Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, llaves, y otras plantas de interior.


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Epifanía

Mujer a punto de entrar al consultorio de su terapeuta, cargando una canasta llena de pétalos blancos, de margarita. Paciente experta en reunir predicciones: «le importo-le soy indiferente, me amó-nunca me quiso, hay un futuro-no quiere comprometerse, me respeta-le valgo madres» y sus etcéteras variantes. Mujer talladora de historias escritas por capítulos según el pulso de los pétalos, queriendo descifrarlos para ver si les saca algo que no sean opuestos y dualidades; la misma mujer que, si alguien halla motivos para lapidarla, convierte los pétalos de su canasta en piedras y las provee, como municiones.

Mujer que tiene cita a las cuatro porque un mediodía de julio, en una estación de policía y sin prólogo, escudriñó un pétalo caído en una conversación.  «Qué raro-pensó-. Debe de haber un error», pues visto de cerca, el pétalo no contenía información sobre el porvenir, ni sobre el otro, como siempre pareció. Solo decía: «me quiero». La conversación prosiguió y cayó otro pétalo: «no me quiero».

Mujer a punto de entrar al consultorio de su terapeuta, como tantas veces, a las cuatro. En esta ocasión, la canasta no fungirá como expediente: será ofrenda. Los pétalos que la dividían serán lanzados por la ventana, los transeúntes nunca sabrán de qué se trató aquella lluvia de guiones pálidos. Es un día de celebración, una fiesta. ¡Respuestas a las preguntas! LA pregunta: ¿qué será de esa mujer, aquí y ahora, allá y entonces?

¿Queriéndose? Lo que ella quiera.

La respuesta es una flor iridiscente, de un solo pétalo. La llamo Epifanía.

(Gracias Mixtli, por el diálogo)


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Redimensionando

No me acuerdo a los cuántos años alcancé esta estatura, pero habrá sido alrededor de los 18. Todavía iba en la universidad cuando me caché con los pantalones de brinca charcos. Me pareció una vergüenza existencial -no porque fuera la gran cosa sino porque en esa época se acostumbraba rematar las afirmaciones con algún tipo de subrayado filosófico-. No me di cuenta. Crecí por alguna fuerza de la naturaleza, sin mérito. Yo creo que, por eso, hasta hace poco caí en la cuenta de que soy alta.

Me he descubierto grandota. Un metro con setenta y seis centímetros, con sus huesos, desmesuras y ya vine, correspondientes. Creo que en mi proceso personal, ese ha sido el cambio más notorio: dejar de habitar la raya entre sentirme diminuta e invisible, viviendo en la sombrita. Tampoco tengo mérito en ello, he tenido crecer eligiendo enfrentar lo que me duele y lo que me abruma, negociando con no saber qué será de mi futuro, dándome permiso de apreciarme y de ser apreciada. Ser grande, en mis términos. Apenas voy emparejando el tamaño del lugar que ocupo con ocuparlo, de hecho. La sombrita quedó atrás; ahora puedo lidiar con mi sombra, ya no siento que mi silueta esté desfasada con mi tamaño por cargar sobre los hombros lo que no me toca o por achaparrarme.

Las redimensiones han andado desatadas, no se miden. Justo cuando empecé a instalarme en esta nueva identidad, Victoria Luminosa dio el estirón. Un día me saludó con un abrazo y casi me caigo tacleada por el peso de su estatura a los trece; ella, del tamaño del número que era mío. Mini Dancing Queen, a los once, me llega a la barbilla. Es decir, estoy a nada de ser la más diminuta de mi casa, otra vez. No sé qué me depara lo que viene, pero sí sé qué haré con esa disparidad de metros y centímetros, y sus metáforas. No me resistiré: la naturaleza tirará de mis hijas y las elevará hacia alturas o miradores o adjetivos que rebasarán los míos, como yo lo hice con mi madre y ella con la suya; les quedará el reto de descubrir si estatura, tamaño y lugar son lo mismo, con respecto a quién, para qué. Me restará agarrarme fuerte ante esos saludos impetuosos de mis hijas más altas que yo, ser compañera y no señora tras bambalinas, escribir, seguir mi ruta que sigue siendo inciertísima y definida; descalza o en tacones, ante mi propio reflector, con el valor del aprecio: he de seguir creciendo.


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De sorbos y fantasmas

Ah, ¡cómo le daba vueltas al asunto! Luego, en aras de hallarle sentido a la transparencia, cerraba los ojos, arrugaba la nariz y anunciaba:

– Está de la fruta, pero predomina el higo.

Aunque no iba al grano, como tal, entintaba:

– Contundente y, a la vez, rústico. Como las violetas.

Era un místico.

– Descaradamente impío. ¡Para los dioses!

Era mi turno. Como ya estábamos de ambiente y así es esto de las transiciones, invertí un suspiro, traduje:

– Gozne sin aceitar, esquina de la escalera de casa de mi bisabuela con toques de trastienda de tintorería, sopa de habas, pegamento seco. Y vanilla.

El sommelier de renombre que había viajado de Francia hacia California para esa cata de licores y toda la mesa me regalaron una mirada que conozco bien y que fue un péndulo entre:

– Loca de la ¿qué?

y, dado el contexto:

– ¿Está usted borracha o así es, naturalita que no sabe aspirar, ni beber ni pertenecer?

Yo, en toda la noche, solo había tomado medio sorbo de coñac. Por toda respuesta, me reí hasta evaporarme; fui volando por mis hijas, volví a casa, me quité los tacones, me serví una leche con chocolate. ¿Cuándo serás cool, Miranda, y tomarás whisky adjetivado como los adultos? ¿Cuándo dejarás de avergonzar a los que te rodean con tus niñerías?

Por un momentito vi venir que el señor Sommelier y las personas de esa mesa se sumarían al coro que traigo en la cabeza y que me desaprueba con su preguntas. Ahuyenté los fantasmas haciendo muchos ruidos con el popote, aspirando a libar de una fuente donde los estereotipos cuelguen su disfraz en el recibidor y las catas sean a besos añejados en la intimidad. Y perdiendo la razón que, embotellada, no sabe igual.

No es necesario darle vueltas. ¿Para cuándo? Nunca.


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De moliendas

Alguien me quiso halagar diciéndome que mi actitud entusiasta parecía infinita y me sentí un poco mal de aceptarle el cumplido sin acotar que hay dos situaciones donde no solo mi entusiasmo se termina de sopetón, sino que, además, me desmoralizo penosamente: el café en grano y las puertas cerradas.

Hasta hace poco, en mi mundo-mundito, el café era un polvo marrón que anidaba en el filtro de la cafetera y producía un líquido que me despertaba; si lo tomaba en exceso, bailaba tap con agruras, y ya:  nunca se me oyó usar palabras como “tostado”, “arábiga” o “cafetal”. Como siempre lo he tomado con leche, el aroma y el cuerpo del café me daban igual; el café en grano me interrumpía el puente entre el bote en mi alacena y el sorbo por la mañana, de modo que decidí evitarlo. Donde hubiera café en grano, yo me daba la vuelta.

Me ocurría igual con las puertas cerradas. Donde hubiera una, la rodeaba, tanteaba preposiciones, me quejaba con la recepcionista, volvía mañana, le rezaba a San Cerrajero, esperaba a que un tornado reventara los goznes. Nunca abrí las puertas por mí misma porque no sabía cómo hacer girar la perilla: a veces a favor, a veces negociando con las vueltas del cerrojo; desandando la llave. O tocando, chingá. Tocando. Ábranme. Llegué.

La semana pasada tuve muchísimo trabajo y mis niveles de cansancio permearon tan hondo que hasta mi diccionario bostezaba, me urgía un café. Fui a la cocina de mi oficina. Hallé todos los bártulos para prepararme uno, y una bolsa de café en grano. No hagas puchero, Miranda: ve al cuarto de suministros a buscar si hay una opción alternativa. (Mi laxitud era tal que hubiera besado al Nescafésapo). ¡Zás! La puerta cerrada. Mundo, mundito el mío. Qué sueño. Qué ganas de llorar.

Una de mis compañeras pasaba por ahí, buscando con qué conjurar el sopor de la tarde. De un estante sacó un objeto similar a una licuadora, pero más sofisticada. Echó los granos del café como si fueran canicas  y presionó un botón.Quitó la tapa y esparció el polvo en el filtro; la cafetera ronroneó, percolando. El asombro se me ha de haber mezclado con las ojeras y con trazo del delineador tallado de válgame. Habrá sido por eso que mi compañera me invitó a servirme primero. Después de probar ese café, recién molido, todas las puertas de mi mente, de mi oficina y del quédate quietecita, no aspires a más, se abrieron. ¡Vaya que desperté! Desde ese día, en mi diccionario, la definición de Molino de Café es sinónimo de Llave Maestra.

Le recibo el cumplido porque con ese mismo entusiasmo acepto, igualmente, mi inutilidad.


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Perspectiva

Entrada para la bitácora-

El oleaje trajo: una automovilista que, por discutir con el GPS, se metió en el carril del trolebús, cuatro láminas de triplay y medio kilo de clavos, unos zapatos morados llenos de lama, un celular olvidado en la playa, un rehilete con vocación de catarina, incisos para deshebrar lo comprensible, unos monstruos que echan el chal tomando café cuando ataca lo incomprensible, una presa y preguntas, un monje carolingio, una llave, la leyenda de unos dedos perdidos a machetazos por amor, sílabas en hebreo, una empanada de moras que estaba buenísima. Y cómo pasar del “no hagas olas, horizonte” a la onomatopeya del arrullo. 

El prisma de ver a lo lejos, desde muchas facetas, sigue señalando dónde empieza la costa. En esa misma orilla, el mar y la playa continúan besándose por el gusto de existir en el mismo planeta, expandiéndose, contrayéndose, revolviendo lo que hay con lo que vino con lo que habrá y puede haber. Desde aquí, todo sereno.

Un día operaré un faro.


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De oficina porque sí

Hasta hace algunas semanas, mi apellido bien pudo haber sido Locadelamaceta Odio Las Oficinas. Mi odio era legendario. Por supuesto, se debía a que alguna vez, cerca de mis 20 años y antes de que acabara el siglo XX, entré a mi primer trabajo formal. (Aunque yo trabajaba desde los 17, me enteré que ser reportera y dar notas como la reinauguración del Zoológico de Chapultepec no contaba con la formalidad necesaria para ser considerado un trabajo serio).  Yo no sabía que a la vida le gusta ponernos donde nos da más miedo.

Así fue cómo mi primer trabajo formal fue una agencia de relaciones públicas. Mi labor consistía en llamar a los medios de comunicación e invitarlos a cubrir nuestros eventos. Las triquiñuelas del oficio implicaban cortejar a los medios y atraerlos a que abrieran un espacio en su agenda, a sabiendas de que tenían otras cosas que hacer. A mí siempre me decían que uy no, a la primera. Y yo lloraba en el escritorio moqueando de la angustia porque mi madre me había dicho que no significaba no, y la sala de prensa estaría vacía. Fui conminada a seguir buscando una oficina donde pudiera trabajar sin que el número de soporte técnico fuera el de mi terapeuta.

Aterricé en una consultora donde tenía el puesto de “Creadora de Contenido” que, esencialmente, consistía en hacer presentaciones de Power Point para mi jefe. Era un trabajo predecible pero aburrido porque las diapositivas eran de estadísticas. Mi sub jefa era muy estricta con el código de vestido y no me dejaba parar de mi lugar si no traía el saco puesto, aunque ella se quitara los tacones y anduviera descalza con los pies como tamales envueltos en medias Foreva. La ambivalencia me motivó a añadirle aplausos y vítores a las diapositivas, mi jefe ni cuenta se dio. Empecé a sospechar que alguien se merendaba mis presentaciones y, cuando empecé a hacer preguntas, me cambiaron de área y me duplicaron el trabajo. Llegó un punto donde me subía al elevador y pensaba: “agrupar”, y mi máxima aspiración del día era pedir una torta cubana, esconderla en mi escritorio y darle beso furtivos, digo, mordidas.  (Ustedes saben que el idilio entre las tortas cubanas y yo es absoluto). No me podía poner el saco porque estaba lamparoso, entonces tenía que quedarme sentada y me daba sueño por la torta y confundía las estadísticas.

Cuatro oficinas más tarde, concluí que la oficina requería un tipo de herramientas sociales que yo no tenía, entre ellas, la charla de pausa de cafetera, la compra de productos por catálogo, la coexistencia con el horno de microondas, la juntitis, los tejemanejes entre equipos de trabajo, ser supervisada y el código de vestido. Mi conclusión coincidió con la época en la que empecé a dar clases. De aquí soy, me dije. Y en todas las fiestas con mis alumnos, yo cantaba las canciones de despecho con dedicatoria para las oficinas. No volveré.

Y no volví, ajúa.

Hace unas semanas me ofrecieron mi primer trabajo formal en California. Cuando supe que era en una oficina, ponderé. Mucho. Con reticencia y gruñido. Yo pensé que ya había cumplido con mi cuota de jugarretas. (Vida, ¿pues qué no lees mi bitácora?), pero no me quedó de otra. Me apersoné en la oficina vestida de colores y enfrentándome a la situación que me hizo sentirme inadecuada por tantos años; una de tantas, a la que más rencor le tuve. Usé un chal en vez de saco, dato que en California a nadie le interesa. Y cuando tuve que hablar por teléfono para invitar a los proveedores, usé mi voz de radio.    -Y cerré el contrato, obviamente.- Me tomé un café con mi jefa, a quien le aprendo cada nanosegundo, y pude reírme y trabajar con eficiencia porque tengo muchos años apasionándome por la comunicación. No necesité supervisión, solo un diálogo orientado a una meta.

Odié las oficinas porque estaban pobladas de un No que yo no podía manejar. Hoy descubro el poder de mi Sí, esa palabra que me da la mano y me sostiene, en serio. Una mala experiencia pudo haber sido solo inexperiencia, lo inadecuado de entonces puede ser valorado en otro contexto. Y claro que canto mal las rancheras sino ¿cómo voy a audicionar, un día, para vocalista de un grupo retro?

Lo que es para mí empieza donde hago terminar lo que me asusta.