Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, y otras plantas de interior.


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Día libre

Cada quince días, si la cama tibia y mullida no dicta lo contrario, mis hijas y yo salimos a caminar el domingo por la mañana. Nos gusta ir a una presa que está cerca de nuestra casa. Ahora que lo pienso, estamos rodeadas de agua: al oeste y unos 20 km, el Océano Pacífico; al este, casi a la misma distancia que el mar, la bahía. La presa está camino a la costa. Le tenemos cariño porque la vimos agonizar durante la sequía y resurgir de sus bordes hasta volverse a llenar. En la presa se me ocurrió el texto del cuadernito negro y varias veces corrí, aprisionada, porque huía del monstruo de la ansiedad. Tenía mucho que no íbamos a caminar y lo hemos retomado.

Ahora todo es diferente por el tema de la distancia social. Hay de todo: caminantes, corredores, amigas en par que avanzan en el sendero y las novedades, mamás embarazadas, papás empujando la carriola, bebés enfundados en cobertores, familias que deciden qué buena idea, familias que refunfuñan a qué hora se nos ocurrió venir, ciclistas con paciencia de santo. Nosotras, a veces juntas (y eso es impreciso: mis hijas adelante con su zancada de jóvenes y yo atrás, entusiasta, sororal y a favor de la unidad sin que se me note demasiado, creo, que voy trotando para seguirles el paso. Con los lentes empañados); a veces cada cual por su lado y quedamos de vernos en algún punto a una hora.

En todos los casos, siento una admiración tremendísima por esos niños y niñas que a los dos años ya andan en bici sin rueditas como un moscardón encantador entre los espacios disponibles que dejan las piernas de los adultos. Y me uno al «seas mamón» que pronunciamos en silencio los de a pie cuando un individuo en monociclo nos rebasa. Procuro detectar a las mujeres de más edad, sobre todo a las ancianas, dueñas de su fragilidad, de sus pasos, a veces, milimétricos. Rodeadas de árboles, de piedras, de arbustos y de hojas en todas las facetas, están más bellas y enteras que nunca.

Intenté crear una lista de reproducción con música que me marcara el paso, y desistí. Me he quedado con Bach para crear esos momentos de exaltación hasta las lágrimas, para mi lucha permanente contra la indiferencia y el coolness, para llorar a gusto y sentir que me pierdo en el paisaje, porque el resto del tiempo debo estar bien definida y clara, saber a dónde voy y qué quiero y con quién y para qué. Cada semana me canso más, me fastidio de querer controlar qué sigue. Entonces Bach, entonces la presa, entonces el sonido de mis tenis en el rumbo y el sonido de otros pasos a 2 metros reglamentarios de distancia, y mis hijas adelante, como brújula, entonces me quito los audífonos, entonces el reflejo del sol en la superficie del agua y el instante es una burbuja que se eleva.

La caminata no dura mucho, 40 o 60 minutos. Algo tiene el acto de salir a caminar con las hijas, siendo hijas de la vida, que nos acerca y inspira. Aprovechando la energía renovada, nuestras canciones de salir en auto y la escala en el café, el regreso es un desmadre de júbilo. Cuando volvemos a casa, ellas retoman su adolescencia y me dejan fuera, como dictan todos los mandatos del desarrollo, y yo pienso en la anciana que seré. Y así, hilvanando los domingos, voy atravesando la pandemia aprendiendo, desaprendiendo y reinventando qué me significa la libertad.

Crystal Springs Reservoir


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La audiencia

Hace poco fui al mar. Me queda a unos 15 minutos. Agarré mi coche, tomé la 92 hacia el Oeste, atravesé las granjas de árboles de navidad, los invernaderos de plantas carísimas —mi punto de referencia es Home Depot—, el negocio del herrero prolífico que descubrió su vocación al soldar dinosaurios de 3 metros, el trailer park con sus casas rodantes cansadas, el camino de asfalto y arena, la caseta, el cajón de estacionamiento. Un letrero resolvió mi duda acerca del protocolo de prevención de COVID: sí, no importa que esté usted frente al mar y el asombro le llene la boca y los ojos porque lleva 9 meses en confinamiento: use tapabocas, mantenga el distanciamiento social.

Había unas diez personas más, repartidas como almuerzo de gaviota, y un surfista. En California no falta la visión repentina del traje de neopreno envolviendo a un humano anfibio, mira ése. Me paré en la playa como si estuviera en la antesala de algún funcionario muy importante. No era sólo el mar, genérico; era el Océano Pacífico, como un licenciado titular en el Departamento de Orillas, Profundidades y Vastedad. Fui a contarle que tengo un predicamento con mi acervo de anécdotas.

Las anécdotas son un tesoro porque combinan el habla y el tiempo. He recopilado bastantitas en la sobremesa, en trayectos de autobús, en salas de esperas en aeropuertos y hospitales, colocando margaritas en los jarrones de una tumba en el Panteón Civil, frente a álbumes con fotografías en páginas adhesivas y cubiertas de celofán. Guardo la historia y sus acentos, las palabras subrayadas, el sesgo original, las alusiones al cómo y en dónde pasó, la música que sonaba, el «en aquella época»; la divido en versión Express, versión No Hay Prisa, versión Periodo Refractario, versión Ensayada en Inglés para prevenir el lost in translation, versión Op.Cit. por si hay que usarla de referencia cruzada con otra anécdota y, entre todas, la más lucidora de todas las versiones es Para Contarle a Mis Hijas, que incluye mapas, páginas de genealogía, habilidades escénicas, sesión de preguntas y respuestas inapropiadas, encore, y que tantas veces desplazó a las ganas de ver la tele a la hora de la cena o en los desayunos de los domingos.

—He topado con pared, mar. Ya no tengo más anécdotas.

No es por presumir pero mi acervo era enorme y yo solía tener una anécdota para cualquier ocasión, un directorio de historias de curas de espanto, de rabia y engaño, de amores y embargos, de extraños altruistas, de piojos y tónicos, de partos legendarios, de casas y adornos, de velorios y calles. Un acervo que jamás me ha interesado escribir porque las historias no son mías y que cuento como si lo fueran, porque se posaron en mi atención y si no las cuento —y mi voz sólo es préstamo— le fallo a mis antepasados en la caverna frente al fuego. El confinamiento devoró toditas las historias y he vuelto a empezar y eso ya nos lo contaste, mamá. ¿Las repito, mar, como espuma en la playa? ¿Este es horizonte y no muro?

Sí, dijo el mar. No, dijo el mar. Gracias, dije yo. Y salí de aquella oficina al aire libre con más predicamentos a cuestas y el doble de anécdotas que contar, aunque no las haya escuchado todavía.


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Letras Para Tiempos de Encierro 14

Sólo vine a decir que el sol. Mira el sol. Este sol. Hoy, sol.

—Ayer la luz tenía un contorno entumecido—

Sol, y silencio lleno de pájaros. Sol, y el baile de hombro con hombro de las losetas. Sol, y quiromancia en las paredes. Sol, y mosquitos, telarañas y lo que siempre me falta por nombrar, por fortuna.

Sol, y olvido qué me importaba antes. Sol, es decir: geranio. Sol, blanqueando el diccionario, arrullando a la brújula.

Sol en mi cabeza a mediodía, caloreando. Y si sol, este sol singular y este momento, me sé completa y pedacito, comino, de universo.


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Letras para Tiempo de Encierro 13

El arborista me encontró barriendo. De un tiempo a la fecha barro más que de costumbre. Era mediodía. Le mostré el olmo. El casero me había notificado que un especialista vendría a la visita de rutina; los olmos de más de cien años requieren cierto cuidado extra, algo así como un gerontólogo de árboles.

Mi olmo y yo tenemos una relación entrañable como dos seres que se aman. Él tira más hojas —incluso en verano— para que yo barra y me aclare. Todos los octubres me regala un tapete ocre en mi cumpleaños. Yo le sembré tres jacintos a su vera para que tuviera una mascada de color en enero sobrio. Lo riego, a veces con la manguera y a veces con sollozos cuando platicamos. Le cuelgo campanas de viento casi siempre y farolitos de papel en navidad. Él se inclina hacia mí. Literalmente. Su copa y el techo de mi casa están a punto de tocarse. Lo bueno, según me dijo el casero cuando firmé el acuerdo de arrendamiento, es que el olmo está sostenido por un eje de metal clavado en el tronco y en la tierra.

El arborista hizo algunas fotografías deambulando por el jardín. Me preguntó si yo sabía quién había podado ese árbol. No, ha de haber sido antes de mi mudanza. Me explicó que, por ley natural, los árboles retoñan en donde hay un corte a menos que tal corte esté mal hecho o sea radical y cauterizado.

—Este árbol agoniza. ¿Ve estas manchas? Son como un cáncer.

Me mostró un hueco en el tronco del olmo, el pésimo corte oculto y la entrada de agua, musgo, hongos. Las manchas como garras negras, la corteza arañada por el peso del árbol en sí porque las raíces están podridas. Y me advirtió que olmo, mi adorado olmo, podría derrumbarse sobre la casa durante cualquier ventolera; sobre una casa es tan vieja que si uno cierra fuerte una puerta se cimbran toda las paredes.

La visita del arborista habrá durado unos 10 minutos. Seguí barriendo, afecta a los cortes profundos, creyendo que los todos los duelos se superan. Negando y barriendo y negando. Buscando ternura urgente entre la naturaleza.


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Flora

Alguna vez mi cuerpo fue una flecha, un martillo, un lienzo, un altar de los asombros, casa de dos hijas producto del amor. Alguna otra vez mi cuerpo también fue mi enemigo con un desorden alimenticio y me aplicó la ley del hielo, me dejó a solas conmigo misma  y paralizada en vez de llevarme, corriendo, a un techo a salvo de la tormenta. Mi cuerpo, a veces, llora si no estoy ocupada en algo. Hay quien dice que soy notoriamente diligente. No son lágrimas de dolor sino de ya pasó.

El otro modo de estar sin que salga agua de sal por los ojos es entre árboles, flores y plantas. Mis manos pueden estar quietas, confiadas, sin tener que llenar el momento con tareas. Cuando flora, río. Quizás menos que antes, con mi risa boba, pero por motivos más genuinos. Cuando flora, danzo. Y qué cómplices son el verbo bailar y los orgasmos seguiditos. Cuando flora, alimento. Doy las gracias por el trabajo nutritivo que permite traer comida a la mesa y brindarme.

Cuando flora, yo en ella, amando a mi cuerpo que busca la fotosíntesis, las estaciones, las raíces, los frutos, el rocío, que son mejores explicaciones para enfrentar los cambios y la adultez, y adentrarme en el proceso creativo. Amando, amando al cuerpo que ha creído que soy frágil y un día me romperé. Y ese día es casi siempre y casi nunca.

Lienzo, martillo, altar de los asombros, flecha. Y, cada cinco años, horno de letras impresas. ¡Viene otro libro en camino!

 


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Cuánta hoja

Supe que no teníamos un futuro juntos porque titubeó cuando lo invité a que pisáramos un montón de hojas secas. Eran de maple, parecían abanicos hechos de pergamino. Él era un adulto que cuidaba sus zapatos tal como le enseñaron sus mayores. Yo rechinaba de ver esa esquina hojosa donde el otoño prematuro quería asomarse a la ventana de la tienda de antigüedades. Menos mal que no tuve que explicar por qué lo nuestro no podía ser. Él se me adelantó. Adiós, le dije, y me alejé riendo y llorando un poquito y riendo.

Yo pido el pan de cada día y las hojas de cada jornada. El olmo de mi jardín tiene años queriendo besar mi casa, inclinándose, inclinándose hacia ella. Una compañía de aprovechamiento forestal dijo que no todavía, quizás un día, y ancló al olmo con un bastón de acero. El árbol suspira hojitas que llenan el patio de haikús amarillos, salgo a barrerlas para acercarlas a la raíz del olmo, ten tu humus, ten tus nutrientes. Él me cuenta de su romance imposible mientras canto pasodobles que mutan en canciones de cuna y en confesiones tarareadas que nadie más sabrá. Mi escoba es de mijo, del que se anuncia cuando pasa.

Las hojas de mi cuaderno de escribir se caen cada vez que me tropiezo que es siempre. ¡Ay!, y van todas las notas del dictado que escuché en la regadera y en el auto y mientras me delineaba los ojos. Menos mal que, usualmente, quien me ayuda a recomponerme habla inglés y no entiende mis enunciados. Es como si se asomara al tendedero: me daría pudor. Son hojas que años después revisaré con la nostalgia de creer que contenían algo importante. Qué boba.

Hablo de hojas en pleno julio como si fuera octubre. No siempre me pregunto por el futuro, sólo a veces: cuando veo un corazón cerrado, cuando salgo a mi jardín, cuando avanzo en un manuscrito. Y cuando es verano y descubro —demonios, el cambio climático— que ya no cantan los grillos.

 

 

 


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Escampa

Ha dejado de llover. Las ramas del olmo tienen uvas de gotas y el tono verde encendido del musgo que me fascina. Es la media mañana de un sábado que se siente como una libreta con notas aleatorias, un par de renglones apenas.

Ayer fue la firma de mi testamento. He estado conversando con mi propia mortalidad a causa de los meses de invierno y de tener más canas y de ir sopesando dónde pongo mi atención, qué batallas tengo perdidas de antemano. He decidido abandonar la esperanza de ser una hija ecuánime y una madre con las alas intactas y, en general, de ser una mujer desconectada de los temas que le atañen, que son casi todos donde hay dolor. O colores.

Cuando escampa, hay un momento donde el mundo brilla con una luz mate, jamás opaca, como suspirando matices. Es justo este instante: después de doce horas de la lluvia del viernes por la noche. Sabiendo y aceptando que cada día es uno más cerca de la muerte, ya no identifico mis problemas con tormentas ni busco en el fin del aguacero una metáfora de la calma que sigue, predecible. Sólo quiero que los momentos ocurran y pueda presenciarlos, ser testigo de que sí viví.

¡Ya se fue el momento!

Ahora viene otro. ¿Cuál será?

Yo soy la que pudo ser y no fue y quizás sea. La libreta, el olmo, la letra, el charco, los huesos, la tierra.

Para Laura A. Con un abrazo hasta la costa Mar del Plata.

 

 


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Abrazo de otoño

Caen las hojas.

¡Mira! El dedo apunta hacia abajo,

a los peciolos como antenas

pegando el oído de savia a suelo

para oír a las hormigas, a los hongos,

las pisadas, el runrún del tren.

¡Mira! El dedo apunta hacia arriba,

a los plazos entre las raíces y el cielo,

a las ramas como listones

haciendo el baile de las lenticelas

para aflojar los nudos, los nidos,

la ternura, el racrac del tronco.

¡Mira!

Hojas que caen, la alfombra

donde aprendemos que nada es para siempre.

¡Mira!

Caen, y nosotros a la mitad de este susto

¿y si no vuelve la primavera?

¿y la oscuridad es cada día más oscura?

Hojas que abandonan

–crujen con las pisadas, y las perdonamos —

A veces somos ellas, caducifolias,

cumpliendo nuestra palabra verde

hilvanada a los ciclos;

a veces somos el árbol desnudo,

preparándose para el invierno,

duelo anticipado;

y, a veces, sólo somos lectores

en medio de un paréntesis,

testigos de hojas caídas

y del relato de las flores y los frutos

que les siguieron,

los que pueden venir,

los que vendrán;

lectores pidiendo un abrazo al otoño,

a ver si así logramos ser

un poco más versados en el arte de soltar.

 


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Magia para transitar de agosto a diciembre

Identifico el Norte y lo saludo con una inclinación de cabeza. Para sostener la mirada de la verdad cuando la tenga enfrente, para frenar cuando me lastime el zapato, para disolver los obstáculos que imagino; para encontrar mi rumbo entre la multitud, cuando me abrume la competencia, si me roban las ideas, si acaso voy a donde no haya un mapa trazado.

Identifico el Sur y lo señalo tocando mi ombligo. Para aceptar la invitación del placer cuando se haga presente. Para aburrir a la vergüenza, para darme permiso de decir que no, gracias; para encontrar mi risa ente las caras largas, cuando olvide que alguna vez fui amada, si quiero huir, si acaso me separo de mi cuerpo por creer que soy lo que pienso.

Identifico el Este y lo bendigo a través del olmo. Para tomar la secuencia de los días cuando amanecen, para cantar frente a lo sagrado, para pulir los bordes de mis torpezas; para encontrar mi voz entre los comienzos, cuando confunda el término con los finales, si me persigue el abandono, si acaso deseo morir al dormir y no despertar.

Identifico al Oeste y lo llamo con un suspiro. Para desabotonar las capas que me cubrirán conforme vaya creciendo. Para asirme cuando sienta vértigo, para confiar en extraños y propios que estereotipo; para encontrar el encanto entre los contratiempos, cuando sostenga un llavero de puertas que desconozco, si dudo de mí como sólo yo, si acaso lloro y se escucha mi eco.

Soy de rituales y de preguntarme cómo llegar.


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Cervus elaphus

La cocina de la casa en donde vivo desde hace un año está empotrada en un talud de hiedra y tiene un ventanal con vista a un olmo. Hay tres maneras de entrar a la cocina: desde el interior de la casa, por una escalinata lateral que cruje con rencor y que casi no uso, y por las escaleras de piedra con canto de madera que dan a la calle.

Yo entro por el interior y casi siempre con hambre o sueño. Cuando no estudio el refrigerador abierto para elegir qué voy a cocinar, recorro mi circuito hacia la cafetera o hacia la alacena buscando quitarme el hambre.  Luego se me olvida a qué iba.

—Un venado.

Ni un sonido de pisadas ni de hojas que crujen ni de tierra suelta que pueda hacerme saber que se aproxima.  Aparece, así, con el guion largo del animal hablando a través de su presencia. Rumia, pasea, se echa. Lo saludo, para las orejas. Me sirvo el café o agarro un puñado de nueces o preparo las albóndigas o relleno mi jarra de agua. Cuando volteo, ya se fue.

Su aparición no tendría mayor relevancia en una casa en una zona boscosa de no ser porque coincide con mis días de más agobio. Esos días de saber que nadie vendrá a salvarme de aquello que me aflige, que hay un hambre que no se quita con alimentos, que no hay tortilla ni pan ni galleta ni sopa ni infusión, preparados por mí o por alguien, que me den sosiego. Debe de haber algo más, me digo. Justo en la cocina, un venado: el símbolo de la gracia y la apacibilidad, el buscador de caminos alternativos.

Mi espíritu encuentra esperanza frente a ese animal-presagio de tiempos buenos y de rumbos posibles que aparece y desaparece con el mismo misterio. Pasa el agobio, pasan los días, es medicina antigua. Por supuesto que le regalo las flores que había sembrado.

 


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Monografía de una Promesa Cumplida

spring 2018

Segunda parte del invierno: período cuando la naturaleza ilustra el verbo «recomenzar» porque los humanos, especie adoradora de lo tangible, tienen dificultades para creer que si nada hay, nada brota. Temporada de abrirse paso: entre la tierra o las ramas o las ideas o los suspiros para atestiguar cómo la vida tiende a la vida y no se amedrenta con los paisajes desolados. Promesa cumplida, tiempo de acercamiento.

En la ilustración, de izquierda a derecha: Arriba- flor de cerezo en la calle del parque, flor de ciruelo a media cuadra de mi trabajo, planta de amapola rosa (creo). Abajo: flor silvestre que apareció en una maceta desierta, romero después de que el jardinero arrancara toda la mata, la orquídea que me llevó a acuñar el término «inusitado apego por el color» y que había estado sentida por el cambio de casa. 


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Magnificente

Todas las mañanas bebo una taza de café mientras miro a través de la ventana. La casa y los pensamientos callan. Amanece el día. Los significados son los únicos testigos de que, horas antes, fuera de noche. Pero apenas se van desperezando. Es el café de preguntarme cómo estoy.

Las respuestas han variado según las casas que he habitado y la vista que ofrecía la ventana: cuando dio a una pared, mi «estoy» fue el anhelo de estar en otros ojos; cuando ofrecía unos geranios, mi «estoy» quería creer que estaba bien y a salvo, ¿verdad?; cuando el paisaje suburbano se coló por una puerta-ventanal, mi «estoy» fue de duelo sobre duelo bajo duelo. Y es que preguntar cómo estoy también ha sido cuestionarme cómo llegué hasta aquí.

Desde que me mudé, todas las mañanas bebo una taza de café mientras miro a través de la ventana que da a un olmo. Dicen los significados que, desde tiempos ancestrales, el olmo ha sido símbolo de sabiduría, fuerza, equilibrio ante la adversidad y crecimiento en grande. Asiento, es un arbolote. Al preguntarme cómo estoy señalo la viga de metal que ayuda al tronco para que el peso esté repartido y el olmo pueda seguir elevándose sin quebrarse: cuando el café viene cargado con dudas amargas, me digo que tengo vista a un árbol magnificente que usa bastón; cuando despierto tremenda, cierta de lo posible y con prisa de que ya sea el futuro, me digo que tengo vista a un árbol magnificente que usa bastón.

Sé cómo llegué hasta aquí, fortísima, vulnerable: eligiendo muy mal. Y decidiendo muy bien. Despierto. No cambio esta época por nada.