Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, y otras plantas de interior.


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Letras en Tiempos de Encierro 4

Cuéntanos* de las cosas más bonitas que haya visto en tus viajes:

Mi abuela, de 76 años entonces, iba todas las tardes a mi casa.  Yo era una mamá de 30 años, criando a dos niñas de 2 y 4 años. Había elegido dedicarme a criarlas y, entre el encierro, vivir de un solo sueldo, las demandas de la limpiadera y un montón de asuntos no resueltos conmigo misma, estaba deprimida. Entonces mi abuela no sólo iba a ayudarme con la cena y el baño de sus bisnietas: me administraba una medicina muy primitiva, que no fallaba: me contaba historias de sus propias batallas cuando era joven,  me dejaba llorar de desesperación mientras me acariciaba el pelo, me hablaba de los ciclos del dinero y de las oportunidades, me enseñaba a crear cosas bonitas con poco, donde yo sólo veía que algo faltaba y que “debería de”.

Yo casi no salía porque el mundo me atarantaba. No me quedaba la ropa, no quería encontrarme con nadie, no quería dar explicaciones. Sólo quería estar con mis hijas y con mi abuela. Pero ella, que lo suyo lo suyo siempre ha sido viajar, es tan de casa como de agarrar camino. Y un día quiso celebrar su cumpleaños en un paseo familiar. Osh. No, qué estrés. Y así, toda frágil, entre el sol y las calles empedradas y, de fondo, la Peña de Bernal, mi abuela —que es una viejita niña— encontró una fonda y se emocionó, porque hacía hambre y por sus ojos de asombro, naturales. ¡Vamos por un sope, ándale, vamos!

Los cinco pasos entre el ¡vamos! y la fonda me costaron trabajo, nunca he entendido bien por qué.  Nos sentamos en la mesa con el mantel de flores, ordenamos uno de requesón, uno de pollo, uno de frijoles. Y ese día comprendí que un sope puede sanar el alma. Será por las orillas pellizcadas. O por la crema saladita y el queso desmoronado y la salsa de molcajete y dosis de verdad. O por el jugo de naranja recién exprimido. Vayan ustedes a saber. Volví a sonreír.


 

Londres y yo nos enredamos en un abrazo frenético de reconocimiento, adoración y reclamo: te he estado esperando. Caminé como si el mundo fuera a acabarse pasado mañana, bebiéndome los edificios, las casas y el verdor en todas sus formas, tomando notas, escuchando con los seis sentidos, excitada, cómplice. Subí al double-decker, y sintiendo los estragos del cansancio de tanta líbido por esta ciudad, me entretuve contemplaba una maceta que pendía de un farol y que me quedaba justo enfrente, en el segundo piso del autobús. Estaba preciosa, coloridísima.

Desvié la vista y noté que, desde la calle, un muchacho observaba cómo me estaba enamorando de las flores. Nuestras miradas se encontraron y él me mandó un beso con la mano.  El autobús avanzó y yo me quedé alborotada de todas las partes de la vida.

 

*El tema fue sugerencia de mi queridísima Themis Maya. ¡Un abrazote, Themis!

 

 


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Letras Para Tiempos de Encierro 3

Cuéntanos.*

Él y yo tuvimos una relación a distancia durante casi 3 años. Cada quien vivía en un país distinto. A veces me preguntaba a mí misma si la relación era real. ¿Cómo podría serlo? Las relaciones sólo son verdaderas cuando se nutren de lo cotidiano, cuando los defectos pierden la chapa de oro de la virtud que les atribuyó el enamoramiento. Cuando nos vemos las suelas de los zapatos y el interior de la plantilla y no hay asco sino sonrisa, entendimiento.

Pero, ¿cómo podía no ser real? El amor es el amor, el deseo es el deseo y a la combinación de amor y deseo no hay quién la detenga. Deja un tiradero característico, impulsa, motiva, aparecen listas de metas, hay proyectos como hijos,  a veces hijos —o hijas— que se van atesorando desde el nombre; un «hola, te quiero» bajito. Claro que era amor, y del de quedarse.

Vistas a profundidad, todas las relaciones son a distancia. Él, por ejemplo, vivía en un país donde había muchas más yo. O lo que yo le significaba. He de reconocerle el mérito creativo: a ninguna nos dijo lo mismo. Un país donde los hombros de él y el escote de ella(s) eran fotogénicos y donde la persona no es la arroba, pero sí es, pero no es. De fondo era cuestión de entenderle a la dinámica. Y relajarse. Y divertirse.

Yo, para ilustrar, vivía en un país donde el duelo es el idioma oficial. Podía ver, en cualquier circunstancia, lo que no hay, lo que no alcanza, lo que no funciona, lo que no es suficiente. Sentía una obligación continua de hablar acerca del dolor y de las pérdidas. He de reconocer mi mérito de fortaleza: perseveré, mantuve la esperanza. Le mostré que era posible reinventarse confiando en que habría provisión y avance; el duelo nunca es estático. De fondo era cuestión de exponer las carencias. Y trabajarlas. Y confiar.

Creo que sí fueron 3 años. Desde que supe que no fue real, decidí borrarla de mi memoria. No la relato en mi historia, no cuenta.  Nos abollamos el ego, no el corazón. Fue una fantasía, y ya.

Excepto por los abrazos cada vez que nos veíamos. Esos primeros minutos de tomar forma en persona, dejar caer las maletas, suspirarnos de esencia y lociónperfume, sanar todas las fracturas de los huesos y de las dudas. Un «somos» indiscutible, cultivado en horas y horas y horas previas de conversar como si la vida no hubiera puesto miles de kilómetros en medio, como si la vida y nosotros fuéramos cuates de destino.  Y cada vez que nos despedíamos: esos últimos instantes de arrebatarle prisa a los vuelos programados, asir las maletas, jóvenes, no estorben, esbozarnos la cara, la voz en la garganta seria, los besitos de ¿volveremos a vernos?, dejarnos ir como sólo se deja, libre, a quien se adora.  Un «somos» impractiquísimo, drenando las carteras en viajes y viajes y viajes que apenas sumaban treinta días juntos, como si la pérdida y la deslealtad no se hubieran desgañitado llamándonos y dejando mensajes con mayúsculas.

Tres años y 41 días.  Es de la incumbencia de nadie porqué no la relato ni la relataré más. Baste saber que ahora, cuando amo, me aseguro de vivir en el mismo país y mi tercer idioma es Contigo Aprendí. En lugar de hablar duelos, escucho las señales y me fijo bien. Real, y punto. Todo lo bueno que siguió provino de esa lección, el orden sabio, tierno, después del tiradero. Me siento agradecida.

Nada de margaritas. Si quieres saber si te quiere o no te quiere, pregúntale a un aeropuerto.

*Tema a sugerencia de Isabel Del Castillo. ¡Un abrazo, Isa!


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Botas de agujeta

Las mujeres de tobillos frágiles sabemos que nos preocupa tener que subir o bajar tres pisos de escaleras en tacones.

Las mujeres que no tenemos todas las respuestas sabemos que a veces confunde ir a fiestas donde las mesas se agrupan por parejas.

Las mujeres migrantes y las que vivimos solas sabemos que es abrumador estar en una reunión llena de gente que se conoce de años.

Las mujeres que viajamos a países donde matan a mujeres sabemos, tristes y sabias, de estar alertas, listas para huir y ponernos a salvo.

Por los motivos anteriormente expuestos y porque me fascina vestirme de enunciados que se complementan: fui a una fiesta a México y llevé un vestido con botas de agujeta. Subí y bajé corriendo la escalera, bailé en grupo con las personas que amo, me quité la abrumación abrazando y siendo abrazada, brinqué de desparpajo como si el mundo fuera justo.

Las botas parecieran un detalle sin importancia, una excentricidad victoriana de 32 centímetros. Y lo son. Salvo que me permitieron levantar la cabeza —algunas mujeres crecimos sintiéndonos avergonzadas y fuera de lugar—.  La pasé bomba.

 


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De tumbas, influencias y poder un día

El seguro del portón estaba suelto. Nunca había estado ahí. Físicamente, me refiero. En la imaginación había ido a ese momento y soñado con él y, a sabiendas de que implicaría un viaje largo e intrincado, dejé el anhelo para un día, cuando se pudiera. Varios grados bajo cero, mi vaho, las botas de nieve —moradas, a mitad de precio—, el letrero junto al portón: Cementerio de Sleepy Hollow.

Iba a visitar la tumba de un hombre que he amado como sólo se puede amar a los autores que acompañan en los momentos de pensar y en las horas de alquimia de la adolescencia. En la avidez de encontrar modelos de rebeldía, me lo topé de frente: Henry David Thoreau. Él caminaba hacia sí mismo con la certeza de que había más por vivir que las experiencias dictadas por las buenas costumbres, la tradición, el capitalismo, la religión y la erudición, confiando en que la plenitud era responsabilidad personal y siempre producto de cuestionar para qué obedecemos, a quién, desde dónde. Es literal: agarraba camino y echaba a andar, pensando. Habitaba más cerca de la Naturaleza que de las convenciones y, en su andar, me daba permiso de buscar mi camino justo en la época en que se me hizo saber exactamente qué se esperaba de mí: ser conservadora, linda, buena, feliz, motivo de orgullo.

Conforme fui queriendo saber más acerca de su historia me enteré que tenía una amiga en su círculo de escritores. Ella: Louisa May Alcott, enferma, endeudada y con un carácter fortísimo, le dio voz a las vivencias cotidianas, domésticas y, en ese asomarse al interior, le regalaría al mundo a Jo March, el personaje de una jovencita atrevida, franca, apasionada, mandona, creativa, leal a sus ideales: una heroína que, hace 150 años, igual podía disfrutar la ópera que competir con su vecino corriendo desbocada, y ganarse la vida como escritora. Cada vez que una generación de mujeres ha leído «Mujercitas»*, se refrenda la invitación a ir más allá de los estereotipos de la feminidad: si Jo pudo, nosotras también.

Para mí, saber que Thoreau y Louisa May (otro amor mío), tenían una amistad profunda e iban a caminar por las tardes y compartían sus escritos, fue un giro que me causó una algarabía tremenda. De pronto la influencia mutua se hizo notoria, pareciera que sus libros están dialogando entre sí igual que ellos dos por los senderos de Concord, Massachusetts. Cuando leí que sus tumbas estaban juntas en la misma colina me aloqué. No hay otro verbo.

La nieve estaba sin estrenar y las tumbas a unos doscientos metros del portón. Algunos trozos de hielo blanco caían con un salto seco desde las ramas por sol de la mañana. Cada paso era una declaración; escribo este y otros textos gratuitos en un escritorio con vista a un olmo. Ya no sé ni quiero saber vivir en ciudad. Lo austero me excita. No acepto imperativos y, vista por fuera, mi vida es un desmadre. Quiero amar y vivir con intención, que no me queden decisiones fuera del cernidor, que mi ser femenino y masculino estén en equilibrio, que me siga llamando la luz encendida de lo que ocurre dentro de las casas.

El día que fue me fue posible atravesar Estados Unidos e ir hasta el pueblito para visitar las tumbas de dos amigos junté mis manos cerca del corazón y, en compañía de mi familia reinventada, lejos de lo que alguna vez se esperó de mí y rumbo a donde el alma me lleve como mujer y como creadora, lloré el himno de mi juventud:

Me fui al bosque para enfrentar solo los hechos esenciales de la vida y ver si podía aprender lo que ella tenía que enseñar. Quise vivir profundamente y desechar todo aquello que no fuera vida…para no darme cuenta, en el momento de morir, que no había vivido. 

Todavía no me repongo.

(¡Foto!)

 

*Leer esta novela es una vivencia personalísima. Quienes ya la han leído —y releído— no requieren más descripción. Si tú, lector(a), no la conoces, quizás quieras leer el principio y llegar al capítulo 3. Un dato importante: fue publicado en 1868. ¿Qué piensas?