Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, llaves, y otras plantas de interior.


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Miranda y la clase de ballet

No daré mayor contexto porque me tomaría escribir un libro; baste saber que el hábito de calzarme esas zapatillas me acompañó por años, muchos años. Como veinte. Y esta clase era en domingo a las 10:30 de la mañana y había que tener experiencia a nivel intermedio, por lo menos, y uno siempre anhela volver a los lugares que amó. Yo cumplía con los tres requisitos. ¡Qué mejor!

Había algunas personas haciendo estiramientos en el umbral del salón. Todas no profesionales y mayores de cuarenta años. Ah, bueno; me daba inquietud parecer tullida por contraste, ya muy mayor por no moverme con la misma agilidad que antes. Luego todas esas personas comenzaron a mostrar su flexibilidad formando ángulos de cadera y piernas que me hicieron contar mentalmente cuántos frascos de árnica había en mi botiquín de casa. Yo me entretuve rotando el hueso ilíaco con mucho respeto hacia mis alcances. Y, por supuesto, parecí tullida por contraste.

Empezó la clase. El maestro era un hombre que tuvo algún momento de gloria en la danza y cobijaba la fama dentro de su barriga cultivada a base de cerveza y sándwiches de pan blanco. (¿Que cómo sé eso? Trabajé con policías. Y esa historia da para otro libro).  Me instalé en una barra y zas, fui el lunar en el espejo.

—¿Eres nueva?

—Sí.

Una hora después llegué a las siguientes conclusiones:

  1. La memoria corporal sorprende. Me encantó recordar, como si fuera resolviendo un crucigrama sin diccionario, deletreando palabras y verbos de movimiento en horizontal y en vertical.  Una parte de mi identidad se había conservado intacta. Y mi cuerpo, tan ajado por la maternidad y los intentos de ser feliz, era uno consigo mismo.
  2. La memoria emocional es precisa. El ballet, para quienes crecimos rodeadas de esa disciplina, era estética y gracia tanto como insultos a nuestro peso y a nuestro desempeño. Y ser «la nueva» quería —y quiere decir— :«la que conoce los pasos pero desconoce las reglas no escritas de este grupo social así que vamos a divertirnos un rato a su costa».  Muy cuarentonas las compañeras pero como si estuvieran en quinto de primaria con sus risas de reojo y sus grupitos al hacer la coreografía en diagonal.  Awww, cabronas. Claro que les saqué la lengua. En mi pensamiento.
  3. Tuve el shock cultural de notar que aquí dan diez indicaciones seguidas y nadie chista. Es normal. Vaya, hasta sale en la tele*.   Era una receta para perderse entre nombres afrancesados y cuentas en 8. Claro, no faltó quien sí entendió a la primera y puso la muestra y activó la competencia. Y el espíritu anglosajón se puso de buenas.  Me fui a sentar a la banca a sobar mi desdén por los imperativos.
  4. La música en la clase de ballet es parte del goce. Los arreglos de las piezas tienen el encanto de la música clásica y la cuenta de lo predecible. El ritmo cae justo en su casilla, no hay espacio para la ambigüedad ni para la variedad. Consuela.

No me la estaba pasando bien —he perdido coordinación ojo-brazo-cánones de la postura-parejito es más bonito— y la verdad sea dicha: estaba haciéndolo bastante mal, en parte por la falta de práctica, la novedad y porque, oh Ego, quizás ese nivel estaba muy avanzado para mí a estas alturas. El maestro no me decía nada pero tampoco hacía falta. A veces hay que volver a principiantes aunque se tengan veinte años de experiencia en el área. Y está bien.

Cuando asumí que mi regreso triunfal fue tibio tirando a abollado, solté. (Casi, porque perdía el equilibrio y tenía que volver a tomarme de la barra). Faltaba un ejercicio y yo ya estaba harta y moría por un café. Cuando el maestro puso la música, me agarró desprevenida. Seguramente en dos décadas han cambiado los arreglos, pero nunca me había tocado algo similar en mis clases del pasado. Me reconcilié con el momento por medio de una certeza: las anglosajonas podrán hacer sus ejercicios limpios y pulidos pero jamás sentirán una fuerza abriéndose paso hasta sus hombros, instándolas a desafiar las reglas de la Acádemie Royale de Danse (fundada en 1661), al oír un mambo** y sus colores en plena clase de ballet.

Terminé la sesión de muy buen humor y dormí una gran siesta a pesar del espresso. Horas después tuve que recurrir al árnica de mi botiquín y a practicar mi imitación involuntaria de un robot. Me queda por decidir si dejaré que la memoria del ballet sea libro potencial o si abrazaré mi condición de aprendiz o escucharé  la moraleja y me hallaré más a gusto en una clase de zumba. O todas las anteriores.

—Continuará. Igual que continúan los lugares que uno ama—.

Yeah.

* Minuto 2:53 al 3:06, tal cual. Equivalente.

** ¡Encontré la pieza! Dice que es el 5 pero obvio que no. A ver si logras oírla y quedarte quieto(a). 


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Desde la pista de baile

El siguiente post puede contener referencias tremendamente locales para los lectores de México. Lectores internacionales: con tantito ocio y algunas inferencias, el texto puede adaptarse a su país y ampliar las fronteras.  Gracias, en todos los casos, por leer. 

No hay nada peor que llegar tarde a una fiesta. Y no me refiero a la impuntualidad. Tarde como quien asociaba abrir pista con los acordes invariables de «New York, New York» y, de pronto, es arrollado por una multitud que sale de todas partes del salón de eventos, doctísima en qué corear o hacia dónde moverse si suena Payaso de Rodeo o Gangnam Style o YMCA o la Macarena. Muy tarde, como quien supo de Timbiriche hasta pasados los treinta. Majaderamente tarde, como quien creía que el Mariachi Loco era el nombre de un grupo. Tarde, nivel pena existencial, como quien apuntaba en una servilleta todas esas canciones para aprendérselas después y poder ir a una boda (o graduación o posada o cumpleaños) y sentirse normal. Algún día les cuento las causas de por qué ese alguien llegó tarde a la fiesta del gozo de  la cultura pop(ular) pero sí puedo adelantarles de quién se trata. (La autora levanta la mano con timidez).

Cuando mis hijas nacieron me hice el propósito de que pudieran ir a una fiesta y saberse muchas canciones y disfrutarlas.  Pareciera una tontería, algo que nada tiene que ver con la educación o con la vida. Permítame insistir en lo contrario: saber participar en una fiesta es parte indispensable de convivir. Y, sobre todo, es un derecho de pertenencia: echar relajo, ir perdiendo la compostura, sentir la euforia de la familia y los amigos, sabernos diferentes e iguales, mover el bote, mover los hilos que nos unen. Era y ha sido una de mis metas más entrañables como mamá.

Para acabar de apremiar, nos mudamos a California y mi meta se complejizó porque tenía, además, el reto de mantener intacto el español de mis hijas. Claro que he leído poesía y narrativa y enriquezco su vocabulario y todas esas monerías de madrescritora.  Pero —la autora rechina de emoción— no siempre es primero la obligación y luego el fiesta: en el punto medio puede haber una lista de canciones.

Mi lista se llamó «Ésta de cajón la tocan en México». Tenía gran potencial: no sólo eran las canciones típicas que suenan en las graduaciones, bodas, posadas, noches el 16 de septiembre y reuniones en grande, también se prestaban para el diálogo psico-social. (La autora derrama una lagrimita de academia). Cada vez que nos subíamos al coche, yo lo convertía en pista de baile, ponía las canciones y, entradas en el tema, les contextualizaba Los Luchadores, explorábamos dinámicas de género con Mi Cucu, Tú y Yo Somos Uno Mismo, El Rey, y La Suavecita; supieron quién era El Nazareno en la cadenita que se le perdió al novio de Carmen, imitaron onomatopeyas con El Mudo. Tocamos el inevitable mal de amores en Que Nadie Sepa Mi Sufrir, Mis Sentimientos, Cómo Te Voy a Olvidar, y Mil Horas; El Negro José, Juana La Cubana, El Bodeguero y Pachito el Ché se convirtieron en miembros de nuestra familia. Algunas mamás bendicen a sus hijos camino a la escuela, yo les he cantado La Boa y, al abrir la puerta, ha sido con un cariñoso «un, dos, tres, todos para abajo».

Sólo me faltaba que pudieran ir a una fiesta de esas que ustedes y yo conocemos, pero nuestra vida social acá es muy limitada y tiene otro pulso. No siempre tuve suerte cuando fuimos a México. (La autora aprovecha para disculparse mentalmente con el conjunto terco que insistió en tocar dos horas de merengue durante el fin de año de 2016 en Cuernavaca. Mi odio fue temporal nomás, ojalá pueda comprender mi urgencia de variedad). Nada mermó mi meta ni mi proceder hasta que por fin, hace un par de semanas, una amiga de Victoria Luminosa la invitó a sus XV años. Mi hija nunca había ido a una fiesta así —los detalles en torno al evento dan para otro post—, baste saber que cuando fui por ella volvió cansada y feliz, alborotada. Y sorprendida, mucho, porque habían puesto las canciones de nuestra lista. ¡Todas! Era como estar en una fiesta pero en casa. Sabes cómo se siente, ¿verdad mamá?

He tenido momentos gloriosos en la crianza y ese con mi hija. *Una máquina echa hielo seco entre párrafos* Aunque me quedaba la duda de por qué estaba sorprendida. Es decir, según yo, quedaba claro que el propósito de oír esas canciones era para que, cuando fueran a México o en presencia de personas de su país, pudieran integrarse a una fiesta y no pusieran, literalmente, cara de what. Victoria Luminosa admitió que, después de su experiencia en los XV, cuando vio a la cantidad de tíos y tías y primos y primas de la quinceañera, a la tía Güera genérica, a los abuelitos, a los compadres, entendió que aaaah, así es la cosa, nosotras somos tres, a veces cuatro, mexicanos en California, pero sí somos normales. Antes de la fiesta, confesó, tenía otra explicación a mi chincual por recorrer la lista de reproducción bajo el enfoque informal de Introducción a la Cumbia y Ritmos Tropicales, temas selectos de Idiosincrasia Latinoamericana.

—Pensé que era porque— noté cómo elegía sus palabras con precisión— estás un poco loca.

Claro que estoy loca. Yo, que durante años, no supe qué hacer en una fiesta o cómo comportarme, me daba la impresión de que todos poseían un código que yo ignoraba y, a ratos, me sentía un poco triste mientras los demás dominaban qué bellos son tus celos de hombre y qué cosas suceden con el apagón. Estoy en paz con haber llegado tarde a todas las fiestas de mi juventud porque en los años que siguieron he hecho de mi vida un carnaval. Esa locura ha sido una de las rúbricas de mi maternidad y un proceso divertidísimo.

Invítenme a una fiesta y les enseño todo lo que he aprendido. (La autora se aleja bailando Disco Samba).