Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, y otras plantas de interior.


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Circular

Todos los junios, cuando el cierre del ciclo escolar es inminente, difundo una circular entre mis contactos y confío en que la lean y, rápido, pasen la voz. Su respuesta a mi correo es amable dentro de las variaciones genéricas de un “Ok, gracias por la información”, pero no le dan seguimiento; atino a creer que es un volante más entre tantos que reciben con información para la comunidad. Entiendo, a veces así es: se triplicó la carga de trabajo por los recortes de personal y no se dan abasto para poner atención a lo relevante y a lo urgente.

Yo antes difundía la circular como parte de mi labor de comunicación en español hacia las familias migrantes y la mandaba a los contactos como parte de una lista de pendientes. Ahora lo hago desde una responsabilidad nueva que recién me asignaron: cuando supe cuál sería, ay nanita, temblé: la coordinadora de servicios para las familias que han perdido su vivienda

Canalizar a las personas hacia los servicios es fácil: hacer una entrevista de sondeo, evaluar las necesidades, llenar formularios, firmar autorizaciones, establecer fechas límites, registrar en una hoja de cálculo, lo complicado es oír la voz en shock de las madres y los padres porque no pueden creer que los echaron a la calle y no les dejaron sacar sus pertenencias o porque están viviendo con otra familia y son diez en un departamento o porque están durmiendo en el coche en el estacionamiento del Walmart o porque no hay trabajo, seño, dígame qué voy a hacer, dígame y yo lo hago, y preguntar cómo están los niños y que los padres —si están juntos, pues suele ser solo uno cargando todo el problema a cuestas— lloren desde la derrota.

Les fallé, seño, les fallé a mis hijos, me dicen. Me cuentan de quién está en la cárcel, a quién han deportado o está esperando la fecha del juicio, que no tienen para el cumpleaños del niño o la niña, que les da pavor morirse de algo y dejarlos a la deriva. Veo el expediente con las ausencias injustificadas, las notas de la maestra que observa fatiga o hambre crónica o las dos y ahora, mediante un par de formas, son familias clasificadas como pobres dentro de los pobres, marginadas dentro de las foráneas, invisibles dentro de un sistema que les pide dos comprobantes de domicilio fijo y una identificación con fotografía a donde quiera que vayan.

Más allá de los servicios, tengo el apremio de insistirles que es posible salir adelante. ¿De verdad? me dicen con los ojos, ¿usted qué sabe de no tener qué comer o dónde vivir? Y es cierto. Yo no sé cuánto se tarda salir de una situación de pérdida de vivienda, sólo sé ayudarles a llenar las formas y escuchar su historia.

Y otro dato:

Soy la bisnieta de una mujer que murió sintiendo que había fallado porque algo había en sus palabras finales —y en el cáncer— que llevaba el auto-reclamo de dejar a sus hijos en el desamparo, como ella estuvo sin casa y sin alimento alguna vez.  Mi abuela me contó esa historia y también me contó que, después de quedarse huérfana, tuvo que ir con su hermanita a formarse en el comedor para indigentes y dormir en la sala y en el suelo y en los cuartos de azotea de los familiares lejanos y conocidos que pudieron darles un lugar para quedarse un tiempo. Sé que, en medio del duelo y de todas sus carencias, mi abuela terminó su carrera de maestra y tuvo seis hijos profesionistas y que, por añadidura, le dio a mi mamá una vida distinta y que, gracias a ese comienzo, recibí la educación que me permitió llegar hasta este trabajo.

A diferencia de otros años, cuando llegó el momento de enviar la circular en este fin de cursos, la mandé a los albergues; ahora ellos presiden mi lista de contactos. Mi correo fue recibido con algarabía. La circular es un volante que ofrece desayunos y comidas gratuitas para menores de edad. No necesitan identificación ni dar explicaciones de nada, sólo tienen que presentarse a la cafetería de la escuela pública más cercana e ingerir ahí mismo los alimentos; pueden ir acompañados de un adulto o no. Le di «send» a la circular, pensando en mi abuela y en mi tía, que tenían 18 y 13 años cuando pasaron por ese capítulo de hambre y desalojo. Temblé más. Era circular en más de un sentido.

Hay seguir pasando la voz: la que lleva una buena noticia y la deposita en medio del sufrimiento. Ese también es un pan de cada día y un lugar donde resguardarse. Y es resistencia: la tinta que reescribe sobre cualquier estigma que dejen los sistemas. La historia es nuestra, no de un expediente. Lo sé hasta las entrañas. En junio. 

 

 


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El albergue

Pensé que sabía algo acerca de ser fuerte hasta que conocí esa risa. Estaba con una mamá y su hijo de 7 años*, ayudándoles a llenar la forma de solicitud de servicios para familias sin hogar. Mi pluma azul neceaba con tinta afónica y gruñí en lo que buscaba otro bolígrafo, si eché como cinco antes de salir de la oficina, me acuerdo, y seguía revolviendo sub-bolsas de la organización fallida. Volví a gruñir forzando la pluma contra un papel suelto. El niño rió y rieron sus dientes de enfrente. No se preocupe de nada, seño, me dijo la mamá riendo con los ojos de renglón y su español de sílabas calmadas.

Reí un poquito y pedí una pluma prestada en la oficina. Me urgía seguir llenando la forma. Esta familia había vivido con otras tres familias hacinadas en un departamento y en los baños de la estación de camiones y en un coche desvalijado. Era el primer día de clases. La secretaria trajo un desayuno escolar. El niño abrió la bolsa de las manzanas rebanadas y me retó a una competencia de quién comía más rápido. Volteé a ver a la mamá, nos pasó una servilleta. En lo que alargué la mano para tomar un trozo de manzana, el niño ganó el concurso. Con la panza llena, seguía riendo. Y su mamá, que mantenía los brazos cruzados alrededor de ella misma porque no tenía chal ni suéter, reía, sonreía, reía, acariciaba la cabeza de su hijo, y cualquier congoja reía con ellos. La forma les permitirá dormir en un albergue y que  el niño podrá asistir a la escuela todos los días. Recién me incorporé a estas funciones, además de mi trabajo usual.

Insisto: yo pensé que sabía algo de ser fuerte. O de pérdidas o de la fe o de historias de inmigrantes. Luego conocí esta risa que proviene de un lugar que toca y no suelta y ha sido como una aparición. Tengo que prepararme mucho para poder seguir los protocolos estatales de atención y de seguimiento de casos. Yo no estudié esto, la vida me trajo hasta aquí. En blanco, sí sé algo, lo único: el servicio activa una luz que conecta. Y con esa luz se amasa el alimento, se conjura la noche, se protege de la intemperie, se alivian las lágrimas, se arropa el cansancio. No es unilateral, es una transformación mutua. Ahí quiero quedarme a vivir para siempre.

*Algunos detalles de este caso son genéricos, por cuestiones de confidencialidad.


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De pasillo

—¿Cómo estás?

— Fue un acierto inscribirme en el grupo de principiantes. Éramos unos doce adultos metiendo la panza, en mallas y zapatillas, cumpliendo algún tipo de promesa personal. El maestro, otrora sílfide, amo decir otrora, bebía café como sorbiendo verdades. Y empezamos.

La clase fue justo igual que la de nivel intermedio: los mismos ejercicios, el mambo de mi mover el bote, las secuencias recitadas, pero más lento y desglosado y la vibra era de una torpeza entusiasta que cae muy bien los domingos por la mañana, y en la vida. Salí feliz, Pavlova recomenzadora, El lunes me dolía hasta el pelo.

**

Me tomé unos días y agarramos camino a Portland, Oregon, con dos propósitos:

a) ir a una librería que se auto-promociona como una ciudad de libros. Cinco pisos, libros nuevos y usados, todos los temas. Hasta encontré una antología de Cuentos Mexicanos, la de Alfaguara, y me ganó la vehemencia en voz alta al abrir la página en «Diles que no me maten». Cargué a la bolsa hasta donde pudieron mi brazo y la tarjeta de débito. Y lo que no alcancé a comprar, —como si alguna vez alcanzaran las horas, las quincenas, los libreros, los títulos que conducen a otros títulos— se quedó pendiente para otro viaje, o para la serendipia.

b) Hace 63 años mis abuelos llegaron a esta ciudad después de haber recorrido 2146 km en coche. Él venía a hacer una residencia médica. Ella tenía 40 días de haber parido a su segundo hijo, y una niña de un año 5 meses (mi mamá). Cuando yo pasé la nube espantosa de la depresión post-parto y de una angustia que me duró muchos años, mi abuela me contó de su tiempo en este lugar: sola, huérfana, recién parida, inmigrante, sin ayuda, en un lugar donde llovía todo el día. Quise ir a esa ciudad a tomar la foto afuera del hospital, dos generaciones después, para mandársela a mi abuela y a decirle que su fortaleza no pasó desapercibida y su sufrimiento tampoco. Muchas de la victorias de las familias ocurren dentro de las casas, sin diplomas. Igual ocurre con las heridas, sin bálsamo en el botiquín. Hayan sido tristezas grandes o logros cotidianos: los veo. Y los nombro.

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Este otoño estaré inmersa en actividades de mi trabajo relacionadas con  los glosarios de género y su impacto en el bienestar socio-emocional de los estudiantes, las medidas para detectar posibles víctimas de trata (lloro), la supervisión de la versión en español de los materiales de campaña para prevenir adicciones. A veces comunicar tiene que ver menos con el mensaje y más con dar elementos para dialogar y cuidar. Voy a andar atareadísima.

Y tú, ¿cómo estás?


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Ay.

Quizás fueron las anestesias epidurales o el descuido en la postura al echar la ropa a la secadora. O haber subido pisos y pisos con bolsas del supermercado o haberme gastado la cuota de peso iliaco durante el kínder —y ya entrada la primaria— de mis hijas. O los varios dueños de la silla de mi oficina o los rituales simbólicos de cortar con algunos patrones de mis antepasados. O la edad, por supuesto: camino como si hubiera envejecido cuarenta años en una semana. Tengo forma de L.

He mirado el dolor físico con cierta curiosidad, cómo habla con frases largas e imágenes sostenidas presionando la urgencia y las alarmas de que algo no está bien, con qué ternura me muestra que el control es una ilusión. Cuando hay dolor sólo hay dolor, el resto sólo son modos de darle la vuelta hasta que vuelve a doler, crece la súplica: ayuda, alguien. Me es curioso, pensé que sabía algo de lo que duele por dentro.

Justo anoche tenía que impartir un taller de migración en una de nuestras escuelas. La amenaza de la presencia de ICE en el norte de California está alborotando el pánico en las familias, tengo que repasar con ellas la información para que conozcan y ejerzan sus derechos. Durante la hora y media que duró la plática me recargué, intermitente, contra una mesa y pude disimular, sin mucho alivio, que no podía con la espalda. Terminé el taller hilando entre dientes todas las groserías que me sé hasta formar una soga con nudos para avanzar a rastras de mí jurándome que hoy iría al médico.

A punto de terminar la sesión, cuando ya estábamos guardando el material, un hombre levantó la mano.

—Disculpe, ¿y si hay una redada en mi trabajo?

Habíamos cubierto el tema a lo largo de la plática y, por un momento, me extrañó la pregunta. Ese señor había estado presente desde el inicio, me constaba. Un tirón me punzó desde la cintura hasta la rodilla, la mesa me sostuvo poco. El señor me preguntó con los ojos si lo había escuchado. Sí, señor: claro que lo escuché. Y usted, ¿puso atención?

Conforme se vació el lugar y se fueron yendo las personas, sólo quedamos él y yo, uno frente a otro. Y me di cuenta que, en vez de sentarse en las gradas, el señor había estado de pie y cargando a un bebé dormido durante los 90 minutos que duró la plática.

—Disculpe, ¿y si hay una redada en mi trabajo?

Ninguno de los dos, a esas alturas del día, sentíamos las piernas. Ayuda, alguien.

Todo fuera como explicar un folleto o hacer una llamada al centro de salud. El señor se fue sabiendo qué hacer si la migra le cae a su chamba y y yo, en cuanto terminé el evento, programé una cita para las dos de la tarde, volví a casa, mañana se hizo hoy.

Cuánto, cuantísimo puede doler el dolor de otro ser humano.

Desde mi probable nervio pinchado no dejo de pensar en aquel hombre.  Hoy será un día de analgésicos. Quiero los que me permitirán moverme con libertad,  pero ninguno para apaciguarme el corazón apachurrado ni las ganas de llorar porque la súplica de ese señor, padre, migrante, indocumentado se coló, contundente, hasta el cuestionarme el hacia dónde de mi trabajo.

Cuando hay dolor sólo hay dolor pero también una oportunidad de conexión que involucra a las personas en modo indeleble y desafía el orden y da la fuerza para resistir tantito más y hasta más. Hay encuentros que, incluso, resignifican la profesión y devuelven la vitalidad, hace que se olviden los achaques y las frivolidades.

Claro que lo escuché, señor. No tiene idea qué tan hondo.