Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, llaves, y otras plantas de interior.


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Claridad

Antes las preguntas de querer saber escapaban de la boca y no alcanzaban a ponerse su traje de pertinencia o de todo tiene su lugar y su momento. Pocos decían: «deja de hacer preguntas», en cambio, las dejaban flotar hasta que se les acabara el aire aunque ocuparan todo el oxígeno del cuarto. Y las horas ¡qué largas eran!

Antes, en esa misma época de querer saberlo todo con urgencia, había cajas redondas de latón que alguna vez tuvieron galletas de mantequilla y, dentro de esas cajas, botones. Nadie cuestionaba qué fue de las galletas o por qué el envase y el contenido desafiaban la lógica. «Trae los botones» era una orden amable para distraer curiosidades, para que el aire fuera respirable de nuevo y las horas de visita o de lluvia se hicieran menos tediosas.

Las tías, las abuelitas, las primas grandes, las comadres, las parientes: todas tenían una caja de botones como embajadoras de la mercería itinerante y de la Providencia: tener a la mano el reemplazo de un botón perdido es un regalo del cielo precavido. Al abrir la tapa curaban la picazón de las preguntas con un bálsamo tan antiguo como la humanidad: contaban historias.  Y esas historias a través de los botones, es decir, de las prendas, de las modas, de los estilos personales y de los colores, se convertían en una manera de viajar, rompían el hechizo del encierro. Las horas, ¡qué cortas eran!

Hoy, cuando un tema o una pregunta no me dejan en paz, me basta con hacer sonar una caja de latón repleta de los botones que he adquirido en las tiendas de segunda mano y de telas, en las tintorerías y de mi propia ropa. Abro la caja con la reverencia del tesoro que es, así de ruidoso y diverso, y empiezo a ordenar mis pensamientos por tamaños o texturas, viajando, viajando hacia las ganas de contar, y me aclaro. No por sabia ni por alguna magia específica sino porque me trae recuerdos maravillosos. Me gusta ser mujer con una caja de botones, mía o heredada y la niña que fui se sigue deleitando en cada botón.

Pero no acepto distracciones ni cuentitos. Al abrir la caja también me transformo en botón de mi primavera interna, botón del teclado de mis impulsos o placeres, botón de abrazar situaciones incómodas y de abrazar el derecho a la información y a ir más allá de la apariencia. Sigo queriendo saber, impertinente, con impaciencia. Hoy voy tras el rastro de migajas de las galletas.


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Casa de Resonancia

Hace un año me mudé a esta casa. Cuando cerré la puerta de mi casa anterior, lo hice con cierto pesar y no por el cambio en sí: no sabía cómo iba a dejar atrás la pared con las marquitas de la estatura de la infancia de mis hijas.

Esta casa es mucho más grande, con los retos de limpieza y renta que eso implica. El ajuste en el presupuesto y otros sacrificios cotidianos tienen el propósito de quedarnos en la misma zona porque hace ocho años decidimos establecernos aquí porque un día, uuuuuufaltamuchísimo, las niñas iban a ir a esa preparatoria pública y con tantos premios de excelencia académica.

Ese día ya está siendo.

La casa y yo nos entendemos bien. Había estado vacía por meses porque es viejita, de acabados poco modernos. La he ido conociendo, falible y cansada. No me interrumpe cuando veo por los ventanales. Me ha ido dejando que le cuente de los temas que me inquietan, de mis rutinas. El olmo tira y tira hojas, y yo las barro y las barro. Vamos siendo una, mi casa y yo. Nos cuidamos de las inclemencias, nos vemos por dentro. Confiamos en el propósito de habernos habitado.

Y, desde esa misma conexión, mi casa y yo observamos que quizás ya no haya marcas de estatura en las paredes: ahora están por todas partes. Llegan siete amigas, se quedan a dormir tres, comen ocho, el volumen de la música es la llave, el refri y la alacena no tienen sosiego, lavo playeras como micrófonos de mensajes al mundo, sonrío ante la ropa interior  que dejó, radicalmente, de ser aniñada; exámenes, entregas, proyectos, bailes y el futuro que va haciéndose diáfano y luego, de pronto, inasible y misterioso a veces en la misma conversación o día o fin de semana. Sufrimiento, amenazas de masacre. Maquillaje. Siestas junto a mí. Consecuencias, normas, calificaciones, protestas, marchas. Drama, permisos. Más drama, más permisos. El atisbo de la universidad.

Ayúdame, casa. Nada de esto se parece a lo que viví, casa. No quiero verla llorar, casa. ¿Por qué les dejan tanta tarea, casa? Es una magnífica escuela, casa. Voy a ir a aventarle un zapato al maestro de Educación Física que las puso a correr bajo la lluvia, casa.  No me gusta esa amiga, casa. ¿Y ese muchachito, casa? ¿Crees que quieran ver esta película, casa? Las extraño de cuando eran chiquitas, casa. ¡Mira cómo han crecido, casa! Soy su chofer, casa. Café en una cocina a oscuras antes de que empiece el día, casa. ¡Pero si acabo de llenar la despensa, casa! Cae la noche, se oye el silbato del último tren, aquí tengo los celulares bien observados, casa. Otra vez se van a desvelar con tanta actividad, casa. Qué especial es la energía donde hay estudiantes, casa. Ven, vamos a dormir.

Recuerdo mi época de preparatoria y, como en las clases de dibujo técnico, puedo proyectar en perspectiva, vívidamente, un punto de entonces, a lo lejos, con uno de mí más adelante y con otro más hasta llegar a este día. Con la noción de que cada momento en la preparatoria hace eco en lo profundo, me doy cuenta. Me embelesa igual que haber descubierto la filosofía, a su edad. Me aterra peor que cuando no pude dejar de ver a través de la desesperanza. Me repito que eso, y la pregunta por el amor (¿dónde está? ¿por qué ellos sí y yo no? ¿cuándo? ¿quién?) está ocurriendo en la vida de mis hijas justo ahora y, por más que fuera planeada, no se parece en nada a la fantasía ni al domicilio de cómo sería esta etapa. Esta versión que atestiguo ha sido, más bien, repentina y cotidiana.

Dejé atrás esas marquitas en la pared y avancé hacia lo que se presentó. Hoy es igual, un día a la vez, resonando: ellas, rumbo su potencial (te las encomiendo, Vida) y yo, con toda mi atención en procurar y darle forma al dentro. Siendo, es decir, más casa que nunca.


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Encantos

La hoja de suavizante para secadora que huele a 20 metros de distancia.

El gorjeo del aceite al freír las milanesas empanizadas.

El alarido de los alumnos de secundaria cuando vieron entrar a su director con el tema de Darth Vader.

La ∑ en Excel para quienes se nos dificultan las sumas de llevar.

El vaso de café cuando sí le dejan suficiente espacio para ponerle leche o crema.

Las bolsas resellables con cierre que se desliza, color magenta.

Subir escaleras sin agitarse, así como si cualquier cosa.

La persona que vive en otro país y te está ayudando a buscar la tumba de tu tatarabuela.

Los diez minutos de contemplar, como idiota feliz, la respuesta del correo electrónico porque te contestó un escritor que admiras.

El atole, cuando el frío cala los huesos.

El espectro de adjetivos que produce el rocanrol en marimba.

La licencia vitalicia de ponerle papas fritas (o similares) a los sándwiches.

Los bolígrafos de 0.7mm, disponibles en seis colores.

El milagro multiplicador de que el dinero rinda usando el sistema de sobres.

El tic de los focos con falso contacto.

La ventana de ver el aplomo de los venados cuando pacen.

La torpeza de manos cuando dos personas se reconcilian. O se gustan. O se detonan crisis.

Hay días —y hasta épocas— que llevan el sentido en los detalles. Eso piden: tiempo, atención, presencia, ser enunciados. Nunca puedo abarcarlos del todo y qué a gusto . Me renuevan el asombro, me destierran las seriedad y la adultez.  Los encuentro encantadores.

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De tumbas, influencias y poder un día

El seguro del portón estaba suelto. Nunca había estado ahí. Físicamente, me refiero. En la imaginación había ido a ese momento y soñado con él y, a sabiendas de que implicaría un viaje largo e intrincado, dejé el anhelo para un día, cuando se pudiera. Varios grados bajo cero, mi vaho, las botas de nieve —moradas, a mitad de precio—, el letrero junto al portón: Cementerio de Sleepy Hollow.

Iba a visitar la tumba de un hombre que he amado como sólo se puede amar a los autores que acompañan en los momentos de pensar y en las horas de alquimia de la adolescencia. En la avidez de encontrar modelos de rebeldía, me lo topé de frente: Henry David Thoreau. Él caminaba hacia sí mismo con la certeza de que había más por vivir que las experiencias dictadas por las buenas costumbres, la tradición, el capitalismo, la religión y la erudición, confiando en que la plenitud era responsabilidad personal y siempre producto de cuestionar para qué obedecemos, a quién, desde dónde. Es literal: agarraba camino y echaba a andar, pensando. Habitaba más cerca de la Naturaleza que de las convenciones y, en su andar, me daba permiso de buscar mi camino justo en la época en que se me hizo saber exactamente qué se esperaba de mí: ser conservadora, linda, buena, feliz, motivo de orgullo.

Conforme fui queriendo saber más acerca de su historia me enteré que tenía una amiga en su círculo de escritores. Ella: Louisa May Alcott, enferma, endeudada y con un carácter fortísimo, le dio voz a las vivencias cotidianas, domésticas y, en ese asomarse al interior, le regalaría al mundo a Jo March, el personaje de una jovencita atrevida, franca, apasionada, mandona, creativa, leal a sus ideales: una heroína que, hace 150 años, igual podía disfrutar la ópera que competir con su vecino corriendo desbocada, y ganarse la vida como escritora. Cada vez que una generación de mujeres ha leído «Mujercitas»*, se refrenda la invitación a ir más allá de los estereotipos de la feminidad: si Jo pudo, nosotras también.

Para mí, saber que Thoreau y Louisa May (otro amor mío), tenían una amistad profunda e iban a caminar por las tardes y compartían sus escritos, fue un giro que me causó una algarabía tremenda. De pronto la influencia mutua se hizo notoria, pareciera que sus libros están dialogando entre sí igual que ellos dos por los senderos de Concord, Massachusetts. Cuando leí que sus tumbas estaban juntas en la misma colina me aloqué. No hay otro verbo.

La nieve estaba sin estrenar y las tumbas a unos doscientos metros del portón. Algunos trozos de hielo blanco caían con un salto seco desde las ramas por sol de la mañana. Cada paso era una declaración; escribo este y otros textos gratuitos en un escritorio con vista a un olmo. Ya no sé ni quiero saber vivir en ciudad. Lo austero me excita. No acepto imperativos y, vista por fuera, mi vida es un desmadre. Quiero amar y vivir con intención, que no me queden decisiones fuera del cernidor, que mi ser femenino y masculino estén en equilibrio, que me siga llamando la luz encendida de lo que ocurre dentro de las casas.

El día que fue me fue posible atravesar Estados Unidos e ir hasta el pueblito para visitar las tumbas de dos amigos junté mis manos cerca del corazón y, en compañía de mi familia reinventada, lejos de lo que alguna vez se esperó de mí y rumbo a donde el alma me lleve como mujer y como creadora, lloré el himno de mi juventud:

Me fui al bosque para enfrentar solo los hechos esenciales de la vida y ver si podía aprender lo que ella tenía que enseñar. Quise vivir profundamente y desechar todo aquello que no fuera vida…para no darme cuenta, en el momento de morir, que no había vivido. 

Todavía no me repongo.

(¡Foto!)

 

*Leer esta novela es una vivencia personalísima. Quienes ya la han leído —y releído— no requieren más descripción. Si tú, lector(a), no la conoces, quizás quieras leer el principio y llegar al capítulo 3. Un dato importante: fue publicado en 1868. ¿Qué piensas?

 

 


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El otro dosmildiecisiete

«Dosmildiecisiete» ya cuenta como adjetivo de año arduo. ¡Y de qué manera! Pero, fíjense, en aras de la precisión, hay que hacer algunas acotaciones al diccionario.

Fue el año en que un extraño te preguntó en una fiesta ¿bailas? y todos los hielos se derritieron. Un detonador te empujó a llorar en un baño público y el ¿estás bien? anónimo se escuchó diáfano y sin eco. Contemplaste un atardecer, llegaste a un aeropuerto, viste a una pareja frente a ti y celebraste un logro sin necesitar un romance de película para sentirte suficiente. Tu sí fue sí, tu no fue no. Tu café (o té) siempre enunció, ceremoniosamente, punto y aparte. Nadie cobró por acompañarte a cruzar la oscuridad. Tu nombre fue pronunciado con respeto cuando estabas ausente. Un meme te hizo reír cuando estabas quebrándote. La ansiedad pasó de largo varias veces porque le contaron de tus actos valientes. Mientras el banco estaba resolviendo los trámites de tu tarjeta clonada, encontraste un billete en tu bolsa. La memoria fue gentil cuando cerraste los ojos y recordaste la pérdida o los escombros o la violencia o la traición o la corrupción o la desesperanza. Recibiste la ayuda distintiva de un voluntario o voluntaria.  Ayudaste como voluntario o voluntaria y cambió tu percepción de las calles y del sufrimiento. Perdonaste o te perdonaron y sonaron las fanfarrias junto con el derecho a regular la distancia. Mientras más difícil era la situación, alguien te apoyó con los trámites, a cargar cajas, a recibir un diagnóstico y a escuchar tu historia. La ternura, en formas inesperadas, atravesó tus armaduras y sus motivos. La silla del hospital era  reclinable. Nada de lo que te han obsequiado pueda comprarse en una tienda, y algunos libros.  Hoy abrazas el poder de un calendario en blanco.

No sé. Quizás este año, por definición, se trató de creer en milagritos.

 


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Ya hice mi carta, 2.

Oye, espíritu de la navidad:

Sólo te pido un regalo.

Permíteme ir a casa de mis abuelos. Habré tenido unos seis años. Fue cuando me asomé por una herrería y supe, bajo el influjo del ¡Ay, del Chiquirritín! y del pino que giraba constelando en contrasentido de la ruta ovalada del trenecito y de las luces en serie reflejándose en las copas de una mesa para veinte, yo con vestido de pana, el cráneo alisado por las coletas, las rodillas libres, los barrotes que olían hierro y a pintura de aceite, la sospecha de una sopa hirviendo con bastante perejil y pimienta gorda; esa vez cuando desaparecieron los imperativos: no enojarme, no llorar, no andar nunca con el cabello suelto y hasta olvidé mi apremio por recibir una Máquina de Raspados Fiesta de Sabor, supe y me di cuenta de ese momento: qué bonito, dije.  Y fui feliz.

Deja que vaya por mí. Llévame a ese instante prístino, por favor, y a todas las veces que volví a él, observándome desde otros puntos de mi historia: a mi ser universitaria que no sabía dónde acomodar esa visión frente a la construcción occidental de la navidad del consumo y de los roles de género; a mi ser recién casada que no sabía cómo incorporar las celebraciones de otras familias sin sentir que contaminaban la suya; a mi ser mamá en la crisis de los treinta, agobiada por deudas y por la competencia del a quién le va mejor, abrumada por ahorrar para los regalos; a mi ser migrante que, además, añoraba una piñata de colores y pedir posada y un ponche para el frío del norte de California; a mi ser soltera después de los cuarenta, con ciclos de furia y duelo despeinada por el desarraigo. A mi sentir que le fallé a la niña que amaba la navidad.

Quiero ir por todas esas yo, traerlas de vuelta y quitarles la carga de creer que mi yo original está varado en mi infancia. Deja que, por poner un ejemplo bobo, les enseñe cómo adorné el Nacimiento*, mi árbol de dos nacionalidades orientado hacia donde pasa el último tren de la noche; las tardes de diciembre con mis hijas consiguiendo regalos que donar al centro comunitario, el grupo de apoyo al que asisto para dialogar acerca de relaciones sanas. Deja que esas yo descansen, al fin, cuando les muestre en qué me convertí: soy mi villancico entre signos de exclamación, mi casa —a veces hogar o pesebre o paredes con eco­—, mi mesa con la elegancia de lo ordinario, el reflejo del amor que sigo y que es propio, mi presente envuelto. Deja les asegure: la que sabe de asombro y de ser feliz pervive: la navidad era bella porque yo la presenciaba y le daba sentido, no eran los objetos ni el momento en sí mismos.

Pido dejar de estar fragmentada por épocas, menos órdenes internas o externas de cómo debe ser la vida, menos cuadros fijos de mí. Seguir dándome cuenta. No hay mejor regalo, me basta y es suficiente.

pd. Estee…pensándolo bien, son dos regalos: también quiero unos zapatos morados.

*El Nacimiento de este año tuvo su cobertura aparte. ¡Qué cosa! Ahí las imágenes que publiqué en Twitter.


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Nueva Patria

            Maljan Chavoor no sabe quién soy. Leí su historia en libro.  

            Maljan entró a los Estados Unidos a través de Ellis Island, principios del siglo XX. Como millones de personas antes y después de él, viajó en barco, durmió en barracas, compartió el retrete con ciertos de familias.  Divisó la Estatua de la Libertad en el horizonte de agua de ciudad.  Escuchó a su madre o a la de alguien sollozar de nervios.  Puede ser que cargara un edredón o un baúl con ropa antes de pasar por revisiones que comprobaban que no era sordo, tenía tracoma, escoliosis o sarna.  Resolvió problemas de aritmética, contó al revés, armó un rompecabezas, leyó —o hizo como que leía— un párrafo, agrupó expresiones faciales en conjuntos; y alguien determinó que nadie en su familia estaba demente.

            Su padre respondió cuando el inspector registraba su nombre, su lugar de nacimiento y mostraba los 25 dólares en efectivo que se requerían para ingresar a Norteamérica.  La familia tuvo la suerte de mantener su nombre de origen en vez de cambiarla a un fonema que fuera más deletreable en su vida por estrenar.  Cuando les dieron su pase de salida, bajaron la última escalera de esa llamada Isla de las Lágrimas, donde se decidía su destino, tomaron el pasillo de la derecha, hacia la estación del ferrocarril rumbo a Nueva York.  La izquierda era para los deportados.

            El testimonio de Maljan no da detalles sobre su paso por Ellis Island. Consta de un sólo párrafo y en él describe un acontecimiento simultáneo al proceso de migrar, pero aún más importante y de mayor impacto en su vida: haber probado la gelatina.  La única ocasión en la que sintió un júbilo similar fue cuando se enamoró por primera vez.  Desde entonces, y según sus propias palabras, comió gelatina todos los días de su vida durante 70 años. Encontró la felicidad y su verdadera nueva patria.

              Conozco a muchos inmigrantes. Él siempre está en mi pensamiento. No pudimos conocernos y, sin embargo, lo amo.