pasó vestido de blanco, saludando con inclinaciones de cabeza y satisfecho del retrato de inocencia y vitalidad que representábamos. Según investigué, la porra al calor del entusiasmo mutó en un «Obiiispo» entonado exactamente como el «culeeero» en los estadios de futbol y luego en gritos agudos como si, en vez de autoridad eclesiástica, estuviera desfilando una estrella de rock. Una protagonista verificó el dato de que se armó el slam y empezaron los gladiolazos. «Ustedes pidieron alegría juvenil», argumentaron en defensa de la regañiza de regreso al salón. En penitencia, las pusieron a recoger todos los pétalos tirados y eso porque no había precedente para semejante desfiguro.

¿Cuál Alzheimer? Seguro no te acuerdas porque tu mente estaba en otros intereses y porque, conforme pasan los años, los recuerdos resultan menos nítidos. No hay que dejar que las memorias se agrieten, hemos de conservarlas frescas porque contienen pistas de cómo nos fuimos construyendo. Así que si se te olvidan detalles de la prepa, por los motivos que sean, tus amigas y yo te ayudaremos a reconstruirlos para que te sepan inolvidables.

Tal como fueron.

Para Carolina. Este regalo es de parte de Flor y mío.