Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, y otras plantas de interior.


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Adiós, terror

—Sí puedes.

No, les he refutado. Tengo pruebas. Hay documentación. Y las conversaciones siempre terminaban con mi garganta anudada y mis ojos pidiendo otro tema.

Gente generosa ha querido desmentirme. Matemáticas es muy fácil, me han dicho; lo que pasa es que no te han explicado bien, pero al cabo de un rato desistían. No entendían por qué preguntar: ¿qué número dividido entre 4 nos da 378? me generaba una angustia desproporcionada y la respuesta en todos los casos, en todas las operaciones, siempre era silencio.

Yo sí entendía ese bloqueo. Ha estado conmigo desde algún momento de 1983 y, como parte de sus secuelas, me dejó alterada la noción del tiempo, la relación de causa y efecto, y asociar el temario de aritmética de segundo grado de primaria con la posibilidad de morir. Nunca he sabido cómo pasé de año en ese y en el resto de mi trayectoria escolar. Sí recuerdo que las matemáticas no habitaban mi mente sino mi cuerpo: debía huir de ellas como de un depredador. Todos los estudiantes del mundo sabemos que los pupitres son buenos escondites: ahí se libran las peleas con el destino y también ahí también decidimos desertar o quedarnos congelados, congeladas para protegernos del peligro. El sistema educativo, por supuesto, no sabe detectar esas señales y las combate con instrumentos de vergüenza. Por eso digo: tengo pruebas. Mi ineptitud para las matemáticas está documentada en las boletas de calificaciones. Y en mi autoestima, para mayor registro a perpetuidad.

Los otros buenos escondites son las decisiones. Y, con la habilidad de huir del peligro, fui escogiendo el rumbo asegurándome que jamás volvería a toparme con una operación matemática que no pudiera resolverse con la calculadora del teléfono. Mis pobres hijas supieron desde muy pequeñas que ni mi árbol ni mi cocina daban ejemplos para fracciones y que en cuestiones de sumar o restar y quitar o llevar uno, yo invariablemente estaría en desacuerdo con las decenas. El escondite me funcionó bien. En la multitud de las letras y las ciencias sociales el depredador no se me acercó nunca más. Olía, quizás, demasiado a sudor y a incienso y a hierba.

Hasta que quise tomar una oportunidad en mi trabajo adorado, una para servir a más familias y quizás contribuir a que yo tenga pensión más decorosa. Dije que sí y el entusiasmo me llevó a presentar el examen y zas. El depredador y yo, otra vez, frente a frente. Hice la sección de lectura y escritura, salí corriendo. Vinieron las conversaciones del sí puedes y volví a presentar la prueba dos veces más pero el depredador se coronó victorioso y mi cuerpo regresó a su estado de angustia. Cerré la oportunidad. Desde 1983 hasta ahora sé que estar a salvo es la prioridad, todas las veces.

Lo que yo no sabía a los 7 años es que habría muchos niños y niñas como yo. Y que la iniciativa de explicarle matemáticas a un primo llevaría a Salman Khan a crear una academia en línea y que ese contenido sería gratuito y estaría disponible para quien lo necesitara. Tampoco sé cómo llegué a los videos de Khan Academy ni cómo presioné Aritmética para Primaria ni cómo empecé a hacer los ejercicios. Creo que el depredador sonreía, mi curiosidad ha sido su mejor aliada. Lo que sí sé ahora es por qué no entendía cuando me explicaban: porque era una conversación entre adultos y yo tenía la misma edad mental que en segundo grado, donde me quedé.

¿Qué podría motivarme? El uso de código de colores. Confeti. Poder intentar y reintentar sin castigo. Una mentalidad de crecimiento. Y que esos recursos de motivación y la sensación real de avanzar y de entender pudieran desincrustar memorias de angustia en el cuerpo; me sorprendió a qué grado podía asociar ciertas operaciones o cifras con escenas específicas en mis salones de clase, con gritos y frases y consecuencias que dolían. Sigue adelante, dice la app. Dentro de poco podrás dominar este ejercicio. Sigue intentando, practica, practica. Y ahora, en vez de un animal humano que ataca a mi cuerpo cada vez que veo un número, tengo la prueba de que sé sumar, sustraer, multiplicar, dividir, fraccionar y convertir a decimal y, encarrerada, voy reconociendo valores absolutos, exponentes, factores y múltiplos. Siento clarito como si le hubieran sacado punta a mi cerebro, una euforia que me era desconocida.

Quiero documentar que, en el pasado, yo me refugiaba en los paisajes, en los jardines, en los abrazos. Quiero dejar constancia que, desde hace un par de meses, cuando pienso en la belleza me vienen a la mente las matemáticas y que hay días donde sólo quiero estar conversando con ellas con el mismo cariño que siento por la poesía. Si hay algún lugar seguro en el mundo es junto a ellas. ¿Qué es este giro del destino?

De mi depredador aprendí a ser perseverante. En mayo tengo fecha para la prueba. Con el talón sobre el cogote de mi terror, ya voy en cuarto grado.


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Letras para Tiempos de Encierro 5

Quédate en Casa, dijeron.

¿En cuál de todas?

La infancia es una casa meciéndose en columpio que descalabra.

El beso es una casa en una cueva con estalagmitas.

El parto es una casa de tarotistas flotando entre juncos de luz. 

El poema es una casa rodante que no teme al empedrado con lodo.

El amor es una casa inflada con paredes de papel y cimientos hechos de rosales.

La música es una casa amueblada de silencios y notas-galaxias.

El sexo es una casa con patios interiores y árboles de mango.

La guerra es una casa ocupada por náufragos radicales.

La maternidad es una casa-niña jugando a la casita y a evadir la crítica.

La vejez es una casa repartiendo sus preguntas más antiguas.

El desempleo es una casa que decide mostrar sus colmillos.

La amistad es una casa que brota los domingos por la noche y en los recuentos de qué bueno que existes.

El encierro es una tormenta y una casa con un abrigo a dos vistas.

El éxito es una casa que siempre tiene corrientes de aire, tambaleándose en un pedestal.

El panqué es una casa que suspira con su argamasa de naranja y clavo.

Esta me gusta más: nosotros, nosotras, siendo la casa que ofrece, en la entrada, una estera de limpiar los zapatos y las abstracciones, mientras traza los planos de sí misma sin saber qué va a pasar al día siguiente.

 


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De súbito

Para el Ingeniero, por supuesto.

Los lunes lloro.

Añoro tu reloj en la mano derecha, tus zapatos azules, tu barbilla,

el lugar donde tu mente se encuentra con la mía, deleite.

La lista secreta de escenarios del ojalá,

el pase de abordar esperanzas antiguas recién nacidas.

Lágrimas de sueños despertando.

las calles vacías y anónimas.

Nos extraño.

Los martes me ocupa el trabajo.

Soy toda concentración y enfoque,

proyectos por entregar, saturación.

Casi olvido que nos conocimos,

reniego de la poesía, la encuentro inútil,

no suelo llevar tu fotografía a mi beso.

Me siento a gusto,

aunque el piso esté frío y la ventana cierre a medias.

Los miércoles me enfurecen las pistas de frenado,

odio guardar compostura,  las barras de seguridad.

Quiero verte, ahora porque ahora. Impostergable.

Tirar por el precipicio a la cautela,

trastornar todas las rutinas. Urges.

Esto es una tortura.

¿Por qué estás tan sereno?

Tengo sangre en las manos. Tuve que matar al tiempo.

Los jueves tomo un decisión a propósito

y me obligo a dejar de pensarte.

Invoco a mi resiliencia,

por si te vas y nunca regresas;

paso lista de mi luto y de mis rezos,

por debo mandarte al olvido algún día.

Hago acopio de mi fuerza,

sólo hallo mi corazón, ternura, y tu nombre.

Los viernes llevo lencería negra

por si me topo contigo mientras vivo,

tu carisma, mi coqueteo, la cima reiterada,

la risa que lubrica,

porque hélice, porque abrazo.

Soy un mar de placer profundo que contempla el cielo.

Igual que tú.

Y ambos lo sabemos.

Los sábados/domingos estamos/somos

el amor nos conduce, libres,

y es tan fácil como un milagro;

dejamos que hable nuestra presencia

de las horas contadas esperando a vernos,

el graciasgracias de habernos encontrado,

de ir avanzando hacia la segunda mitad de la vida,

atareados pero compatibles,

diluyendo el pacto con la soledad.

Luego es lunes, de nuevo.

Y aunque cambia el orden de los días,

quedan los giros y la emoción:

algo siempre comienza, algo siempre termina,

nos vamos sucediendo de súbito.

Dijiste que te gustaban las montañas rusas.

A mí también me gustan.