Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, y otras plantas de interior.


13 comentarios

Inventos

Un día de otoño decidí que iba a ser feliz. Así, tal cual: feliz, y punto. El decreto —como casi todas las decisiones—, me agarró a medias entre el entusiasmo y el miedo, es decir, entre la luz y el negror. Era noviembre, anochecía temprano y la oscuridad de dentro también era de fuera. No aspiraba a mucho: ser feliz, radicalmente, consistía en cavar una madriguera y dormir hasta marzo, fingiendo una muerte.

Alguien me dijo que mis ganas de desaparecer eran una depresión por falta de sol y que se solucionaba facilísimo con una lámpara del júbilo. Y, qué coincidencia, justo empezaban las ofertas. Había de tamaños variados y para la oficina, para la casa, en combo con calentadores de aceite; todos los aditamentos necesarios para ser feliz cuando el día tuviera menos horas y uno, cada vez menos ganas de estar vivo. Yo puse la misma cara que ustedes y fui a la tienda que me recomendaron. Oh, sí: tales lámparas existen. Y cuestan cuarenta dólares.

Compré la lámpara y la instalé junto mi librero.

— Ahora sí voy a ser feliz—, me dije mientras desenredaba el cable y lo conectaba el enchufe.

La lámpara perdió el equilibrio, cayó al suelo y se estrelló. Miré: la lámpara, el lugar que ocupaba en mis respuestas, la lámpara tan parecida a una pelea con platos rotos, la felicidad que trajo de oferta frágil, la lámpara, el reloj marcando las cinco de la tarde, el crepúsculo en la ventana, la lámpara, el cable, el voy por la escoba. Oscuridad, otra vez.

Un día de otoño decidí que iba a ser feliz. Así: tal cual. El decreto —como casi todas las decisiones—, me agarró a medias entre el entusiasmo y el miedo, es decir, entre la fe y la urgencia. Era noviembre, anochecía temprano y la luz de dentro también era de fuera. No aspiraba a mucho: ser feliz, radicalmente, consistía en seguir el ritmo de mis estaciones; tomar café para la somnolencia de atardecer, saber que las conexiones externas son frágiles, no necesitar lámparas de júbilo ni huir de lo que me abruma, que ya no me interese lo que me hayan dicho; ahorrarme los cuarenta dólares que iba a gastar en el repuesto de la lámpara e invertirlos, mejor, en casa donde dormir en abril o en junio o en diciembre, con cobijas como madrigueras de lo posible. Para una persona. O para dos.

«Negror» no existe, me lo inventé. Como aquello que me perseguía.


15 comentarios

Treinta y nueve

A los 38 años, tomé la decisión de rodearme, únicamente, de relaciones donde hubiera respeto, compasión, creatividad y alegría.  Claro, en ese proceso, tuve que desterrar a personas de alta toxicidad.

Algunas de ellas aún se pasan por esta calle a ver si encuentran alguna frase a dónde asirse. No saben que, como me importa estar pendiente de quién me rodea, tengo un detector de direcciones IP que registra quién me lee, a qué hora, en qué ciudad del mundo, cuánto dura su visita. Vaya, es curioso eso: que sean personas desterradas a perpetuidad y todavía quieran leerme. Se me ocurre que lo hacen porque me admiran en secreto o porque, a pesar de todo, les gusta cómo escribo. O quizás me sigan amando, vayan ustedes a saber. El caso es que cuando veo que no respetan el límite de desaparecer de mi vida, me provocan mucha ternura y gratitud: me comprueban su ser tóxico y engrosan las estadísticas con sus clicks.

Hoy, a los 39, estoy celebrando mi elección de ser selectiva en mis relaciones, la que me llevó a nutrir los vínculos que atesoro y a conocer a gente coruscante* con un enorme trabajo personal, con quien aprendo, comparto, dialogo, creo. La selectividad solo me costó trabajo al principio, después se convirtió en un jubileo; me trajo certezas en forma de renovación y el mejor regalo consecutivo de cumpleaños y de la existencia: una vida sin ansiedad. Al fin. *Sigue la fiesta*

*Recién aprendí esa palabra. Adjetivo. Que brilla.


3 comentarios

De botas de combate

Y por teléfono. Colgué. No me cuadraba: todavía traía puestas las botas de combate por el entrenamiento de esa mañana. Me sobé la contractura en el cuello, del volantazo que había dado mi instructor porque un tipo se pasó el alto y lo seguimos. ¿Así, tal cual? ¿Tan pronto?

Solicité una cita con mi sargento. ¿Qué provocó que el jefe de su jefe me hablara por teléfono un jueves y me anunciara que no podía seguir en el cuartel, entrenando como policía?, ¿qué encontró en mi expediente el Departamento de Investigaciones? Digo, sí sé que para alguien represento lo deleznable, pero no sabía que mis crímenes emocionales estuvieran archivados junto a mis huellas digitales y a mi fotografía en un fólder del FBI. El sargento me recibió en su oficina. Los dos frascos de vitamina E habían hecho maravillas en su cutis, pero los lentes calados en el puente de la nariz delataban su cincuentena. Desde ahí, miró mi perplejidad. No me satisfacía esa explicación diluida por el sello de «confidencial» y quería que me desglosara el mecanismo de la burocracia como la vez que me enseñó a sostener una UZI y me dolió el brazo y me mandó a hacer pesas para desarrollar los bíceps, aún sabiendo que jamás sostendré una metralleta; porque sí, para la vida. No alcancé a sentarme; me dijo que volviera el lunes. Y siguió comiendo su avena.

Hacer un examen de conciencia con botas de combate es muy interesante. Me instalé en mi porche, con un café, mi diario, y una velita. A ver, vida, ya dime en qué la regué, en dónde está el tache cósmico que, incluso  la policía con su amplio espectro cerca del orden y de los decretos, de la corrupción y del crimen, me considera inadecuada.  El café se me enfrió y la vela se hizo charco de cera. Escribí bastante; nada nuevo, nada que no supiera; no llegué a alguna conclusión particularmente iluminadora sobre mí. Más bien el examen de conciencia fue interrumpido varias veces por el oye, qué buenas están estas botas de combate. Podría patearle el trasero a cualquiera, o escalar una montaña, o acampar a la orilla del mundo. Y se me ocurrió una idea.

Lo bueno de ser deleznable es que uno puede desobedecer muy a gusto. Claro que me presenté el lunes. El sargento me había citado en el cuartel subterráneo, debajo de su oficina. Pasé por dos celdas, vacías, donde  esperan los detenidos, y el poste donde anclan las esposas cuando los interrogan. Me dirigí a la sala de juntas con las paredes tapizadas de fotos de los asesinos más buscados, y pasé por la oficina de reportes, con sus aleros repletos de formas a colores: secuestro, grúa, perro rabioso, auto abandonado, multa de tránsito. Todavía estaba la toalla húmeda puerquísima que pegué en el pizzarrón blanco como evidencia del día que desinfecté ese lugar y dos patrullas. Sonaba el radio con la voz de la despachadora de llamadas de emergencia, y sonaba el eco de mis pasos.

El sargento tenía armas: un arsenal, y su segunda mujer, que claramente le reabastecía las vitaminas. Una pistola al cinto, insignias, la lealtad de varias décadas, un apego a las normas, un dato de mi que estaba por revelarme y que determinaría, en gran medida, si me deprimía los siguientes meses o no; si se confirmaba mi inadecuación y que no tengo derecho a ningún comienzo nuevo. Fui desarmada. Los zapatos altos, la falda y la boca roja eran, igual que sus respaldos, de utilería. No iba a defenderme, ese es el «patear traseros» supremo.  Nadie puede darme mi valía, ni quitármela; ni siquiera el gobierno de los Estados Unidos. Quihubo. Sólo me restaba divertirme muchísimo en ese último día en el cuartel.

Y vaya que me divertí. Ese día y cada segundo mientras fui parte del sistema policiaco. Me quedé con las memorias de mis compañeros, grandes y buenas personas que cumplían con su trabajo y comían unos sándwiches de Pedro Picapiedra. Me quedé con los códigos que me patrocinaron un viaje de media mañana a las instalaciones del 911. Me quedé, por supuesto, con las mancuernas y con las botas de combate, que debí de haber llevado puestas ese día de cuando elegí desobedecer, decidiendo dónde, cómo y hacia dónde camino.  Me quedé con el estupor del sargento —a quien tengo en una gran estima y a quien le deseo buena suerte en su dieta y en disimular los años— cuando me vio taconeando en el búnker, y con sus palabras de por qué no me contrataron.

—Miranda, los policías no tienen posgrado.

Sentí cierto alivio, a pesar del cambio, otro cambio en la incertidumbre; lo aprendido y graduado tampoco nadie me lo quita. Entendí. Y respeté que mi jefe y su jefe estuvieran nerviosos por algún problema con el sindicato, a causa de mi escolaridad que se disparaba de los requisitos de preparatoria concluida.  Y él respetó que yo saliera del cuartel con la cabeza en alto, cargando los varios kilos de historias que me prodigaron, como material creativo. Con la conciencia en paz, esas otras botas de combate. Y sin trastabillar. Ni un poquito.


2 comentarios

De septenio y números rojos

Yo pensé que la vida y yo estábamos en números rojos. En algún lugar, en algún punto de mi historia, empecé a malgastar mi capacidad de significar y, por despilfarrarla, me dio por resucitar vínculos muertos y a nutrirme de energía ajena. Muy carmines y hasta sulfurados, porque fui terca en ese camino; no obedecí el letrero de la entrada del infierno.

Y, desde hace siete años, a la hora del inventario, solo me quedaron pelusas y cambio barato en las bolsas de los jeans, un dulce aplastado en el forro de la maleta de cruzar umbrales, una pluma que se chorreó con lo que no pude decir a tiempo, los ojos de asombro caídos y con el rímel apelmazado por quedarme con las apariencias.  Viví con la sensación de haber perdido algo valioso de mí y de haber fracasado. Y las sensaciones punzan más que los datos duros.

¿Quién sabe qué me debía la vida que me pagó con un congal de policía lleno de historias que se van infiltrando en mi manera de escribir; con la cura a mi miedo a la oscuridad y a los ladrones, a que no me alcance el dinero y a ser reemplazada; con el lujo de meses a solas para desanudarme y retejerme, con amor y calma; con un abrazo que va suavizando la piel que amuralla a mi corazón; con el regalo de ser una familia de tres mujeres suficientes?

Tengo mucho que agradecerle a la vida por ese pago al contado que fue como haberme sacado la lotería: me reconectó conmigo misma.  Puedo dejar morir la esperanza, si hace falta. Y recobrarla, todas las veces. No necesito desperdiciar mis significados ni amarrarme a ellos.  Amo cada uno de mis fracasos. Los números rojos son de sangre, de estar viva.


10 comentarios

Es oficial, Miranda.

Mi amigo Jim, que tiene 71 años y que ha sido uno de mis mentores, solía decirme que la gente tendría más éxito y menos estrés laboral si tuviera claro que, en la vida, uno tendrá dos carreras. A veces, más. La primera es la que decidimos con lo que sabemos a los 18, la segunda nos la presenta la vida y resulta, tan sorprendente como irreversible.

Cerré esta semana pensando en eso. Hace 10 días pasé por uno de los momentos más difíciles de mi vida como adulto. Mi jefa me hizo lo que se conoce como una chingadera monumental, que fue el culmen de una serie de actitudes de bullying y acoso, racismo, y, en general, un desprecio por el género humano. Documenté la chingadera monumental y se lo hice saber a mi jefa. Me ignoró. Empecé a investigar y me enteré que ella no era mi jefa directa sino una consultora, mi jefe era un funcionario. Así que le escribí a ese jefe diciéndole que había un problema y me dio una cita. Expuse el caso, me dijo que yo era la sexta persona que se quejaba, pero como todo el mundo sacaba adelante el trabajo, suponían que era un asunto de choque de personalidades y ya.  Insistí. Yo no quería sacar nada adelante mientras crecieran las condiciones que me desprotegían, y no solo a mí: también a mis compañeros. Entonces el jefe acudió a su jefe. Repetí mi postura; que yo no quería ser parte de una situación de abuso. Que renunciaba. El jefazo me aplicó el:

-We don’t want to lose you.

Y yo me le quedé viendo con cara de “esmérese, y no sea choro”. Me preguntó si estaba dispuesta a considerar quedarme si hubiera un puesto disponible para mi. Le dije que yo criaba personalmente a mis hijas, que tengo muchos requisitos de horario; que lo iba a pensar. El jefazo me contactó esa misma tarde, con indicaciones de una entrevista en el suburbio contiguo al mío. Me presenté a la entrevista. Recité mis requisitos, resultó que no fueron problema. Me contaron del puesto, del sueldo. Pensé en mi amigo Jim. Y dije que sí.

Así que el jueves me incorporé como miembro del cuartel de la policía de la zona para mi periodo de entrenamiento como Community Service Officer (CSO). CSO es un auxiliar de policía, digamos. Mi trabajo es prevención del delito, mantener -en lo cotidiano- el orden y la paz en la comunidad. Acepté porque no involucra armas de fuego ni potestad para arrestar, que en Estados Unidos, en este contexto, es la posición más ordenada y pacífica que puede haber. Hay que saber hacer de todo: desde multar al malnacido que se estaciona en las rampas y espacios para discapacitados hasta describir un accidente de tránsito ante las aseguradoras y abogados, saber cerrar o redirigir las vías de acceso, resguardar evidencias en caso de investigaciones, entre muchas otras funciones.

La parte que más me causó entusiasmo fue saber que, como parte del entrenamiento, tengo que pasar por una serie de desarrollo de habilidades y protocolos. Tendré que tomar capacitación de captura de huellas digitales, manejo de vehículos en alta velocidad, resucitación cardio-pulmonar, primeros auxilios, geografía urbana, código penal. Me quedé con los ojos enormes. ¿Yo? ¡¿Yo?! Tendré que usar un ipad especial, una navaja, un radiotransmisor. Y aprenderme miles de claves porque 10-7: aguanten, que voy a comer; 2669-D vehículo abandonado, ya dimos parte; 10-4, sale pues, cambio y fuera. El cuartel es subterráneo, debajo de una biblioteca. Sí, tiene una entrada como de baticueva. Me asignaron una camioneta todo terreno. También tengo que aprender a manejar un cochecito para monitorear los estacionamientos, mismo que anda a 40 km por hora y si uno no tiene cuidado, se voltea. Y tengo que hacer pesas y entrenar. Mi estatura también fue un motivo de que me llamaran, vaya vínculo con mi post anterior. Cuando me den el uniforme, subiré una foto. Se la enseñaré a mi yo de 18. Quiero ver su cara.

Cuando salí de mi segundo día de trabajo llegué a la casa, me di un baño, me tomé una media cerveza que me supo a coro celestial, me puse un vestido y quise cocinar. Por oposición, después de una jornada en botas industriales, grasa de auto, patrullas y órdenes entre rangos, mi lado femenino estaba más receptivo y satisfecho que nunca. El equilibrio le sentó bien a mi mundo interior, el balance es una carrera en sí misma. Orden y paz, por dentro: he trabajado ahí desde siempre.

Yo tampoco quería perderme. Pero perdiéndome, aprendí a detectar las condiciones que me hacen mal. Entonces, tocando fondo, solo me restó abrir mi corazón a lo que viniera. Cuando elegí rendirme, recibí una vida nueva. Y un chaleco anti-balas.


12 comentarios

El panqué infinito

Desayuné bien, acoto. De manera que, así de entrada, mi acto no tenía mucha justificación, salvo que eran las once de la mañana y esa hora siempre tomo un café. La oficina estaba tranquila; una compañera, un compañero, la jefa en camino porque tendría una junta con un funcionario del gobierno. Ya tenía mi café en el termo, solo me hacía falta el panquecito que había empacado en la casa. Lo desenvolví de la servilleta, lo mordí. Oí un ruido a unos metros de mi. ¡Chin! alguien viene. En vez de apurar el paso hacia mi lugar o de avispar los tímpanos, reaccioné hábilmente: en el mismo segundo me quedé quieta y me zampé el panqué.

Tocaron a la puerta. Calculé que si mis pasos y mi maxilar se sincronizaban, para cuando atravesara el  pasillo, podría abrir sin comida en la boca. Mi horror comenzó cuando volvieron a tocar, yo había caminado catorce pasos con su respectivo masticar y el bolo alimenticio no daba muestras de disminuir. Mi pericia fue memorable: abrí la puerta y, con los cachetes inflados, intenté pronunciar “Buenas tardes, ¿en qué puedo ayudarle?” pero solo me salieron unos sonidos que provenían de mi nariz y de mi epiglotis mientras me daba cuenta que la persona que tenía enfrente era el gobernador, que venía a la junta con mi jefa.

El gobernador me saludó, me preguntó si mi jefa ya había llegado. Extendí la mano, sonreí en silencio, negué con la cabeza. Como el gobernador es un hombre sin complicaciones, ahí mismo en el umbral, empezó a hacerme plática. Mastica, Miranda, Mastica. Y, debajo del inglés sureño de mi interlocutor, yo escuchaba a mi mamá insistirme en que acábate toda la comida, y yo repelar: es que la carne tiene nervio. Pues ándale. Y ese dale que dale de la infancia, de esos bocados donde uno acababa mostrando el nudo del bistec; una calle cerrada. El gobernador continuaba su monólogo. Yo estaba engarrotada y sin poder emitir el más universal de todos los mjms. Aproveché que -me han dicho- gesticulo mucho al hablar. El hombre no me conocía, pero supuse que se vería natural que yo asintiera con el ceño y pelara los ojos, a modo de retroalimentación a su plática. Yo no sabía que mi nuca tuviera tanta capacidad de diálogo. En el inter, por más que mastiqué, casualísima o descarada, seguía con las mejillas atiborradas de harina integral y pasas, picando piedra dentro de mi boca, sin avanzar ni un milimetro en el a ver a qué horas me termino este panqué infinito.

Mi compañera de trabajo escuchó voces y fue a ver qué ocurría. Cuando me vio como ardilla sordomuda, una caricatura de cuello y ojos, y reconoció al gobernador, lo entretuvo en lo que yo me hacía escasa. Eso sí, como pude, pedí permiso para retirarme; en detrimento de mi brillo en sociedad, mi “con permiso” se oyó como pujido. Me encerré en el baño. Mastiqué dejando la quijada en ello, entre frases motivacionales y chigadamadre variadas. Cuando terminé tenía el cachete agotado, calor, shock hiperglucémico y mucha, mucha risa. Me recompuse.

Volví al encuentro con el gobernador. Usé mi voz de radio, y la chispa en el ombligo que se siente al caminar con tacones. El rímel subrayó mi intención.

– Miranda Locadelamaceta, Don Gobernador. Muy buenos días.

Pude ver cómo un signo de interrogación se imprimía sobre su calva. Sí, soy la misma persona. No tengo un problema con eso. ¿Y usted?

Mi jefa apareció a los cuantos segundos, ella y el gobernador se fueron a su junta. El café y la paz conmigo me supieron buenísimos. A lo mejor fue porque ya no necesito sostener apariencias, ni justificar; quizás fue que la vergüenza no tiene lugar en esta etapa de mi vida.


2 comentarios

Desde Primero B

Otra vez, él.

– ¿Ahora qué quieres?

Tanto le urgía nuestra atención y, con la misma tenacidad, tan rutinaria era nuestra indiferencia que no previmos su oferta:

– Si me ayudan, les enseño el pito.

Nos quedamos sin onomatopeyas y eso que eran nuestra especialidad en esa época. A Gabriela le brillaron los ojos y dijo rápido que sí, en nombre de todas. Ni dio tiempo de ponderar las consecuencias;  además, y era muy tarde para retractarnos: estaba echado el grillete de la curiosidad.

Pero pasaron varios días de ayuda incondicional (a mí me tocó prestar la goma que no manchaba, para contribuir a la causa), y nada de promesa retribuida.  La tensión crecía. ¡Anda tú, eres puro cuento!

– ¡De veras! – nos insistía- Es más: si me comparten de su comida, les enseño el pito más veces.

Su oferta de exposición indecente se conviritó en orapronobis y ahí íbamos de taradas a convidarle de nuestra torta y a creerle, como si fuera sacerdote. Nada que cumplía. El cuchicheo generaba sospechas, nos aumentaron la carga de trabajo y la supervisión. La tensión crecía. Elpitoelpitoelpitoelpito, trabalenguaba Gabriela, a media voz.

-¡Cállate! ¡Nos van a expulsar! – atajábamos, a ver si regañándola, distraiamos el hambre y el hecho de que nadie en nuestra mesa -excepto Gabriela- sabía qué era un pito. Y no solo eso: sabía (no me explico cómo) que la solución a la falta de resultados era tirar un lápiz al suelo, en simultáneo, y convertir el pordebajo de la mesa en coliseo. Un, dos, tres minutos sin supervisión. Los lápices como bombas aéreas, el órale, no te hagas: ahora nos cumples. La tensión crecía, se sentía hasta en los chicles secos. Nadie nos expulsó.

Él asistió a la cita. Fue como la soñó y, más adelante, relató a sus descendientes: hordas de admiradoras reunidas en torno a su falo. Escribo aquí para dejar constancia de los hechos tal como acontecieron. Sí, asistió a la cita. No hubo tal reunión porque el ¿otra vez, tú? de la autoridad lo interceptó en el momento que se llevaba las manos al uniforme; y del susto, respingó y tuvo que dejar la cueva de su éxito para explicar por qué no había entregado sus trabajos en semanas anteriores y qué se traía entre manos. A pesar de las muchas veces que afirmó, por escrito, que su mamá lo mimaba, lloró mucho, el pobre, cuando lo mandaron a la dirección.

Cuando volvió de estar castigado, estaba todo chapeado de tanto llorar y decía que le dolía la cabeza. Su perfil en Facebook me llevó a pensar que, si hubiera podido, entonces como ahora, habría pedido un analgésico a cambio de enseñar los calzones o sus alrededores; una estrategia inusual en un niño de primero de primaria, pero casi del diario entre adultos, en solidaridad. Si le di “like” a su versión de este relato no fue para apoyar su grandilocuencia ni su falta de palabra. Yo llevaba 32 años queriéndole preguntar si se le había quitado el dolor, veo que no. Les digo que era mucha la tensión.

Gabriela fue reubicada en Primero A.