Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, y otras plantas de interior.


1 comentario

Sur 37 A

Es inicios de diciembre porque pienso en una calle.

La recorríamos varias personas, como quince. Era una calle de dos cuadras y media. Pasábamos junto a la casa donde había un muchacho que estudiaba música; practicaba sus lecciones de trompeta y de piano, no importaba la hora. Y junto al edificio donde vivía un brujo en la planta baja y una vez que fueron de la delegación a renivelar la banqueta, salió el hombre con una cadena bastante larga y les dijo a los albañiles que le echaran mezcla sin taparla del todo, como delineando el edificio; esto es brujería, dijeron los vecinos. Nadie se metió con él.

Y a un lado de la cochera con macetas de barro, en el suelo y en la pared, que fue blanca pero ahora era color «por aquí pasan coches que aceleran y mientan madres por el tope de más adelante»; los canarios le cantaban a las plantas de sombra y a algún otro geranio terco. Y por donde había casa con una pared de ladrillos, que era parada obligatoria del camión de la basura y donde nunca, nunca, hubo rayoneos de grafitti a pesar de que el ladrillo estaba tan bien puesto que se veía como un lienzo irresistible.  Nunca, ese milagro.

Y hacíamos escala en la casa de la mujer que vivió hasta los 101 años y usaba pantalones desde 1918. Y nos aliviaba pasar por la casa de las rejas y saber que ya no estaba el perrote que aterrorizaba a los transeúntes; el refrán es impreciso: ladraba y mordía, que sí. Parecía lobo.

Los mapas virtuales indican que la calle sigue donde la dejamos. Es más: basta teclear su nombre para poderla recorrer de nuevo. Pero no pienso en la calle de ahora sino en la de entonces,  la que unía la casa de mi bisabuela y la de mis abuelos con la mía, donde crecí. Diciembre, y en particular el 25, pero también alrededor de las posadas y el fin de año, se trataba de hacer ese trayecto. Los tíos reían pero no cuando venía un coche, mi abuela abrazaba caminando, mi mamá hacía la observación de que el ambiente olía a llanta quemada, yo iba encima de los hombros de mi papá hasta que tuve que ir a pie.

Es inicios de diciembre y estoy en esa calle, siendo niña, como si hubiera sabido que tenía que fijarme muy bien. Ventilo el recuerdo para impedir que le brote una pátina, para mantenerlo vivo aunque el cambio haya desmembrado a la familia y la delincuencia esté al asecho.

Sé amable, nostalgia.

 


Deja un comentario

El otro dosmildiecisiete

«Dosmildiecisiete» ya cuenta como adjetivo de año arduo. ¡Y de qué manera! Pero, fíjense, en aras de la precisión, hay que hacer algunas acotaciones al diccionario.

Fue el año en que un extraño te preguntó en una fiesta ¿bailas? y todos los hielos se derritieron. Un detonador te empujó a llorar en un baño público y el ¿estás bien? anónimo se escuchó diáfano y sin eco. Contemplaste un atardecer, llegaste a un aeropuerto, viste a una pareja frente a ti y celebraste un logro sin necesitar un romance de película para sentirte suficiente. Tu sí fue sí, tu no fue no. Tu café (o té) siempre enunció, ceremoniosamente, punto y aparte. Nadie cobró por acompañarte a cruzar la oscuridad. Tu nombre fue pronunciado con respeto cuando estabas ausente. Un meme te hizo reír cuando estabas quebrándote. La ansiedad pasó de largo varias veces porque le contaron de tus actos valientes. Mientras el banco estaba resolviendo los trámites de tu tarjeta clonada, encontraste un billete en tu bolsa. La memoria fue gentil cuando cerraste los ojos y recordaste la pérdida o los escombros o la violencia o la traición o la corrupción o la desesperanza. Recibiste la ayuda distintiva de un voluntario o voluntaria.  Ayudaste como voluntario o voluntaria y cambió tu percepción de las calles y del sufrimiento. Perdonaste o te perdonaron y sonaron las fanfarrias junto con el derecho a regular la distancia. Mientras más difícil era la situación, alguien te apoyó con los trámites, a cargar cajas, a recibir un diagnóstico y a escuchar tu historia. La ternura, en formas inesperadas, atravesó tus armaduras y sus motivos. La silla del hospital era  reclinable. Nada de lo que te han obsequiado pueda comprarse en una tienda, y algunos libros.  Hoy abrazas el poder de un calendario en blanco.

No sé. Quizás este año, por definición, se trató de creer en milagritos.