Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, llaves, y otras plantas de interior.


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Una casa, 10.

Intrínseca en el español mexicano hay una manera de ver toda las cosas en el cosmos, pequeñas o grandes, como si fueran sagradas y estuvieran vivas. 

— Sandra Cisneros.

¡Mira nada más! Búsquete y búsquete, olvidada me tienes, como hilacho viejo. ¿Dónde andas?, ¿a dónde te fuiste?

Aunque agarres camino, yo sé cómo llamarte con tortillas palmeadas y el olor de huevo frito en manteca de cerdo, y café. ¿O unas enchiladitas? Huevo de gallina de patio, no vayas a creer que del supermercado. Es lo bonito: comer y decir, al final, «ya comimos». ¿Más bonito? Cantar los boleros del radio, y oír los partidos del futbol en amplitud modulada, siguiéndolos en la mente desde la tribuna junto a la bocina, gritar con el gol, que el cotorro te remede y luego se ría. Antes la gente cantaba más, en general. Y cuando se bañaba, uy, se tomaba su tiempo; no como ahora que nadie canta en la regadera, a lo mucho se dan dos que tres pasadas ahí donde te conté, y vámonos. El mundo era otro. No que ahora, ni se puede salir. ¡Válgame! Vive uno con el Jesús en la boca por tanto desfiguro, puras visiones que lo dejan a uno afectado y descompuesto. Y, en honor a la verdad, hay que decir las cosas como son: todo es culpa de la perdición, y no se diga los políticos. A esos hay que quemarlos en leña verde y ponerles un chayote de supositorio ¡y vieras cómo se componían de rápido!

Siempre sí queda retirado ese lugar a donde te desapareces cuando piensas las cosas. Se me figura que es lejecitos, que no hay quien te socorra ni se dé una vuelta para ver si amaneciste. Y está bien, así es como crece uno. Te llamo y a veces me dejas hablando sola. Y cuando me contestas es poquito, bendito, pero yo ni me acongojo. Sé que volverás. Por eso todas las mañanas salgo a barrer la banqueta. De tanto soñarla, ya hasta le hiciste un surco y por ahí baja el agua cuando llueve. Sí le dejo las hojas de liquidámbar, para que las pises y crujan con su quiúbole ocre en pedacitos. Quiero que quede bien chula, que la encuentres sin los sobres abiertos de las noches transcurridas.  Ladra el mentado animal del vecino, ¡anda tú, perro laberintoso!, y sigo barriendo.

Has de volver, volver, volver. Y cuando vengas, ¡se va a poner bueno el jolgorio! Traerás la cabeza trastocada de metas por cumplir, como si estrenaras ser una persona nueva. Sale, pues. ¡Puro Velrosita!  Déjame enseñarte que nada aparece de la nada, y cómo funciona la providencia: te señalaré, con estos ojos que un día se comerán los gusanos, cómo traes bien prendido a ti eso que es lo tuyo, lo tuyo, lo que nadie puede darte ni quitarte. Y lo bailado, lo estudiado, y las frases en español que le ponen cara y voz a escenas muy antiguas, como cimientos de ésta: tu casa del alma. Está muy bien que te retraigas y medites. Que, como quien dice, cada cual se ocupe de lo suyo, de su trastienda, de su parcelita de intenciones. Aquí siempre estás a buen resguardo y siempre son horas de llegar. Eres bienvenida, como si regresaras por primera vez.

No le eché llave al zaguán.


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Cosmopolita

Soy de quien pienso cuando tomo café y abro los ojos. De quien traduce mis desmadres en metáforas de fútbol; de quien me reconcilia con la vergüenza de mis calcetines agujerados de lo que no supe ver hace tres duelos. Soy de quien atiza el anafre de la carne asada mientras alarga la hora y media que me queda antes de irme al aeropuerto. De quien tomo del brazo en las calles empedradas de lo cotidiano, de quien sí me regresa las plumas Bic y los suéteres. Soy de quien le importa que sea de noche y aún no llegue a la casa. De quien se ríe con mesura cuando el metro me frena el aplomo. De quien no se edita, de quien no necesita mentirme porque confía -y acierta- en que podré enfrentar la verdad. Soy de quien se sabe mi nombre, en todas sus versiones, pero resiste la tentación de estereotiparme. De quien se ahorra las profecías y las permuta por semillas, cuando me escucha, cuando no me ayudo. De quien no me regala un cumplido sin mérito, aunque lo añore. De quien me da su palabra y me hace dueña honoraria de una biblioteca de coincidencias.

La lista es larga, tan prolongada como el abismo que hay entre ser de alguien como acto exhibido de posesión y ser de alguien por voluntad, con ganas y gusto, porque sí y qué bien. Seguro ustedes ya lo sabían. Yo, en cambio, tuve que venir a escribir al respecto, apenas lo voy aprendiendo y me emociona. Quise enseñarles mi apunte porque ¿ven este corazón en el mapa? Es el mío. Soy de mi gente querida, de quien amo y me ama. Soy ciudadana de ese mundo, ya no necesito migrar. Pertenezco.


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Pies de aeropuerto III

A modo de tradición de sala de espera, Miranda suele escribir un textito en los aeropuertos. Esta es la tercera entrega de la serie «Pies de aeropuerto». Los otros dos textos están compilados en «Usted & la Canción Mixteca».

Fila de la fila, tan larga que llega hasta donde nacen todos los válgames. En la revisión, la oficial de los rayos X quiere ir al baño, pero no llega el que la releva en el turno; revisa lento y de malas, porque ya le punza la vejiga.  Se acaban las bandejas de vaciar el contenido de los bolsillos y enmarcar las computadoras portátiles, escasean la paciencia y el pudor de estar sin cinturón, sin teléfono, sin zapatos, sin chal. Es fin de semana feriado. Todos los niños de dos años dicen que no, a coro.  También se escanean las dudas de perder la conexión.

Caminar, correr, textear. En todos los casos:  hay que volar hacia la sala para volar hacia el destino. El calzado reflexiona sobre esa paradoja y sobre el mármol. Y justo cuando se ha encontrado un tomacorriente junto a un asiento frente al ventanal, con disposición de sobrellevar la hora y media de retraso del vuelo, y dos párrafos, es momento de abordar.  Los pies de aeropuerto no avanzan, conceden.


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De Luna y Converse

¿Quién eres? ¿Por qué estar contigo es como una montaña rusa de emociones?

Explicamos, conversando:

Cuando nos rompen el corazón, asentimos y bordamos en punto de cruz. Con karma, ni hablar.

Cuando enfurecemos, vamos de nómadas con turbantes en caravanas de me deshabito y no volteo hacia atrás.

Cuando rojas, divisamos lo erguible, lo que sabe salado. Y en el punto más alto del deseo, visitamos todas las ruinas de lo que no supimos retener. Y la sangre siempre es frente a una tumba.

Cuando reímos, hay un aquelarre en la garganta y una muda resistiendo a deshilacharse.

Cuando lloramos, nos filtramos por la coladera, partidas en julianas. Y se apagan los faros.

Cuando decimos que sí, nos quitamos el apellido.

Cuando decimos que no, es no y pausa.

Cuando decimos «no sé», coloreamos una carta del tarot.

Nuestros cuándos ocurren por episodios sinfónicos, y mareas.

Somos las hijas de la desdentada que no espera a nadie.

Somos hermanas de la friki con mundo propio.

Somos la misma persona, una y fragmentada, por episodios instantáneos.

Somos las que enamoramos, por locas. Y a las que repudian, por locas.

Ajusta el cinturón de seguridad, pero no tengas miedo.

Nuestra vida se divide antes y después de aceptarnos así, como un punto en lo oscuro que brilla.

Somos magníficas compañeras de viaje.

Somos lunáticas.


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Epifanía

Mujer a punto de entrar al consultorio de su terapeuta, cargando una canasta llena de pétalos blancos, de margarita. Paciente experta en reunir predicciones: «le importo-le soy indiferente, me amó-nunca me quiso, hay un futuro-no quiere comprometerse, me respeta-le valgo madres» y sus etcéteras variantes. Mujer talladora de historias escritas por capítulos según el pulso de los pétalos, queriendo descifrarlos para ver si les saca algo que no sean opuestos y dualidades; la misma mujer que, si alguien halla motivos para lapidarla, convierte los pétalos de su canasta en piedras y las provee, como municiones.

Mujer que tiene cita a las cuatro porque un mediodía de julio, en una estación de policía y sin prólogo, escudriñó un pétalo caído en una conversación.  «Qué raro-pensó-. Debe de haber un error», pues visto de cerca, el pétalo no contenía información sobre el porvenir, ni sobre el otro, como siempre pareció. Solo decía: «me quiero». La conversación prosiguió y cayó otro pétalo: «no me quiero».

Mujer a punto de entrar al consultorio de su terapeuta, como tantas veces, a las cuatro. En esta ocasión, la canasta no fungirá como expediente: será ofrenda. Los pétalos que la dividían serán lanzados por la ventana, los transeúntes nunca sabrán de qué se trató aquella lluvia de guiones pálidos. Es un día de celebración, una fiesta. ¡Respuestas a las preguntas! LA pregunta: ¿qué será de esa mujer, aquí y ahora, allá y entonces?

¿Queriéndose? Lo que ella quiera.

La respuesta es una flor iridiscente, de un solo pétalo. La llamo Epifanía.

(Gracias Mixtli, por el diálogo)


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Redimensionando

No me acuerdo a los cuántos años alcancé esta estatura, pero habrá sido alrededor de los 18. Todavía iba en la universidad cuando me caché con los pantalones de brinca charcos. Me pareció una vergüenza existencial -no porque fuera la gran cosa sino porque en esa época se acostumbraba rematar las afirmaciones con algún tipo de subrayado filosófico-. No me di cuenta. Crecí por alguna fuerza de la naturaleza, sin mérito. Yo creo que, por eso, hasta hace poco caí en la cuenta de que soy alta.

Me he descubierto grandota. Un metro con setenta y seis centímetros, con sus huesos, desmesuras y ya vine, correspondientes. Creo que en mi proceso personal, ese ha sido el cambio más notorio: dejar de habitar la raya entre sentirme diminuta e invisible, viviendo en la sombrita. Tampoco tengo mérito en ello, he tenido crecer eligiendo enfrentar lo que me duele y lo que me abruma, negociando con no saber qué será de mi futuro, dándome permiso de apreciarme y de ser apreciada. Ser grande, en mis términos. Apenas voy emparejando el tamaño del lugar que ocupo con ocuparlo, de hecho. La sombrita quedó atrás; ahora puedo lidiar con mi sombra, ya no siento que mi silueta esté desfasada con mi tamaño por cargar sobre los hombros lo que no me toca o por achaparrarme.

Las redimensiones han andado desatadas, no se miden. Justo cuando empecé a instalarme en esta nueva identidad, Victoria Luminosa dio el estirón. Un día me saludó con un abrazo y casi me caigo tacleada por el peso de su estatura a los trece; ella, del tamaño del número que era mío. Mini Dancing Queen, a los once, me llega a la barbilla. Es decir, estoy a nada de ser la más diminuta de mi casa, otra vez. No sé qué me depara lo que viene, pero sí sé qué haré con esa disparidad de metros y centímetros, y sus metáforas. No me resistiré: la naturaleza tirará de mis hijas y las elevará hacia alturas o miradores o adjetivos que rebasarán los míos, como yo lo hice con mi madre y ella con la suya; les quedará el reto de descubrir si estatura, tamaño y lugar son lo mismo, con respecto a quién, para qué. Me restará agarrarme fuerte ante esos saludos impetuosos de mis hijas más altas que yo, ser compañera y no señora tras bambalinas, escribir, seguir mi ruta que sigue siendo inciertísima y definida; descalza o en tacones, ante mi propio reflector, con el valor del aprecio: he de seguir creciendo.


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Narrar los cambios.

Tiene mucho que no escribo. Preciso: no escribo como antes. Me he releído, se me nota. Mis textos ya no traen ese lenguaje a señas del miedo encriptado. Ya no son columnas de humo de la resignación, ni denuncias disfrazadas de asombro por lo cotidiano.  Por fin puedo decir lo que quiero. Mi bitácora puede abandonar el hubiera y dedicarse a ser textos presentes, como el anuncio de “si hay tortillas” o el “hoy no se fía”.

Pero no escribo desde hace mucho. Corrijo: no escribo para después, porque falta un montón. Por eso cuando me llega la inspiración, la despacho. Le digo que vaya a visitar a los que tienen un contrato firmado con una editorial, o a los becarios del  FONCA. Me encuentra haciendo hojas de cálculo y contando, manualmente, quince mil boletos de una rifa: el tiempo que me queda lo uso para llevar a mis hijas al parque o para doblar ropa, no estoy produciendo nada citable o vendible ni ostentable.

De esos textos que yo solía generar, escribo poco, aislada, casi por goteo; en la hoja, me refiero. Descubrí otro matiz de mi creatividad: escribo trabajando, desmarcándome de mi propia obsolescencia; escribo eligiendo a qué y a quién le doy mi imaginación. Escribo amando, y qué bueno que no me pinta el bolígrafo cuando me surge alguna expectativa. Escribo cuidando mi cuerpo, cachondeándome y hallándome sentidos. Escribo haciendo conversación, preguntando: “usted, ¿cómo llegó hasta aquí?”. Escribo al aire, operando una cabina de radio y desdoblándome en versiones funcionales de mi atarantamiento. De esos textos, escribo bastante. De eso se ha tratado esta época.

No es que necesitara explicar por qué cambié. Quise hacerlo, nomás. Escribir no es sinónimo de inscribir y dejar inmóvil; al contrario, escribir es narrar los cambios. Por eso relato que tiene mucho que no escribo. Postdateo: no escribo como primer o último recurso para ser vista. ¡Y qué bueno!  Al aceptarme invisible, irrelevante, deliciosamente común, puedo escribir viviendo. Y esa historia, entre todo lo que he creado y creído, me gusta más para adoptarla como estilo.