Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, y otras plantas de interior.


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Entre paréntesis

Hay un paréntesis entre el date una tregua y el no claudiques. Es bien sabido que a los paréntesis les cabe mucho, pero resisten poco. Hacen buenas bolsas del mandado de comentarios al margen, no tienen madera para dique.

Cuando los míos se desbordan de cansancio están hechos de palabras que le ponen sonido a la sombrita donde quiero hacer la siesta y donde las otras palabras adultas y propias no alcanzan a llegar. Palabras que piden ser parte de un texto o subrayadas en algún libro sienten nostalgia de renglón e imprenta, o alguien las dijo y sonreí, o están en el purgatorio de significados hasta que vuelvan a ser como el jabón neutro o el vaso de agua al volver de caminar, o vayan ustedes a saber; en el cansancio no hay quién atienda el departamento de averiguaciones previas.

Sólo fueron cientos de familias, me digo. Una fila de cuatro horas de espera. Y no sé si soy menos joven que antes o hacía calor y se cayó el sistema y nos dio la angustia colectiva. Hoy toca igual. Qué semana tan pesada, ¿pues cuántos días tiene? (pamplinas, presbiterio, lirio palio, cassette, anda tú, basilisco, orzar, salmuera, chotuno, insignias, emulsión, lánguido, su merced, órale, borrasca, irremisible, chincual, vos, macerar, tesón, limonero, friso).


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Serenidad

Es el cuerpo hecho casa en donde habita la serenidad. Vuelvo después de pasear mi cuerpo envuelto en el papel celofán de las teorías y a través de los vínculos, nombrando: desregulado, aterido, hipervigilante, detonadores, apuntando bien con el índice y los conceptos.

Mi recuerdo de ese viaje fue concluir que saber en papel no es saber en la piel.

Por eso, quizás, dije «basta» y me convertí en piedra y círculo y me hice agua. Y, confiando en la desmemoria, fui dejando tiradas las palabras grandes. Me quedé con las que me caben en la bolsa y en la mano: tocar, sentir, estar, respirar.

Ahora parece que salgo menos, que no me dejo ver. Desde aquí, es curioso, las ventanas están abiertas. En esta casa hecha cuerpo al fin estamos tranquilas, aprendiendo a confiar otra vez, comenzando por consultarnos a quién y cómo queremos tener cerca, qué sentimos con cada presencia, qué podemos cambiar, qué no.

Así que si te invito a mi casa en un abrazo, ten la certeza ciertísima de que vengo en paz de son.

Y si no te invito más, también.


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Ojos de Asombro

La adultez ha convertido mis córneas en una máquina de calcular riesgos y de ponderar promesas. El desencanto ha puesto mi iris en el florero del dejarás pasar lo que no es para ti. El trabajo ha multiplicado mi parpadear según la agenda de los objetivos; ahora sé caminar por rumbos donde el paisaje es tan austero como estrecho: pero llego a tiempo. El dinero me ha enseñado a preguntar el cuánto cuesta de las cosas y saber decirles que sí o que no según frunza el ceño con el precio. La edad me ha aflojado la fe ciega en los símbolos cristianos y en los símbolos, en general, que dividen entre unos y otros.

Y cada año, por un rato —casi siempre en las mañanas, cuando todavía está oscuro y voy a tomar mi café de seguir siendo adulto— las luces del árbol de navidad renuevan mis ojos de asombro. Pequeñitas, puntillistas, seriadas, cándidas, guiñantes que me desacomodan la seriedad, el sistema de medidas de la valía, el creer que sé algo, la prisa. Brillan. Hay luz atravesando las ramas y las esferas y los adornos con historia. ¡Mira! ¡Todavía!

Recibo de la vida ese regalo de navidad, a pesar de las canas.

O justo por ellas.


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De mí para ustedes

Tengo el gusto de ofrecer a ustedes y al otoño mi cosecha de este año: la presentación de mi nuevo libro y el lanzamiento de la editorial North Road Press.

Como siempre, como propongo, será un evento en pequeño y con quienes realmente quieran estar. Si es de su interés, pueden solicitar el enlace o el libro (o ambos) en mlocadelamaceta@gmail.com ¡Me encantará saber de ustedes! ¿Cómo han estado?

Gracias adelantadas por apoyar la publicación independiente y, sobre todo, por tantos años de coincidir. Ustedes son el sentido de estos esfuerzos. Los significados, por supuesto, son labor colectiva. Por eso: ojalá puedan asistir.

¡Un abrazo de letras desde California!

M.

Algunos comentarios sobre el libro:

Los mejores libros vuelan a tus manos cuando más los necesitas. Todas las letras de “De Renuncias y Huesos Salvajes” se leen con atención y se sienten desde el corazón. Como una plática entre buenas amigas la voz de Michelle es un bálsamo, comparte, abraza e ilumina el camino. — Adriana Martínez

Michelle Remond tiene la capacidad de conectar con sus lectores a partir del uso de la transferencia lingüística, encaminándonos por el valle de los significados y por la geografía de los sentimientos. Cada historia guarda un dejo de identidad con cualquiera de nosotros. —Themis Garza


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Magia para transitar de agosto a diciembre

Identifico el Norte y lo saludo con una inclinación de cabeza. Para sostener la mirada de la verdad cuando la tenga enfrente, para frenar cuando me lastime el zapato, para disolver los obstáculos que imagino; para encontrar mi rumbo entre la multitud, cuando me abrume la competencia, si me roban las ideas, si acaso voy a donde no haya un mapa trazado.

Identifico el Sur y lo señalo tocando mi ombligo. Para aceptar la invitación del placer cuando se haga presente. Para aburrir a la vergüenza, para darme permiso de decir que no, gracias; para encontrar mi risa ente las caras largas, cuando olvide que alguna vez fui amada, si quiero huir, si acaso me separo de mi cuerpo por creer que soy lo que pienso.

Identifico el Este y lo bendigo a través del olmo. Para tomar la secuencia de los días cuando amanecen, para cantar frente a lo sagrado, para pulir los bordes de mis torpezas; para encontrar mi voz entre los comienzos, cuando confunda el término con los finales, si me persigue el abandono, si acaso deseo morir al dormir y no despertar.

Identifico al Oeste y lo llamo con un suspiro. Para desabotonar las capas que me cubrirán conforme vaya creciendo. Para asirme cuando sienta vértigo, para confiar en extraños y propios que estereotipo; para encontrar el encanto entre los contratiempos, cuando sostenga un llavero de puertas que desconozco, si dudo de mí como sólo yo, si acaso lloro y se escucha mi eco.

Soy de rituales y de preguntarme cómo llegar.


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Una casa, 9.

Entre todas las añoranzas, la de querer conocer una casa por dentro es tremenda.

Y es que las casas se aparecen de repente aunque lleven cincuenta años en esa calle. Brotan a la vista como si el contorno de su techo y sus muros estuviera delineado por un marcador grueso. Miraesacasa, una sola palabra, unidad de atención.

Las de historias que uno inventa a partir de ese brote: quiénes la viven, qué fantasmas acechan, las instantáneas de las fiestas, el primer día de habitarla, el último. La de detalles especulados: ¿habrá jabones verdes con grietas?, ¿hay helechos como en todas las películas antiguas?, ¿alguien le hacía al macramé?, ¿han hecho el Test de Rorschach en las manchas de aceite de la cochera?, ¿alguna vez tuvo filtro en la tarja o una mesita para el botellón?, ¿la escalera se percudió por el roce?, el tendedero ¿era de mecate o de alambre?, ¿en qué habitaciones quedan residuos ilustres de semen? (¿y de sangre?), ¿tiene eco?, ¿tiene pileta de granito?

Y las puertas y rejas cerradas, porque la casa está siendo casa y resguardando a su gente de las inclemencias del clima y de los otros. Y los relatos que uno se inventa crecen con el paso de los pasos y los semáforos. Qué ganas ir a sonar el timbre: oiga, ¿puedo entrar a conocer su casa? Diga que sí, ándele. Es que vengo por aquí todos los días desde hace años y me muero de la curiosidad de ver cómo es, no sabe usted, no se imagina lo que yo imagino, ya es como una película que tengo en la cabeza, es parte de mi vida, esta añoranza sólo se me quitará entrando. La respuesta será siempre: no. Son tiempos tristes y violentos, éstos.

Miraesacasa. Y la resignación a admirarla de lejos, con carrusel de imágenes hipotéticas como el único recorrido por las habitaciones. Como la mujer o el hombre que no puedes dejar de ver, pero ni sabe que existes.

Está en la glorieta. Y tiene una jacaranda.

Suspiro.


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Cosmopolita

Soy de quien pienso cuando tomo café y abro los ojos. De quien traduce mis desmadres en metáforas de fútbol; de quien me reconcilia con la vergüenza de mis calcetines agujerados de lo que no supe ver hace tres duelos. Soy de quien atiza el anafre de la carne asada mientras alarga la hora y media que me queda antes de irme al aeropuerto. De quien tomo del brazo en las calles empedradas de lo cotidiano, de quien sí me regresa las plumas Bic y los suéteres. Soy de quien le importa que sea de noche y aún no llegue a la casa. De quien se ríe con mesura cuando el metro me frena el aplomo. De quien no se edita, de quien no necesita mentirme porque confía -y acierta- en que podré enfrentar la verdad. Soy de quien se sabe mi nombre, en todas sus versiones, pero resiste la tentación de estereotiparme. De quien se ahorra las profecías y las permuta por semillas, cuando me escucha, cuando no me ayudo. De quien no me regala un cumplido sin mérito, aunque lo añore. De quien me da su palabra y me hace dueña honoraria de una biblioteca de coincidencias.

La lista es larga, tan prolongada como el abismo que hay entre ser de alguien como acto exhibido de posesión y ser de alguien por voluntad, con ganas y gusto, porque sí y qué bien. Seguro ustedes ya lo sabían. Yo, en cambio, tuve que venir a escribir al respecto, apenas lo voy aprendiendo y me emociona. Quise enseñarles mi apunte porque ¿ven este corazón en el mapa? Es el mío. Soy de mi gente querida, de quien amo y me ama. Soy ciudadana de ese mundo, ya no necesito migrar. Pertenezco.


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Forever young

Mientras más años vivo en el extranjero, más admiro a quien sabe cuándo salirse de la raya al colorear.

Mientras más años paso escribiendo, más me gustan los jardines japoneses y los huacales llenos de naranjas de cáscara lisa.

Mientras más años pasan sin saber qué va a pasar, más aspiro globos de helio para recitar poesía.

Mientras más años caben en el pastel, más me rodeo de personas invencibles que muestran dónde les duele.

Mientras más años anidan en mi cadera, más domingos invierto en abrazar y leer y en guardar nada.

Mientras más años cumplo, más sensual me parece la serenidad que no precisa de publicista.

Mientras más años llevo sangrando, más me calzo mis botas de combate y plancho los manteles oyendo valses de Strauss.

Mientras más años vierto sobre el amor, más tenues son mis susurros antes de beber café.

Mientras más años pago impuestos, más hermosas me parecen las artesanías huicholes y las fondas de las esquinas.

Mientras más años habito en esta tierra, más confío en mi locura y menos en mi epitafio.