Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, llaves, y otras plantas de interior.


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Una casa, 9.

Entre todas las añoranzas, la de querer conocer una casa por dentro es tremenda.

Y es que las casas se aparecen de repente aunque lleven cincuenta años en esa calle. Brotan a la vista como si el contorno de su techo y sus muros estuviera delineado por un marcador grueso. Miraesacasa, una sola palabra, unidad de atención.

Las de historias que uno inventa a partir de ese brote: quiénes la viven, qué fantasmas acechan, las instantáneas de las fiestas, el primer día de habitarla, el último. La de detalles especulados: ¿habrá jabones verdes con grietas?, ¿hay helechos como en todas las películas antiguas?, ¿alguien le hacía al macramé?, ¿han hecho el Test de Rorschach en las manchas de aceite de la cochera?, ¿alguna vez tuvo filtro en la tarja o una mesita para el botellón?, ¿la escalera se percudió por el roce?, el tendedero ¿era de mecate o de alambre?, ¿en qué habitaciones quedan residuos ilustres de semen? (¿y de sangre?), ¿tiene eco?, ¿tiene pileta de granito?

Y las puertas y rejas cerradas, porque la casa está siendo casa y resguardando a su gente de las inclemencias del clima y de los otros. Y los relatos que uno se inventa crecen con el paso de los pasos y los semáforos. Qué ganas ir a sonar el timbre: oiga, ¿puedo entrar a conocer su casa? Diga que sí, ándele. Es que vengo por aquí todos los días desde hace años y me muero de la curiosidad de ver cómo es, no sabe usted, no se imagina lo que yo imagino, ya es como una película que tengo en la cabeza, es parte de mi vida, esta añoranza sólo se me quitará entrando. La respuesta será siempre: no. Son tiempos tristes y violentos, éstos.

Miraesacasa. Y la resignación a admirarla de lejos, con carrusel de imágenes hipotéticas como el único recorrido por las habitaciones. Como la mujer o el hombre que no puedes dejar de ver, pero ni sabe que existes.

Está en la glorieta. Y tiene una jacaranda.

Suspiro.


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Cosmopolita

Soy de quien pienso cuando tomo café y abro los ojos. De quien traduce mis desmadres en metáforas de fútbol; de quien me reconcilia con la vergüenza de mis calcetines agujerados de lo que no supe ver hace tres duelos. Soy de quien atiza el anafre de la carne asada mientras alarga la hora y media que me queda antes de irme al aeropuerto. De quien tomo del brazo en las calles empedradas de lo cotidiano, de quien sí me regresa las plumas Bic y los suéteres. Soy de quien le importa que sea de noche y aún no llegue a la casa. De quien se ríe con mesura cuando el metro me frena el aplomo. De quien no se edita, de quien no necesita mentirme porque confía -y acierta- en que podré enfrentar la verdad. Soy de quien se sabe mi nombre, en todas sus versiones, pero resiste la tentación de estereotiparme. De quien se ahorra las profecías y las permuta por semillas, cuando me escucha, cuando no me ayudo. De quien no me regala un cumplido sin mérito, aunque lo añore. De quien me da su palabra y me hace dueña honoraria de una biblioteca de coincidencias.

La lista es larga, tan prolongada como el abismo que hay entre ser de alguien como acto exhibido de posesión y ser de alguien por voluntad, con ganas y gusto, porque sí y qué bien. Seguro ustedes ya lo sabían. Yo, en cambio, tuve que venir a escribir al respecto, apenas lo voy aprendiendo y me emociona. Quise enseñarles mi apunte porque ¿ven este corazón en el mapa? Es el mío. Soy de mi gente querida, de quien amo y me ama. Soy ciudadana de ese mundo, ya no necesito migrar. Pertenezco.


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Muy en alto

Mi abuelito pasaba muchas horas solo en su casa. Se rasuraba, se peinaba con Wildroot, se ponía loción, guardaba su pañuelo de tela en el bolsillo, besaba la foto de mi abuelita, se persignaba y se sentaba en su sala a esperar a que diera la hora de la comida. Entonces salía a la fonda de la esquina de su casa donde lo recibía la señora de delantal de cuadritos, y la hija, y la nieta le llevaba las tortillas calientes en un tortillero de unicel. En la fonda platicaba con El Ingeniero, otro comensal; hablaban de béisbol hasta que dieran las cuatro y los oficinistas -El Ingeniero, entre ellos- volvían a trabajar y mi abuelito, a su casa, a leer el periódico. Cuando terminaba, se sentaba en su sala a esperar a que fuera la hora del noticiero. Al terminar Zabudovsky, se dormía. A las tres de la mañana, el insomnio le sacudía la cama y se quedaba despierto, viendo al techo, hasta que amanecía y se paraba al baño a hacer su aseo, rasurarse y continuar con la secuencia del día anterior, como había hecho durante los últimos veinte años, desde que quedara viudo.

Cuando le dio por contar sus vitaminas (es decir: vaciar el contenido del frasco, tomarse la pastilla e inventariar las restantes), lo inscribieron en unas actividades para adultos mayores en un centro del INAPAM, que estaba por sus rumbos. Fue a dar todo perfumado y peinado hacia atrás al encuentro con otros viejitos. Supongo que le sentó de maravilla porque, de pronto, empecé a oír mucho barullo en torno a él. Que si tomaba una clase de repujado, que si algunos compañeros, muy marrulleros, olvidaban a conveniencia la puntuación en el dominó, que si unas muchachas -de 80 años- movían las muñecas en modo sugestivo en el calentamiento de la clase de yoga, que si les habían servido chicharrón en salsa verde para el menú del día y estaba muy bueno porque no picaba mucho. También noté que tenía otra postura, caminaba más derecho. No quedaba nada de sus hombros caídos y su ver al suelo, de la rigidez de su cuello de patíbulo. Fue, quizás, el cambio más notorio, donde se le notaba el bienestar: levantaba la cabeza. Había salido de su inmediatez; le ganó a la abrumación, a la circunstancia, a las noches en negro, al peso de la ausencia, al vacío de la viudez y de la jubilación, de los años que se le iban acabando, a llenar el tiempo con algo, aunque fuera el aire de su sala. Me gusta recordarlo así, vivo. Que si no lo venció la vida, menos lo venció la muerte.

Al levantar la cabeza, afirmamos que estamos vivos, y desde ahí se construyen el presente, la presencia, el seguir adelante. Por eso, es curioso que la silueta de la derrota y la de una persona conectada al mundo mediante un aparato en la palma de su mano sean la misma. No lo digo yo, lo sugiere la viejita que seré, guiñándome desde el salón de tejido del centro para ancianos donde asistiré. Le muestro cómo guardé mi teléfono para no llenar vacíos y decidí conectarme de verdad. Se ríe como me río de gozo; me dice que esa decisión hizo toda la diferencia en mi futuro. Trae una tiara invisible, muy en alto.


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De triadas y estambre

Tejo —iniciaba aquel post de 2009, durante la epidemia de influenza—, y con esa afirmación en presente de me lazo, me deslizo por una horca miniatura y emerjo como pilar de estambre, elaboré 100 cuadritos de 17 puntos de ancho por 7 líneas de altura y me hice una colcha que me enorgulleció en medio del tedio y la incertidumbre, y me arropó en el calorón de abril, cuando el miedo a la muerte nos privó, colectivamente, de los abrazos.

Tejo —continúo en un post de 2015, el último viernes antes de que empiece el otoño—, sabiendo que con el cambio de estación suele venir mi estado más melancólico, menos burbujeante, reservado, saturnino. Con la misma puntada que me acompañó durante el encierro estoy elaborando un camino de mesa: irá, longitudinal, de orilla a orilla de mi comedor, como adorno. 34 cuadritos. Me ayudará a no perder el rumbo, a urdirme entre mis hilos visibles e invisibles. Y a acariciar lo que puedo hacer en el mundo, que puede ser bueno y bello, aunque a veces se me olvide.

Tejo, pues. Es absolutamente irrelevante. Lo comparto porque uno tiene sus verbos, sus logros y sus logros verbalizados. Son una triada casi mística, creo; para cuando ejecutamos la acción, ya pasamos por el espectro de la inmovilidad; cuando manifestamos el logro, ya tuvimos que pactar con lo que podemos, lo que ignoramos y lo que esperamos; cuando lo hacemos público, ya sacudimos nuestro lugar en el mundo. Casi mística, digo, porque ante los retos superados o por superar, nos conectamos con la posibilidad de ser más grandes que nosotros mismos, pero también, en la misma proporción, la triada nos muestra qué nos rompe, qué nos sacude, qué nos asecha y abruma. Qué frágiles somos.

Tejo. Como todo lo irrelevante, tiene algo de vital.


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De Luna y Converse

¿Quién eres? ¿Por qué estar contigo es como una montaña rusa de emociones?

Explicamos, conversando:

Cuando nos rompen el corazón, asentimos y bordamos en punto de cruz. Con karma, ni hablar.

Cuando enfurecemos, vamos de nómadas con turbantes en caravanas de me deshabito y no volteo hacia atrás.

Cuando rojas, divisamos lo erguible, lo que sabe salado. Y en el punto más alto del deseo, visitamos todas las ruinas de lo que no supimos retener. Y la sangre siempre es frente a una tumba.

Cuando reímos, hay un aquelarre en la garganta y una muda resistiendo a deshilacharse.

Cuando lloramos, nos filtramos por la coladera, partidas en julianas. Y se apagan los faros.

Cuando decimos que sí, nos quitamos el apellido.

Cuando decimos que no, es no y pausa.

Cuando decimos «no sé», coloreamos una carta del tarot.

Nuestros cuándos ocurren por episodios sinfónicos, y mareas.

Somos las hijas de la desdentada que no espera a nadie.

Somos hermanas de la friki con mundo propio.

Somos la misma persona, una y fragmentada, por episodios instantáneos.

Somos las que enamoramos, por locas. Y a las que repudian, por locas.

Ajusta el cinturón de seguridad, pero no tengas miedo.

Nuestra vida se divide antes y después de aceptarnos así, como un punto en lo oscuro que brilla.

Somos magníficas compañeras de viaje.

Somos lunáticas.


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Forever young

Mientras más años vivo en el extranjero, más admiro a quien sabe cuándo salirse de la raya al colorear.

Mientras más años paso escribiendo, más me gustan los jardines japoneses y los huacales llenos de naranjas de cáscara lisa.

Mientras más años pasan sin saber qué va a pasar, más aspiro globos de helio para recitar poesía.

Mientras más años caben en el pastel, más me rodeo de personas invencibles que muestran dónde les duele.

Mientras más años anidan en mi cadera, más domingos invierto en abrazar y leer y en guardar nada.

Mientras más años cumplo, más sensual me parece la serenidad que no precisa de publicista.

Mientras más años llevo sangrando, más me calzo mis botas de combate y plancho los manteles oyendo valses de Strauss.

Mientras más años vierto sobre el amor, más tenues son mis susurros antes de beber café.

Mientras más años pago impuestos, más hermosas me parecen las artesanías huicholes y las fondas de las esquinas.

Mientras más años habito en esta tierra, más confío en mi locura y menos en mi epitafio.


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Epifanía

Mujer a punto de entrar al consultorio de su terapeuta, cargando una canasta llena de pétalos blancos, de margarita. Paciente experta en reunir predicciones: «le importo-le soy indiferente, me amó-nunca me quiso, hay un futuro-no quiere comprometerse, me respeta-le valgo madres» y sus etcéteras variantes. Mujer talladora de historias escritas por capítulos según el pulso de los pétalos, queriendo descifrarlos para ver si les saca algo que no sean opuestos y dualidades; la misma mujer que, si alguien halla motivos para lapidarla, convierte los pétalos de su canasta en piedras y las provee, como municiones.

Mujer que tiene cita a las cuatro porque un mediodía de julio, en una estación de policía y sin prólogo, escudriñó un pétalo caído en una conversación.  «Qué raro-pensó-. Debe de haber un error», pues visto de cerca, el pétalo no contenía información sobre el porvenir, ni sobre el otro, como siempre pareció. Solo decía: «me quiero». La conversación prosiguió y cayó otro pétalo: «no me quiero».

Mujer a punto de entrar al consultorio de su terapeuta, como tantas veces, a las cuatro. En esta ocasión, la canasta no fungirá como expediente: será ofrenda. Los pétalos que la dividían serán lanzados por la ventana, los transeúntes nunca sabrán de qué se trató aquella lluvia de guiones pálidos. Es un día de celebración, una fiesta. ¡Respuestas a las preguntas! LA pregunta: ¿qué será de esa mujer, aquí y ahora, allá y entonces?

¿Queriéndose? Lo que ella quiera.

La respuesta es una flor iridiscente, de un solo pétalo. La llamo Epifanía.

(Gracias Mixtli, por el diálogo)