Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, y otras plantas de interior.


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Una barda

Ten estos pedazos de entereza que te miran y sonríen.

En esta hoja en blanco sólo hay colores tímidos.

Voy conmigo. ¿Vienes?

Ternura. Y revoluciones uniéndose a la causa.

En tus párrafos me supe libro.

Habítame. Ya conseguiremos un cuarto.

El cielo quiere ser pared y tocarse los pies.

Por aquí pasó un suspiro y se quitó el abrigo de hubiera.

Toca el timbre del ego del patriarca, y corre.

Los ladrillos, de grandes, quieren ser horizonte.

 


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Instantánea

De unos días para acá se me han aparecido libélulas y la frase: «aceptación radical de todo lo que sucede».

Las libélulas comparten con los colibríes el dominio sereno de la prisa. Están más presentes que cualquier instante y guiñan —ahora me ves, ahora no me ves— con tantas ganas de jugar, que en lugar de alas, se impulsan por una risa despreocupada. Son generosas: jamás invaden y, sin embargo, llenan todo el espacio donde aparecen. Medirán unos 7 centímetros. Llevan un velo morado imposible de señalar. Cuando aparecen, nadie sabe predecir qué hora es pero dicen que son augurios de un proceso de transformación.

Lo de la aceptación radical de todo lo que sucede me ha producido  desconcierto y luego curiosidad. Caía un libro y en la página abierta: esa frase. Repasando el pergamino digital de tuits: esa frase. Mi amada terapeuta mientras sorbe su café: esa frase. La aceptación, venga, con ella no hay problema. Es aceptar a ultranza, radicalota. Estar en paz con lo que hay. ¿Será posible?

No sé si alguna vez lo logre como un estilo completo de vida. Y, sin embargo, cuando dejo de discutir con el momento y sólo estoy, siendo –y quizás estás tú, y somos— y hoy me atraviesa por el corazón confiante, me elevo por el suelo y aparezco en algún jardín, turbina, frente a una mujer que se cuestiona su valentía.


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Letras Para Tiempos de Encierro 14

Sólo vine a decir que el sol. Mira el sol. Este sol. Hoy, sol.

—Ayer la luz tenía un contorno entumecido—

Sol, y silencio lleno de pájaros. Sol, y el baile de hombro con hombro de las losetas. Sol, y quiromancia en las paredes. Sol, y mosquitos, telarañas y lo que siempre me falta por nombrar, por fortuna.

Sol, y olvido qué me importaba antes. Sol, es decir: geranio. Sol, blanqueando el diccionario, arrullando a la brújula.

Sol en mi cabeza a mediodía, caloreando. Y si sol, este sol singular y este momento, me sé completa y pedacito, comino, de universo.


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Letras para Tiempos de Encierro 10

Para el encierro, para cuando emerjamos. Para perseguir obsesiones y soltar los plumeros. Quizás.

Lurias*

(De Usted & la Canción Mixteca)

Detectar una pelusa en el suéter.

Ir por el quitapelusa que deja la ropa como nueva, según el comercial.

Meter la mano izquierda debajo del suéter a la altura de la pelusa y con la mano derecha, repasar con movimientos como de cepillarse los dientes, con gula de erradicar esa y todas las pelusas.

Comprobar que las pelusas viven en sociedad: se reproducen al roce y viven en colonias. Invadir la vecindad que va de la axila a la sisa.

(Sonar la Diana).

Que las pelusas desalojadas formen una franja solidaria junto con las pelusas ya existentes a la altura de la cadera.

Anunciar que ahí les voy, añádase la descarga y Wagner.

Congratularse por la perseverancia.

Que el suéter, en efecto, parezca nuevecito.

Cientos de pelusas cayendo al suelo. Ir por la escoba.

Que al pisar, las pelusas se esparzan, sensibles a aire. Ir por la aspiradora.

Dirigir el voltaje y el adminículo puntiagudo de la aspiradora hacia las pelusas, mudarlas a la bolsa Hoover.

Notar que hay polvo acumulado en la esquina donde se refugió la última sobreviviente de la colonia de pelusas.

Pasear la aspiradora por el perímetro de la habitación.

Detenerse a evaluar las otras tres esquinas.

Comparar el borde bien limpio y a contrapelo con el resto del área.

Mirar al reloj porque hay que salir de casa en quince minutos.

Persuadirse pues, que ya entrados en gastos, emparejar la alfombra es rápido.

Admitir que qué necesidad, pero no guardar la aspiradora hasta haber aspirado el otro par de habitaciones y el pasillo.

Chulear la casa.

Auto-arrearse porque restan treinta segundos disponibles o vas a llegar tarde, Miranda.

Correr al espejo.

Calibrar los grados del Cero al Sí Aguanta, en materia de estar presentable.

Detectar una pelusa en el suéter.

Socorro.

 

*adjetivo en español mexicano para nombrar a alguien que está loco(a).

 


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Letras para Tiempos de Encierro 8

Cuéntanos*

Esto del internet en la cuarentena ha dejado un par de preguntas que son de mis favoritas en cualquier época, haya encierro domiciliario o cabalgata en pradera.

Primera pregunta: ¿cuál es la fuente?

Los niños y niñas que salíamos a andar en bicicleta al parque tuvimos varios encuentros con esta misma interrogación cuando nos topábamos con aquellos monumentos de azulejo o piedra y los estratos de agua seca, las algas, la coladera con hojas basuradas y el chorro potentísimo o miserable nos hacían sospechar que esa fuente no era autónoma: alguien o algo permitió que llegara a tal estado. Quizás se oxidó la manivela que regulaba el flujo de agua o no le dieron importancia a mantener la fuente limpia y transparente. O sí: y esa fuente es un borbollón que hasta salpica, jubiloso, y la gente le perdona que sea de agua de riego.

Bueno, pues igualito ocurre con la provisión de información en internet. Todo lo que leemos y consumimos tiene algún origen y alguna falla. A veces, igual que en las tardes de andar en bici o en las de cuarentena, suponemos que, si la fuente esta ahí, es por el bien común. Sería muy, pero muy triste enterarnos que las fuentes de los parques —o el contenido en los medios— existen para llenar un vacío.

Si estás leyendo esto en tu teléfono o computadora significa que tienes acceso a internet. Hay más de 3.8 miles de millones de personas que no. Voy a hacer una pausa para que imagines tu vida (tus relaciones, tu trabajo, tu banco, tu entretenimiento, tu capacidad de tomar decisiones) si no tuvieras ese acceso.

Pausita:

 

 

 

Ahora retomo la primera pregunta: ¿cuál es la fuente?

Te comparto la combinación que me ha funcionado mejor y que quizás sea útil para ti en tiempos de coronavirus (o en otro momento). El punto de partida es: ninguna información es 100% fidedigna y ninguna página puede darme la serenidad del todo estará bien, es una época incierta.

a) un sitio de información que me dé datos y listas. Las infografías, por ejemplo, son un punto medio. Oficial o no, como secuela de haber ido a la papelería a pedir monografías, éste me cae bien.

b) una cuenta, o varias, ingeniosas de sus memes y ocurrencias. El humor es donde la salud mental y la salud física deciden qué será de mi ánimo y de mi sistema inmunológico. Yo me tomo el humor muy en serio. Como es gusto personal, no hago recomendaciones universales pero el querido @jezzinni me cae a todo dar, por sugerir alguno. En todo caso: Quino. Y un librito fabuloso que se llama «Definiciones» de Alfredo La Mont. De nada.

c) un sitio o grupo que me recuerde cómo estar presente. La atención plena o Mindfulness es una herramienta indispensable para combatir la ansiedad. Hay a quienes les funciona algo de yoga, repetir mantras, meditaciones guiadas, visualizaciones, etc. Hay quienes su espiritualidad es la música o el ejercicio y, mientras la tengan, el mundo puede seguir girando. Yo soy más de silencio y de esta app

La combinación me permite conectar con el mundo exterior e interior. Eso sí, nada quita la incertidumbre, Sólo queda incertidumbrar.

Lo que me lleva a la segunda pregunta: ¿qué es lo normal?

Ahora mismo: nada. (Y antes y mañana, tampoco). Hacer algo normal —es decir, repetirlo muchas veces hasta que sintamos que no estamos locos y que ése es el camino correcto— es una respuesta frente a la pérdida. Si algo es normal, hay consuelo.

En colectivo, hemos perdido desde la privacidad hasta los abrazos. Los espacios públicos. Las horas cuando eran horas divididas entre casa y trabajo. El empleo, quizás. No alcanzo a hacer el recuento completo porque no puedo salir. Sé que en las casas hubo pérdidas también.  Hay un ruido en las cabezas, una alerta de sala de espera permanente. Un tablero sin anuncio, una puerta que cierra mal. No me hallo. Algo se borró, algo se está borrando. No sé qué perdí y si fue valioso.

Pero al ver mi duelo toco el de quienes no tienen el lujo de estar en cuarentena. Internet es el otro parque donde convivimos, chicos y grandes. Esto me lleva cuidar mis posts, mis comentarios, mis bromas, mis imperativos.  Siento una necesidad inmensa de amabilidad, para dar y para recibir.

No me apresuro a hablar de ganancias en una pandemia. Sólo veo, con cuidado, las pérdidas. Como nada es normal, quién sabe cuándo volveremos a la vida de antes del coronavirus. Tal vez, nunca. Habrá que esperar a que el borrón nos revele qué se fue y qué se quedó. Pase lo que pase, el único normal que me interesa es el que no es indiferente al dolor.

Quizás una tercera pregunta sea: ¿hay alguien ahí?  Si alguien necesita platicar, aquí estoy.

*Gracias por tu sugerencia, Marisunnyshine. ¡Un abrazo!


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Letras para Tiempo de Encierro 7

El día cuando te llamaron aparte hacía poco que la bisabuela había muerto y repartían sus pertenencias. Te llamaron aparte y mayor, señorita. Y otros adjetivos asociados a bajar una escalera en un vestido ampón, ceñido, floreado, rosa. Tan responsable, te dijeron, tan apreciadora de lo que vale, tan digna de recibir este regalo. Le revisaste el copyright. 1901.

Pensabas que era un recetario. Resultó que se trataba de un compendio para el ama de casa: desde cómo quitar manchas de vino hasta cómo servir un banquete, todos los usos del bórax,  Administre Usted El gasto,  Normas de Etiqueta y Cortesía, cómo escribir una carta según la ocasión social, zurcido; y decenas de recortes del periódico, insertados en años posteriores, para complementar porque el mundo había cambiado, porque la grenetina es versátil, porque el bisabuelo no aceptaba comer sobras de un día para otro y había que disfrazarlas de platillo novedoso. Porque antes cualquier aspecto de la vida se remendaba.

Sabrías apreciar el regalo, a ti que te gustan los libros y lo que ocurre adentro de las casas, que siempre has sido muy modosita. Y, mira, el compendio tiene consejos de belleza y cómo elaborar cremas caseras para el cutis.  Los hojeaste. Reíste, y no te acompañaron en la risa.

Reíste —Ingredientes: semen de ballena—y tuviste que recoger del suelo los recortes y el libro, como dulces de la piñata del pudor. Reíste y te delataste, sexuada. Fue un momento francamente incómodo, la primera de todas las veces que decepcionaste. Reíste en nombre de las ballenas, los marineros con su frasco, pillines, la erótica de las sirenas.

A pesar de la incomodidad, recuerdas la entrega del libro como un regalo del regalo.  Con los años, apreciando lo que vale, supiste que si en una casa no hay espacio para las contradicciones y la irreverencia no cabe en el botiquín y la bobería no irrumpe con cuestionamientos, la comida es insípida y lo que se rompe no tiene remedio.

Sigues riendo.

 

 

 

 


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Esta historia Me La Contó un Ex-Novio

Sale corriendo. Levanta el polvo. Los zapatos limpios, que pareces de la calle. Sale corriendo y corre hasta la puerta con mosquitero. Entra. 

—¡Eres Tú! ¿Ya desayunaste?

Lo recibe el abrazo de una señora con delantal amarrado a la cintura. El aire es del huevo frito con manteca, la tortilla palmeada, el atolito de avena,  las mandarinas en el frutero, el reloj suspendido de un clavo, la radio de transistores.

Toma asiento. El mantel se descuadra pero nadie bufa. Toma asiento en la mesa de la cocina y es su lugar, junto al señor sonríe al verlo.

¿Y la novia?

Se encoge de hombros para decir que no. Las jovencitas sólo traen problemas.

La señora les acerca dos platos llenos de comida, y los frijoles y la salsa. Estaba muy bueno, le dicen con el plato vacío, casi limpio.  Nadie quiere tu bien como tu familia. Mientras suena el agua de la tarja, la fibra de henequén de enjabonar los trastes y de exprimir la espuma, enjabonar, enjuagar, el señor toma el periódico del día; una sección para él, otra para el niño. Pasan tres o cuatro páginas, intercambian la sección. Termina el periódico. Tiene que irse (y se irá del pueblo, en unos años) 

—¡Adiós!

Corre porque se hace tarde. ¿Dónde andabas? Vago. Bueno para nada. El polvo pesa como el segundo desayuno.

En esa cocina, durante media hora a la semana, Eres Tú olvida que es un mal hijo, y la señora y el señor que son infértiles. Las cortinas están atadas por un listón que cambia con las temporadas. Cuando el niño se despide, las flores de la ventana son un poco más amarillas.  Olvidan, y la radio y las consignas siguen sonando, pero no interesan. 


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Cuando oscurece

Tan pronto como empieza a oscurecer a las 5 de la tarde, mi cuerpo de la memoria me pide que haga algo para evitar que La Gran y Espantosa Depresión del 2014 ocurra otra vez. Por más que mi terapeuta y yo tratamos de explicarle que han cambiado las condiciones de esos noviembre y diciembre,  mi cuerpo me dice que no vaya a ser la de malas, ¿o se te olvidó cómo temblabas y el guiñapo que eras?

Es muy reconfortante saber que los fabricantes han poblado los anaqueles con productos que prometen hacer más llevaderos los detonadores del miedo al abandono. Mi experiencia como consumidora ha sido la siguiente:

  • Lámpara de luz blanca. Con brillo de 10,000 LUX, combate la fatiga, regula el patrón de sueño y quita las ganas de hibernar, reduce el humor melancólico, afina la concentración. Compré una,  la desempaqué, la puse en mi comedor, me paré por un café, me tropecé con el cable, se cayó la lámpara, se hizo añicos.
  • Bolsa de agua caliente. Obra de un inventor croata y patentada en 1903, hecha de hule y con tapón hermético enroscable. El calor que emite por horas es tan similar al de dormir de cucharita y el cerebro se la cree. Es un remedio antiguo y muy bello pero se aguó porque la tapa no resiste los años. Tuve que cambiar de colchón.
  •  Aromaterapia. La combinación de lavanda, naranjo, bergamota, geranio, hipérico y salvia me funcionó de maravilla. Me encomendé a ella, bien ungida detrás de las orejas, en el cuello, en la nuca, en el Tercer Ojo y hasta eché un algodón a mi bolsa, para que no me faltara la provisión hasta que en mi oficina apareció un letrero de «Favor de Mantener Esta Oficina Libre de Fragancias, Por el Bien de Todos (Olivia, de Contabilidad, es alérgica)».
  • Chocolate. Tal como descubrí en la secundaria, comerlo convierte mi cara en un espectáculo de fuegos pirotécnicos de acné al son de la Obertura 1810. Hoy sé que dicha sensibilidad sigue vigente al estilo gira de orquesta sinfónica.
  • Manta con Peso. Esa la estrené anoche. Es un cobertor a dos vistas que tiene arena entre las costuras. Está diseñada para la contención. Pesa 7 kilos. No puedo moverla sin pujar y hoy que amanecí me duelen el brazo y la cadera como si hubiera reptado para escapar de alguna mêlée de significados. Le auguro medio día más conmigo.

Espantosa, no se me olvida. Porque me agarró desprevenida, igual que el año cuando se va extinguiendo, o cuando la oscuridad asusta y es más oscura, o cuando el aspecto animal del amor se niega a aceptar traiciones. Te escucho, cuerpo. Antes, no podía o quería. Hoy es diferente.

Y, es curioso, escuchar a mi cuerpo —su pavor a que aquella herida se repita, su alerta a las relaciones donde no hay equilibrio, su trabajo por conservar el calor, su pregunta honda, hondísima acerca de la soledad— me trae a este momento. A éste, presente, y no al pasado ni al futuro. Comprar es inútil.  ¿Me abandonaron y sobreviví?, ¿y aún puedo reír? Mira cuerpo, lo que hoy sé:  aquello fue El Gran Regalo del 2014: yo soy la luz y la calidez que busco.


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Introspección

A veces creo que estoy buscando una razón y el sentido a lo que vivo.

Veo para dentro como si me asomara al escote del diccionario bilingüe que llevo cerca del corazón. Significa, significa— dice el latido.

Escucho para dentro como si pusiera el oído en el centro de una guitarra de llevar serenata a peces y estrellas. Significa, significa— dice el telescopio.

Huelo para dentro como si subiera al segundo piso de casa de mi bisabuela y me detuviera frente a todas las botellas de agua de azahares. Significa, significa—dice la madera.

Toco para dentro como si fuera el segundero del reloj que siempre suena húmedo en las historias que me son íntimas. Significa, significa—dicen los ovarios

Pruebo para dentro como si mandara en la cocina creativa donde se prepara el pan que quita el hambre de compañía. Significa, significa—dice el mortero.

Y termino descubriendo que, mientras vivo, el sentido me encuentra, me invita y,  despacio, me devuelve el cuerpo.


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Apuesta frente al cambio

No deja de sorprenderme cómo hay épocas donde los días vienen con las orillas bien limadas y embonan con gracia en dónde los pongamos: en los comienzos, en los atrevimientos, en lo cotidiano, en cada duda. Un día seguidito de otro, las claridad en las horas, las respuestas deshebradas, avanzar con esfuerzo rico. ¡Buenos días! Sí, y sus noches con oscuridad hecha para dormir y calentar.

Me sorprenden, sobre todo, cuando me miro las manos cortadas por los días de vidrio roto, de buscarle piezas a las ventanas y de batallar hora tras hora con motivos para respirar. Días de finales expuestos, de no puedo y nunca podré, de la vida tardándose en  abrir la puerta después de diez timbrazos en forma de súplica. Otro día seguidito de uno peor. Pésimos días. Sí, y sus noches de insomnio y frío por la oscuridad bravucona.

Todavía me asombro de que existan estos dos extremos y cómo parece que el amor y el dolor juegan a perseguirse vestidos de cambio.

Pero lo que más me impresiona es el poder de una carta escrita a mano enviada por correo intuyendo el logro o el duelo. Letra que conecta, un sello postal, un remitente, el tiempo invertido. Abrir el buzón y saber que ha sido conjurado ese miedo estúpido —y no por ello menos miedo— de estar solos en el mundo por reír tanto o por llorar más.  ¡Sorpresa! Frente al cambio, apostar con esas cartas de recibir, de enviar y de acompañar.

Abrir el buzón y el corazón.

Gracias por tus cartas, Themis. 🙂


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Violetando

La anciana que seré cultiva violetas. Les busca una esquina de sol, les canta boleros, les acicala el porte cuando se inclinan de más y se niega a a dejar de creer en la magia.

Creer, pero no en el ilusionismo de los hechiceros de la mercadotecnia ni de las soluciones que simplifican paradojas ni la de las estadísticas absolutas (¡destejamos!, me invito, aunque las ideas queden estrujadas y flácidas por un tiempo); magia —ver a través de lo invisible— porque los tiempos difíciles requieren medidas radicales y las crisis humanitarias, sensibilidad. Toda la disponible.  Y espíritu crítico, voto reflexionado, conocimiento de historia, sociología, teorías de economía y desarrollo sustentable, organización disidente.

La anciana que seré me va dando la mano porque el mundo se está complicando y no sé qué hacer desde mi todoslosdías y mi mundito de adulto que puede hasta donde le alcanza la quincena. Sigue viendo más allá, me dice. Que lo macabro no es un hecho aislado. Que el sufrimiento no es una imagen en una pantalla o en un reportaje. Que mientras aúlles, hay fuerza.

Cuatro macetas de violetas, mejor dicho: tres, porque la cuarta era toda verde y muda, enfurruñada. Ni un brotecito desde que nació. Como si hubiera nacido pesimista, hay que ahorrar agua y energía, déjense de ridiculeces. Esta es sólo una esquina insignificante, ya para qué florear si nos va a llevar la chingada. Seguí asegurándome que estuviera bien asentada y tomándole el pulso de la tierra seca y tarareando. La anciana que seré tiene un compromiso con las plantas, en particular las de interior.

Hasta que otro día, hace poco, la cuarta violeta amaneció con una flor en ciernes. Puje, señora, puje—, le susurré al oído peciolado. Una flor blanca. Y luego otra, y otra más en contraste con sus hermanas fucsia y rosa, pero flor al fin. Pasaron los días, las noticias, sí son campos de concentración, Valeria de 2 años abrazada a su papá Óscar Alberto antes de cruzar el río. Creer, ¿en qué?, ¿para qué florear, violeta pesimista? porque nos está llevando la chingada.  La adulto que soy tiene días de no poder ver más allá. Toda la sensibilidad necesaria resulta insuficiente.  La niña que soy me dijo: mira, una línea púrpura en la flor nueva. Una violeta violetando. Quizás se enseñan entre ellas.

Hice estas fotos. Y entonces descubrí que algunas violetas tienen pétalos que brillan.

Y lloré, en lo visible y en lo invisible, humana, 2019, sin edad.

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Abrazo de otoño

Caen las hojas.

¡Mira! El dedo apunta hacia abajo,

a los peciolos como antenas

pegando el oído de savia a suelo

para oír a las hormigas, a los hongos,

las pisadas, el runrún del tren.

¡Mira! El dedo apunta hacia arriba,

a los plazos entre las raíces y el cielo,

a las ramas como listones

haciendo el baile de las lenticelas

para aflojar los nudos, los nidos,

la ternura, el racrac del tronco.

¡Mira!

Hojas que caen, la alfombra

donde aprendemos que nada es para siempre.

¡Mira!

Caen, y nosotros a la mitad de este susto

¿y si no vuelve la primavera?

¿y la oscuridad es cada día más oscura?

Hojas que abandonan

–crujen con las pisadas, y las perdonamos —

A veces somos ellas, caducifolias,

cumpliendo nuestra palabra verde

hilvanada a los ciclos;

a veces somos el árbol desnudo,

preparándose para el invierno,

duelo anticipado;

y, a veces, sólo somos lectores

en medio de un paréntesis,

testigos de hojas caídas

y del relato de las flores y los frutos

que les siguieron,

los que pueden venir,

los que vendrán;

lectores pidiendo un abrazo al otoño,

a ver si así logramos ser

un poco más versados en el arte de soltar.

 


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Sobremesa, 2.

Hay relatos que son de Sobremesa. Ahí nacieron, fueron presentados en sociedad, encontraron casa e, incluso, pagaron impuestos o se enamoraron. Algunos cuentan con una vida larga y prolífica que da origen a otros relatitos, chismes, enredos y leyendas; otros mueren de olvido o por desgaste. 

Esta es la segunda entrega de una serie de relatos que alguien contó al final de una comida, cuando los platos habían sido llevados a la cocina, quedaban migajas y huellas de vasos en el mantel  y las horas por delante eran largas pero no incomodaban. Tomé notas en servilletas, en el teléfono y con el asombro porque me propuse que un día las transcribiría. No me pertenecen, son de todos. Ese día es hoy.

IMITANDO A TARZÁN

“Una tarde, vagando, me metí al terreno de una obra de construcción. Ya no estaban los trabajadores. Anduve viendo qué había y encontré una soga colgada de un árbol; yo sería Tarzán.  Me balanceé en ella dos que tres veces y en la última, al soltarme, caí sobre una tabla de cimbra, la tabla tenía un clavo oxidado, el clavo me atravesó la planta del pie. Saqué el clavo rapidísimo, me dolió mucho. Regresé a mi casa, oscurecía. No dije nada.

Amanecí con el pie hinchado y me seguía doliendo. Entonces se me ocurrió preguntar a la gente, como duda casual, qué se hacía en esos casos. Alguien me dijo un remedio y lo hice a escondidas: compré una vela de sebo, la prendí y, cuando empezó a escurrir el líquido, acerqué la vela al pie y el sebo hirviendo fue goteando sobre la herida. El dolor fue terrible, entre la infección y la quemada. Me contuve de gritar con todas mis fuerzas porque si no me descubrirían. Y aunque el dolor era insoportable, repetí el remedio en los dos lados del pie e, inclusive, que dejé que penetrara un poco en la perforación que dejó el clavo.

Durante algunos días caminé con tremenda dificultad. Cuando me preguntaron qué me pasaba, les dije que me apretaba el zapato. El remedio funcionó y la herida sanó, quedé como si nada.

A los siete años no fui Tarzán pero derroté al tétanos”.


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La fecha es lo de menos

Haz memoria.

Adoraste la telita crujiente que envuelve los ajos,

llamó a misa de reciclaje la campana del camión de la basura,

hiciste esculturas de pelusa para las noches de equinoccio

tu radar detectó, primero que nadie, el dron de un sarcasmo;

viajaste en taza estampada y mordida de pan con mantequilla y azúcar,

completaste rompecabezas tuertos abandonados,

contaste grandes secretos frente a la fruta de temporada,

imitaste a las balatas, a las persianas, a las cámaras,

llevaste panfletos de sindicato a los grillos,

cancelaste tu suscripción a las revistas de adoquines,

llovió y sólo llovió,

desempleaste a tu duplicado fingidor de voz en los orgasmos,

dejaron de apostarte en el hipódromo de la furia,

estrenaste cerraduras telepáticas en tu casa de dormir en paz,

no te arrastró aquel río, la melancolía.

¿Cuándo supiste que habías sobrevivido?

La fecha es lo de menos.

 

 


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En cada esquina

¿Qué colocamos en las esquinas en las casas? Justo en el cruce de muro con muro, en las líneas imaginarias que nos sostienen y dividen el exterior del interior. Quizás haya una vitrina de presumir o un librero de pino o una mesita o una lámpara o una planta. Un módem, una escoba, un costal de granos, una mochila, una guitarra o zapatos, pósters enrollados, un garrafón o una cafetera. Y si hubiera un vacío sería sólo a simple vista: hay esquinas que son conjuntos residenciales de lujo para millones de ácaros, con vista a panorámica a la cordillera de pelusas y todo.

En mis esquinas tengo las veinticinco maquetitas que hizo Victoria Luminosa representando escenas de películas usando fichas bibliográficas, colores y pegamento. Una ramita en forma de disyuntiva. Una copa del ancho de un dedo hecha con la envoltura de un Paletón Corona en la última vez que conversé con una amiga querida que perdí. Una piedra en forma de corazón en que encontré en la playa de Puerto Vallarta días antes de enterarme que mi matrimonio había muerto por asesinato. Un plato de Michoacán que me regalaron unos tíos aquella navidad que el dinero no llegaba ni para ellos ni para mí. Una foto donde mi hermano me está contando una anécdota chistosísima acerca de alguien que teníamos enfrente y ambos debíamos disimular, otra foto de mi mamá y mis hijas en la fachada de la casa donde nací, y otra de mi abuela enseñándome a usar la máquina de coser que me acababa de regalar. Dos pulseras irregulares de botones enhebrados con hilo elástico, mi posesión más preciada.

Cuando recorro mi casa a oscuras porque hasta el día duerme paso por esas esquinas que tienen algo de capilla. Quizás el tiempo y los significados se tardan un poco más en recorrer ángulos rectos y por eso las esquinas están cargadas de pausas y son el lugar ideal para colocar ahí, mero ahí, objetos que nos son importantes.

También puede ser que las esquinas sean prácticas y repleguemos los objetos para abrirle paso a lo cotidiano. Prefiero, desde luego, creer que mi casa está llena de altares, que lo sagrado me mira y yo lo miro en cada esquina. Si tengo risa y tribu, amor y pespunte, desgarre y vida después del dolor, no me imagino el interior de otra manera.


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De rimas en caso de duda

Para Víctor Luján G.

Que no te obnubilen, que no te empañen,

que no despostillen, que no te descalzen,

que no se burlen, que no calen,

que no pronostiquen, que no manchen,

que no te culpen, que no te roben,

que no te desairen,

diles.

Que se les marca el bulto de prejuicios y tedio,

que nunca fuiste de estatura promedio,

que no tienes remedio y sí un archivo

que hierve de ideas, de ti, de festivo,

junto al botón certero de tus reinicios.

junto a los brotes cuando verdeas,

diles.

Que es verdad y ruta y certeza:

que no hay acto creativo pequeño,

sólo fracciones de una obra dispersa

pidiendo un rato diario de atención y tiempo;

que las ganas son la versión soleada de tu sueño

que las fracciones se hilvanan con torpeza

y acunan un borrador,

diles.

Que en aquel rato diario se te va la vida.

Y la persigues, ¿qué otra te queda?

que, a fuerza de tesón, te vas sabiendo.

Crear es lo tuyo. (Yo lo comprendo).

Diles,

sabrás cuándo y a quién me refiero,

deletreando con todo tu cuerpo,

—se iluminarán conciertos, galerías,

escenarios, libreros —,

que la obra eres tú.

Diles, o abraza la sospecha:

vuelve a los cánones, a su orden, al suyo.

ó

es tu momento: ¡aprovecha! diles:

es mi proyecto. Y suficiente, concluyo.

Y junta minutos donde había suspicacia

con frenesí del loco que ama su esquina

con la rutina obstinada de quien persevera.

No hay acto creativo poco y sin gracia,

sino sumas de llevar, por centena.

Créeme todo, o  nada me creas,

pero, ¡por favor! sigue tu idea.


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¿Tienes cambio?

Antaño:

Te fastidias en clase de Etimologías Grecolatinas* preguntándote cuándo ocuparás toda esa información de facto

Validas la leyenda del muchacho y la muchacha que se ven de lejos en una fiesta, anuncian para sí que esa es la persona con la que se casarán, salen seis veces con chaperón, durante un año se escriben cartas que llegan con tres días de retraso, se casan, compran una casa antes de los 30, tienen seis hijos, viven de un solo sueldo, cumplen medio siglo juntos. Porque es la historia de tus abuelitos y de casi todos los adultos respetables que conforman tu mundo. 

Ves a una familia con hijos e hijas y decretas tu futuro estilo de crianza basado en una crítica a la posmodernidad, estudios de género, últimas tendencias de la narrativa postcolonial, y versos de Whitman y Pizarnik. 

Eliges un trabajo donde haya oportunidades para subir y dedicas un porcentaje importante de tu vida laboral atajando a los que quieren hacerte tropezar profesionalmente. 

Aprecias a tus amigos y amigas porque leen/escuchan cierto contenido que va con tus gustos, te acompañan en andanzas de diverso calibre logístico y moral, van a la par en la misma etapa que tú, te dan el consejo exacto sin que se los pidas. 

(Cenas cualquier cosa) y duermes diez horas seguidas. 

Nunca has visto un puñado de canas en ninguna parte de tu cuerpo.

Hoy día:

Hurgas con apremio entre prefijos y sufijos en la memoria de la clase de Etimologías Grecolatinas para hacer sonreír al griego que conociste a través de una app de que garantiza relaciones compatibles.  Es la segunda cita, después de demostrar buen uso del emoji y velocidad cortés en el texteo. 

No sabes quién siente más piedad: si los antepasados al verte soltera(o) de espíritu a los 40, en una casa rentada, tuiteando que el «para siempre» no existe o tú, desde la visión de los vencidos, diseccionando las leyendas emocionales que te contaron sabiendo que perpetúan la falta de equidad, los roles de género, la noción de propiedad y simplifican procesos que son irreductibles.

Ves a una familia con hijos e hijas y a familias sin descendencia. Decretas que  tu estilo de crianza es comer lo que hay, celebrar a quién está, dejar ir al que no, hacer álbumes de fotos con sección de memes.  

Eliges un trabajo donde la escalera tenga buen barandal o elevador que funcione.  Asciende tu asombro ante la cantidad de juntas prescindibles. Das gracias por tener chamba y ruegas porque no haya dinámicas de integración este semestre. 

Aprecias a tus amigos y amigas porque escuchan, cumplen su palabra, siguen su camino y sus creencias y no dan consejos sin que se los pidas. No conoces ningún adulto honesto que se auto-proclame «respetable». 

Cenas cualquier cosa que no contenga leche entera, salsa de tomate, salsa. Duermes cuatro horas intermitentes (y después dos o tres). 

Cada vez hay menos zonas de tu cuerpo sin canas. 

Todo esto pensé cuando alguien me preguntó si tenía cambio. Y caí en la cuenta de que sólo traía tarjeta de débito.

*uy, eso amerita otro post de aventuras en la prepa. Prontoundía.


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Cervus elaphus

La cocina de la casa en donde vivo desde hace un año está empotrada en un talud de hiedra y tiene un ventanal con vista a un olmo. Hay tres maneras de entrar a la cocina: desde el interior de la casa, por una escalinata lateral que cruje con rencor y que casi no uso, y por las escaleras de piedra con canto de madera que dan a la calle.

Yo entro por el interior y casi siempre con hambre o sueño. Cuando no estudio el refrigerador abierto para elegir qué voy a cocinar, recorro mi circuito hacia la cafetera o hacia la alacena buscando quitarme el hambre.  Luego se me olvida a qué iba.

—Un venado.

Ni un sonido de pisadas ni de hojas que crujen ni de tierra suelta que pueda hacerme saber que se aproxima.  Aparece, así, con el guion largo del animal hablando a través de su presencia. Rumia, pasea, se echa. Lo saludo, para las orejas. Me sirvo el café o agarro un puñado de nueces o preparo las albóndigas o relleno mi jarra de agua. Cuando volteo, ya se fue.

Su aparición no tendría mayor relevancia en una casa en una zona boscosa de no ser porque coincide con mis días de más agobio. Esos días de saber que nadie vendrá a salvarme de aquello que me aflige, que hay un hambre que no se quita con alimentos, que no hay tortilla ni pan ni galleta ni sopa ni infusión, preparados por mí o por alguien, que me den sosiego. Debe de haber algo más, me digo. Justo en la cocina, un venado: el símbolo de la gracia y la apacibilidad, el buscador de caminos alternativos.

Mi espíritu encuentra esperanza frente a ese animal-presagio de tiempos buenos y de rumbos posibles que aparece y desaparece con el mismo misterio. Pasa el agobio, pasan los días, es medicina antigua. Por supuesto que le regalo las flores que había sembrado.

 


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El encanto de las ruinas

¿Y esto?

El hueco en la barda de madera, el acantilado en la orilla del plato, la mesa de cortar y coser ahora cubierta por trebejos, la puerta de vaivén que protesta por la ambivalencia, el tizne alrededor de los focos de la taquería, los lápices mordidos y con la goma que duda, las flores de seda en una tumba cubierta de yerba, la caminadora habilitada como perchero, el óxido en el lavabo, el espacio en el librero de un libro que prestamos, el auto que rebuzna y se echa. Los amores disueltos en ego, los trabajos descafeinados, los perejiles ahogados de tanto secarse.

Son ruinas.

No huyo de ellas como antes cuando pasaba rapidito a su lado callándome los ojos. ¡Qué miedo me daba el deterioro! Luego leí*  y consideré su mensaje. (Es un trabajo inacabado, una ruina futura de mi propio pensamiento. Pero no importa porque las ruinas tienen tiempo. El mismo que pierdo cuando busco lo duradero, algo a prueba de cambio):

Hay que permitirse pasear entre ruinas, doliéndose, hablándole a las piedras y a las piezas que no embonan, andando sobre los pasos de quien estuvo antes que nosotros, averiguando de qué va aquel botón en esta relación o artefacto o historia y saber que un «No Funciona» es una respuesta acertada suficiente.

¡Qué alivio me da aceptar el deterioro y el abandono! Me da permiso de rehusarme a arrastrar esa mesa de madera hinchada que está en mi jardín desde hace tres inquilinos, y dejar que estorbe. La vida mancha, descarapela, corroe, funde fusibles y yo con ella y ella en mí y en los objetos y vínculos. Se rasga el tapiz en las casas y en las ganas.  Junto a «sí» está el «ya no».

Mientras más ruinas veo, menos importancia me doy.  Veo más fantasmas y a través de ellos.  —Vuelan junto con los cuervos rumbo a otras ruinas, en gira artística—.  Y mientras menos importancia me doy, más nuevo es el mundo de los significados.

Ruinas, medicina para el alma.

* Moore, Thomas. El Re-Encantamiento de la Vida Cotidiana.

 


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Claridad

Antes las preguntas de querer saber escapaban de la boca y no alcanzaban a ponerse su traje de pertinencia o de todo tiene su lugar y su momento. Pocos decían: «deja de hacer preguntas», en cambio, las dejaban flotar hasta que se les acabara el aire aunque ocuparan todo el oxígeno del cuarto. Y las horas ¡qué largas eran!

Antes, en esa misma época de querer saberlo todo con urgencia, había cajas redondas de latón que alguna vez tuvieron galletas de mantequilla y, dentro de esas cajas, botones. Nadie cuestionaba qué fue de las galletas o por qué el envase y el contenido desafiaban la lógica. «Trae los botones» era una orden amable para distraer curiosidades, para que el aire fuera respirable de nuevo y las horas de visita o de lluvia se hicieran menos tediosas.

Las tías, las abuelitas, las primas grandes, las comadres, las parientes: todas tenían una caja de botones como embajadoras de la mercería itinerante y de la Providencia: tener a la mano el reemplazo de un botón perdido es un regalo del cielo precavido. Al abrir la tapa curaban la picazón de las preguntas con un bálsamo tan antiguo como la humanidad: contaban historias.  Y esas historias a través de los botones, es decir, de las prendas, de las modas, de los estilos personales y de los colores, se convertían en una manera de viajar, rompían el hechizo del encierro. Las horas, ¡qué cortas eran!

Hoy, cuando un tema o una pregunta no me dejan en paz, me basta con hacer sonar una caja de latón repleta de los botones que he adquirido en las tiendas de segunda mano y de telas, en las tintorerías y de mi propia ropa. Abro la caja con la reverencia del tesoro que es, así de ruidoso y diverso, y empiezo a ordenar mis pensamientos por tamaños o texturas, viajando, viajando hacia las ganas de contar, y me aclaro. No por sabia ni por alguna magia específica sino porque me trae recuerdos maravillosos. Me gusta ser mujer con una caja de botones, mía o heredada y la niña que fui se sigue deleitando en cada botón.

Pero no acepto distracciones ni cuentitos. Al abrir la caja también me transformo en botón de mi primavera interna, botón del teclado de mis impulsos o placeres, botón de abrazar situaciones incómodas y de abrazar el derecho a la información y a ir más allá de la apariencia. Sigo queriendo saber, impertinente, con impaciencia. Hoy voy tras el rastro de migajas de las galletas.


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Casa de Resonancia

Hace un año me mudé a esta casa. Cuando cerré la puerta de mi casa anterior, lo hice con cierto pesar y no por el cambio en sí: no sabía cómo iba a dejar atrás la pared con las marquitas de la estatura de la infancia de mis hijas.

Esta casa es mucho más grande, con los retos de limpieza y renta que eso implica. El ajuste en el presupuesto y otros sacrificios cotidianos tienen el propósito de quedarnos en la misma zona porque hace ocho años decidimos establecernos aquí porque un día, uuuuuufaltamuchísimo, las niñas iban a ir a esa preparatoria pública y con tantos premios de excelencia académica.

Ese día ya está siendo.

La casa y yo nos entendemos bien. Había estado vacía por meses porque es viejita, de acabados poco modernos. La he ido conociendo, falible y cansada. No me interrumpe cuando veo por los ventanales. Me ha ido dejando que le cuente de los temas que me inquietan, de mis rutinas. El olmo tira y tira hojas, y yo las barro y las barro. Vamos siendo una, mi casa y yo. Nos cuidamos de las inclemencias, nos vemos por dentro. Confiamos en el propósito de habernos habitado.

Y, desde esa misma conexión, mi casa y yo observamos que quizás ya no haya marcas de estatura en las paredes: ahora están por todas partes. Llegan siete amigas, se quedan a dormir tres, comen ocho, el volumen de la música es la llave, el refri y la alacena no tienen sosiego, lavo playeras como micrófonos de mensajes al mundo, sonrío ante la ropa interior  que dejó, radicalmente, de ser aniñada; exámenes, entregas, proyectos, bailes y el futuro que va haciéndose diáfano y luego, de pronto, inasible y misterioso a veces en la misma conversación o día o fin de semana. Sufrimiento, amenazas de masacre. Maquillaje. Siestas junto a mí. Consecuencias, normas, calificaciones, protestas, marchas. Drama, permisos. Más drama, más permisos. El atisbo de la universidad.

Ayúdame, casa. Nada de esto se parece a lo que viví, casa. No quiero verla llorar, casa. ¿Por qué les dejan tanta tarea, casa? Es una magnífica escuela, casa. Voy a ir a aventarle un zapato al maestro de Educación Física que las puso a correr bajo la lluvia, casa.  No me gusta esa amiga, casa. ¿Y ese muchachito, casa? ¿Crees que quieran ver esta película, casa? Las extraño de cuando eran chiquitas, casa. ¡Mira cómo han crecido, casa! Soy su chofer, casa. Café en una cocina a oscuras antes de que empiece el día, casa. ¡Pero si acabo de llenar la despensa, casa! Cae la noche, se oye el silbato del último tren, aquí tengo los celulares bien observados, casa. Otra vez se van a desvelar con tanta actividad, casa. Qué especial es la energía donde hay estudiantes, casa. Ven, vamos a dormir.

Recuerdo mi época de preparatoria y, como en las clases de dibujo técnico, puedo proyectar en perspectiva, vívidamente, un punto de entonces, a lo lejos, con uno de mí más adelante y con otro más hasta llegar a este día. Con la noción de que cada momento en la preparatoria hace eco en lo profundo, me doy cuenta. Me embelesa igual que haber descubierto la filosofía, a su edad. Me aterra peor que cuando no pude dejar de ver a través de la desesperanza. Me repito que eso, y la pregunta por el amor (¿dónde está? ¿por qué ellos sí y yo no? ¿cuándo? ¿quién?) está ocurriendo en la vida de mis hijas justo ahora y, por más que fuera planeada, no se parece en nada a la fantasía ni al domicilio de cómo sería esta etapa. Esta versión que atestiguo ha sido, más bien, repentina y cotidiana.

Dejé atrás esas marquitas en la pared y avancé hacia lo que se presentó. Hoy es igual, un día a la vez, resonando: ellas, rumbo su potencial (te las encomiendo, Vida) y yo, con toda mi atención en procurar y darle forma al dentro. Siendo, es decir, más casa que nunca.


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Encantos

La hoja de suavizante para secadora que huele a 20 metros de distancia.

El gorjeo del aceite al freír las milanesas empanizadas.

El alarido de los alumnos de secundaria cuando vieron entrar a su director con el tema de Darth Vader.

La ∑ en Excel para quienes se nos dificultan las sumas de llevar.

El vaso de café cuando sí le dejan suficiente espacio para ponerle leche o crema.

Las bolsas resellables con cierre que se desliza, color magenta.

Subir escaleras sin agitarse, así como si cualquier cosa.

La persona que vive en otro país y te está ayudando a buscar la tumba de tu tatarabuela.

Los diez minutos de contemplar, como idiota feliz, la respuesta del correo electrónico porque te contestó un escritor que admiras.

El atole, cuando el frío cala los huesos.

El espectro de adjetivos que produce el rocanrol en marimba.

La licencia vitalicia de ponerle papas fritas (o similares) a los sándwiches.

Los bolígrafos de 0.7mm, disponibles en seis colores.

El milagro multiplicador de que el dinero rinda usando el sistema de sobres.

El tic de los focos con falso contacto.

La ventana de ver el aplomo de los venados cuando pacen.

La torpeza de manos cuando dos personas se reconcilian. O se gustan. O se detonan crisis.

Hay días —y hasta épocas— que llevan el sentido en los detalles. Eso piden: tiempo, atención, presencia, ser enunciados. Nunca puedo abarcarlos del todo y qué a gusto . Me renuevan el asombro, me destierran las seriedad y la adultez.  Los encuentro encantadores.

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De tumbas, influencias y poder un día

El seguro del portón estaba suelto. Nunca había estado ahí. Físicamente, me refiero. En la imaginación había ido a ese momento y soñado con él y, a sabiendas de que implicaría un viaje largo e intrincado, dejé el anhelo para un día, cuando se pudiera. Varios grados bajo cero, mi vaho, las botas de nieve —moradas, a mitad de precio—, el letrero junto al portón: Cementerio de Sleepy Hollow.

Iba a visitar la tumba de un hombre que he amado como sólo se puede amar a los autores que acompañan en los momentos de pensar y en las horas de alquimia de la adolescencia. En la avidez de encontrar modelos de rebeldía, me lo topé de frente: Henry David Thoreau. Él caminaba hacia sí mismo con la certeza de que había más por vivir que las experiencias dictadas por las buenas costumbres, la tradición, el capitalismo, la religión y la erudición, confiando en que la plenitud era responsabilidad personal y siempre producto de cuestionar para qué obedecemos, a quién, desde dónde. Es literal: agarraba camino y echaba a andar, pensando. Habitaba más cerca de la Naturaleza que de las convenciones y, en su andar, me daba permiso de buscar mi camino justo en la época en que se me hizo saber exactamente qué se esperaba de mí: ser conservadora, linda, buena, feliz, motivo de orgullo.

Conforme fui queriendo saber más acerca de su historia me enteré que tenía una amiga en su círculo de escritores. Ella: Louisa May Alcott, enferma, endeudada y con un carácter fortísimo, le dio voz a las vivencias cotidianas, domésticas y, en ese asomarse al interior, le regalaría al mundo a Jo March, el personaje de una jovencita atrevida, franca, apasionada, mandona, creativa, leal a sus ideales: una heroína que, hace 150 años, igual podía disfrutar la ópera que competir con su vecino corriendo desbocada, y ganarse la vida como escritora. Cada vez que una generación de mujeres ha leído «Mujercitas»*, se refrenda la invitación a ir más allá de los estereotipos de la feminidad: si Jo pudo, nosotras también.

Para mí, saber que Thoreau y Louisa May (otro amor mío), tenían una amistad profunda e iban a caminar por las tardes y compartían sus escritos, fue un giro que me causó una algarabía tremenda. De pronto la influencia mutua se hizo notoria, pareciera que sus libros están dialogando entre sí igual que ellos dos por los senderos de Concord, Massachusetts. Cuando leí que sus tumbas estaban juntas en la misma colina me aloqué. No hay otro verbo.

La nieve estaba sin estrenar y las tumbas a unos doscientos metros del portón. Algunos trozos de hielo blanco caían con un salto seco desde las ramas por sol de la mañana. Cada paso era una declaración; escribo este y otros textos gratuitos en un escritorio con vista a un olmo. Ya no sé ni quiero saber vivir en ciudad. Lo austero me excita. No acepto imperativos y, vista por fuera, mi vida es un desmadre. Quiero amar y vivir con intención, que no me queden decisiones fuera del cernidor, que mi ser femenino y masculino estén en equilibrio, que me siga llamando la luz encendida de lo que ocurre dentro de las casas.

El día que fue me fue posible atravesar Estados Unidos e ir hasta el pueblito para visitar las tumbas de dos amigos junté mis manos cerca del corazón y, en compañía de mi familia reinventada, lejos de lo que alguna vez se esperó de mí y rumbo a donde el alma me lleve como mujer y como creadora, lloré el himno de mi juventud:

Me fui al bosque para enfrentar solo los hechos esenciales de la vida y ver si podía aprender lo que ella tenía que enseñar. Quise vivir profundamente y desechar todo aquello que no fuera vida…para no darme cuenta, en el momento de morir, que no había vivido. 

Todavía no me repongo.

(¡Foto!)

 

*Leer esta novela es una vivencia personalísima. Quienes ya la han leído —y releído— no requieren más descripción. Si tú, lector(a), no la conoces, quizás quieras leer el principio y llegar al capítulo 3. Un dato importante: fue publicado en 1868. ¿Qué piensas?

 

 


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El otro dosmildiecisiete

«Dosmildiecisiete» ya cuenta como adjetivo de año arduo. ¡Y de qué manera! Pero, fíjense, en aras de la precisión, hay que hacer algunas acotaciones al diccionario.

Fue el año en que un extraño te preguntó en una fiesta ¿bailas? y todos los hielos se derritieron. Un detonador te empujó a llorar en un baño público y el ¿estás bien? anónimo se escuchó diáfano y sin eco. Contemplaste un atardecer, llegaste a un aeropuerto, viste a una pareja frente a ti y celebraste un logro sin necesitar un romance de película para sentirte suficiente. Tu sí fue sí, tu no fue no. Tu café (o té) siempre enunció, ceremoniosamente, punto y aparte. Nadie cobró por acompañarte a cruzar la oscuridad. Tu nombre fue pronunciado con respeto cuando estabas ausente. Un meme te hizo reír cuando estabas quebrándote. La ansiedad pasó de largo varias veces porque le contaron de tus actos valientes. Mientras el banco estaba resolviendo los trámites de tu tarjeta clonada, encontraste un billete en tu bolsa. La memoria fue gentil cuando cerraste los ojos y recordaste la pérdida o los escombros o la violencia o la traición o la corrupción o la desesperanza. Recibiste la ayuda distintiva de un voluntario o voluntaria.  Ayudaste como voluntario o voluntaria y cambió tu percepción de las calles y del sufrimiento. Perdonaste o te perdonaron y sonaron las fanfarrias junto con el derecho a regular la distancia. Mientras más difícil era la situación, alguien te apoyó con los trámites, a cargar cajas, a recibir un diagnóstico y a escuchar tu historia. La ternura, en formas inesperadas, atravesó tus armaduras y sus motivos. La silla del hospital era  reclinable. Nada de lo que te han obsequiado pueda comprarse en una tienda, y algunos libros.  Hoy abrazas el poder de un calendario en blanco.

No sé. Quizás este año, por definición, se trató de creer en milagritos.

 


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Ya hice mi carta, 2.

Oye, espíritu de la navidad:

Sólo te pido un regalo.

Permíteme ir a casa de mis abuelos. Habré tenido unos seis años. Fue cuando me asomé por una herrería y supe, bajo el influjo del ¡Ay, del Chiquirritín! y del pino que giraba constelando en contrasentido de la ruta ovalada del trenecito y de las luces en serie reflejándose en las copas de una mesa para veinte, yo con vestido de pana, el cráneo alisado por las coletas, las rodillas libres, los barrotes que olían hierro y a pintura de aceite, la sospecha de una sopa hirviendo con bastante perejil y pimienta gorda; esa vez cuando desaparecieron los imperativos: no enojarme, no llorar, no andar nunca con el cabello suelto y hasta olvidé mi apremio por recibir una Máquina de Raspados Fiesta de Sabor, supe y me di cuenta de ese momento: qué bonito, dije.  Y fui feliz.

Deja que vaya por mí. Llévame a ese instante prístino, por favor, y a todas las veces que volví a él, observándome desde otros puntos de mi historia: a mi ser universitaria que no sabía dónde acomodar esa visión frente a la construcción occidental de la navidad del consumo y de los roles de género; a mi ser recién casada que no sabía cómo incorporar las celebraciones de otras familias sin sentir que contaminaban la suya; a mi ser mamá en la crisis de los treinta, agobiada por deudas y por la competencia del a quién le va mejor, abrumada por ahorrar para los regalos; a mi ser migrante que, además, añoraba una piñata de colores y pedir posada y un ponche para el frío del norte de California; a mi ser soltera después de los cuarenta, con ciclos de furia y duelo despeinada por el desarraigo. A mi sentir que le fallé a la niña que amaba la navidad.

Quiero ir por todas esas yo, traerlas de vuelta y quitarles la carga de creer que mi yo original está varado en mi infancia. Deja que, por poner un ejemplo bobo, les enseñe cómo adorné el Nacimiento*, mi árbol de dos nacionalidades orientado hacia donde pasa el último tren de la noche; las tardes de diciembre con mis hijas consiguiendo regalos que donar al centro comunitario, el grupo de apoyo al que asisto para dialogar acerca de relaciones sanas. Deja que esas yo descansen, al fin, cuando les muestre en qué me convertí: soy mi villancico entre signos de exclamación, mi casa —a veces hogar o pesebre o paredes con eco­—, mi mesa con la elegancia de lo ordinario, el reflejo del amor que sigo y que es propio, mi presente envuelto. Deja les asegure: la que sabe de asombro y de ser feliz pervive: la navidad era bella porque yo la presenciaba y le daba sentido, no eran los objetos ni el momento en sí mismos.

Pido dejar de estar fragmentada por épocas, menos órdenes internas o externas de cómo debe ser la vida, menos cuadros fijos de mí. Seguir dándome cuenta. No hay mejor regalo, me basta y es suficiente.

pd. Estee…pensándolo bien, son dos regalos: también quiero unos zapatos morados.

*El Nacimiento de este año tuvo su cobertura aparte. ¡Qué cosa! Ahí las imágenes que publiqué en Twitter.


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Nueva Patria

            Maljan Chavoor no sabe quién soy. Leí su historia en libro.  

            Maljan entró a los Estados Unidos a través de Ellis Island, principios del siglo XX. Como millones de personas antes y después de él, viajó en barco, durmió en barracas, compartió el retrete con ciertos de familias.  Divisó la Estatua de la Libertad en el horizonte de agua de ciudad.  Escuchó a su madre o a la de alguien sollozar de nervios.  Puede ser que cargara un edredón o un baúl con ropa antes de pasar por revisiones que comprobaban que no era sordo, tenía tracoma, escoliosis o sarna.  Resolvió problemas de aritmética, contó al revés, armó un rompecabezas, leyó —o hizo como que leía— un párrafo, agrupó expresiones faciales en conjuntos; y alguien determinó que nadie en su familia estaba demente.

            Su padre respondió cuando el inspector registraba su nombre, su lugar de nacimiento y mostraba los 25 dólares en efectivo que se requerían para ingresar a Norteamérica.  La familia tuvo la suerte de mantener su nombre de origen en vez de cambiarla a un fonema que fuera más deletreable en su vida por estrenar.  Cuando les dieron su pase de salida, bajaron la última escalera de esa llamada Isla de las Lágrimas, donde se decidía su destino, tomaron el pasillo de la derecha, hacia la estación del ferrocarril rumbo a Nueva York.  La izquierda era para los deportados.

            El testimonio de Maljan no da detalles sobre su paso por Ellis Island. Consta de un sólo párrafo y en él describe un acontecimiento simultáneo al proceso de migrar, pero aún más importante y de mayor impacto en su vida: haber probado la gelatina.  La única ocasión en la que sintió un júbilo similar fue cuando se enamoró por primera vez.  Desde entonces, y según sus propias palabras, comió gelatina todos los días de su vida durante 70 años. Encontró la felicidad y su verdadera nueva patria.

              Conozco a muchos inmigrantes. Él siempre está en mi pensamiento. No pudimos conocernos y, sin embargo, lo amo.


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En la cueva

Chocolate caliente porque llueve. La cobija nos cubre, sobradas. No hay chocolate sin mencionar al mole sin pasar por esa fiesta. Ellas rodean la taza con las manos, yo necesito las mías para mostrar —como si la anécdota fuera nueva— de qué tamaño era la ollota y cómo las comadres se pasaban los platos en secuencia de pierna de pollo, cucharada de arroz, mole, ajonjolí, tenga. Cómo el borracho brindaba, galante, con las bocinas, la trayectoria del perro que se cruzó en el vals, el ala del sombrero de la festejada a rape (¡ay! de mano en pecho) porque casi se muere al nacer y su mamá le había prometido a la Virgen que si sobrevivía, le ofrecería su trenza cuando cumpliera quince años, como cuando yo tenía esa edad y una mañana apareció en mi buzón una nota: «qué pesado tienes el sueño» y no oí mi primera serenata.

Esa no se la sabían y cada taza está inquieta. Pauso la narración, las miro con mis ojos de corregir. ¡Qué va! hacen como que se derrama el líquido en la alfombra. Uy, reviro con otra historia oral: y yo que les iba a contar de la señora que le habló a las cenizas del marido y, de pronto, se movió la tapa de la urna…

Dejan la taza en la mesa de centro, se hunden en la cobija, su cabeza está entre mi hombro y mi axila en el nido de acurrucar.  Pues sí: había dos urnas iguales, sin placa con nombre, y ella necesitaba saber cuál era la de su marido y le pidió una señal. No, no es la misma señora a la que se le arrugó toda la cara por haberse puesto una crema ni era la tía del escote con rayita,

—¡Mamá!

—Bueno, ¡era un escote tremendo!

La narración se merma porque rechino y me contraigo. Sus cabezas de adolescentes se mueven y me lastiman la clavícula. Auch, les digo. Y más mueven la cabeza. He de meterme bajo la cobija y hacer algún rugido gigante gongorista. No huyen, la cobija es enorme y podemos perseguirnos sin que se cuele el chiflón. Sus manos y las mías hacen cosquillas, señales de alto, garras, una trenza de voces con risa y tos atrabancada. Piden más historias.

Pero el relato —que no será más que uno de tantos tantísimas veces repetidos y quizás alguno inédito, ocasional— tarda. Bajo esa cueva de polar y algodón, con sus dedos entre los míos, sobresale mi anular. El tono de mi piel ahora es uniforme. Me retraso en la narración porque noto algo (¿será posible?): ya no somos una mamá y dos hijitas y las historias para anestesiar mi nudo en la garganta por la ruptura: somos tres mujeres grandes formando una familia.

—¿Estás bien, mamá? ¿Qué te duele?

— Nada, hija. Ya pasó.

Y carraspeo con mi sonrisa metafísica que llega hasta cada uno de los rincones donde alguna vez sentí culpa. Les pregunto si quieren más chocolate.

Querida bitácora: al cabo de un rato se aburrieron y aproveché para ir al espejo. Me levanté la blusa y me vi la espalda. Y ¿qué crees? ¿te acuerdas de las marcas de los flagelos? Desaparecieron. No supe cuándo.

 

 


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Un día como hoy

Son los muertos, nuestros. Un día tuvieron voz.

¿Por qué llora, mamá, si es mi boda? ¡como si no me fuera a volver a ver!

A mí que me canten, yo no quiero lágrimas en mi entierro. 

Este jefe que no se acostumbra a que me haya jubilado de piloto. Es sólo un viaje, no me tardo. 

Qué orgullo tener un hijo bachiller. Lástima que no voy a conocer a tus hijos. 

¡Ay!

Me voy a recostar tantito aquí. 

Son los muertos, pero no cualquier fallecido en abstracto; los reconocemos como propios: nuestros muertos. Vienen con nosotros a donde vayamos y en lo que hagamos. No podemos contar nuestra historia sin contar la suya, sin mencionar cómo pasaron de ser nuestros vivos a ser nuestros difuntos:

Tifoidea. En su luna de miel.

Infarto, mientras conducía.

Explosión. Al aterrizar.

Cáncer en el pulmón. Sola, a cargo de cinco adolescentes.

Cardiopatía. En una Semana Santa.

Extinción paulatina de las ganas de vivir. 

En el día de quitar la ofrenda, cuando se marchita el copal y las flores oran, la casa —¡qué mundana es! (¿así fue siempre?)— inicia noviembre en el calendario de las diligencias. Y, al recoger, le sacudimos el polvo a los muertos nuestros, por si hubiera quedado algún predicado que los redujera al momento y al modo en que murieron.  Tomamos su voz y les contamos, dentro del relato que los incluye, que la vida siguió:

Madre e hija fueron exhumadas por separado y reunidas 60 años después.

No funcionaba la grúa del féretro. Llegaron sus amigos con la guitarra y le cantaron y aquel entierro fue una fiesta. 

Quedaron sus alas de piloto. Y la suya fue una de las misas más emotivas que se recuerdan.

Tuvo 26 nietos, todos con título universitario. Casi ninguno fuma.

Manda mensajes haciendo sonar el Sueño de Amor de Lizt, la pieza que tocaba en el piano. 

Su depresión motivó a cambiar la comunicación en la familia a través de terapias y manejo de la energía. 

Y con las diligencias nos altarecemos, unos con otros, de noviembre a octubre. Vamos, entre nosotros, entrelazando las voces de las personas que perdimos con la voz nuestra que reflexiona acerca del legado recibido en lo cotidiano. También hablamos de un montón de sucesos que nos rebasan pero que no podemos dejar de contar, por raros o emocionantes.

Un día como hoy.  Ya quisiera la muerte una ofrenda de tantos días. Y triunfar así sobre el olvido.


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Radiografía

Somos lo que traemos en los bolsillos, lo que no decimos a nadie, lo que más tememos y aquello que nunca hemos dejado de creer. O algo así era la frase.

La cartera, un lápiz de labios, —cuando no me pongo color me preguntan si tengo tuberculosis—, tres recibos deducibles de impuestos, los audífonos, un usb con información que me compromete, una navaja, unos chicles, mi chequera, una pluma Bic azul, —para escribir y por si algún día tengo que improvisar una cerbatana—, las llaves de mi casa y de mi oficina. La bolsa es una extensión de mis bolsillos y no por ser mujer; la lavadora es viejita y me cobra caro el olvido de papeles y de monedas sueltas. Nadie sabe que opté por una bolsa cruzada y no de señora en el antebrazo porque sólo me tengo a mí misma y el gesto de hacer que la correa cruce por mi hombro me hace sentir poderosísima. Y triste. Temo volver a creer que una fotografía en la cartera es señal de compromiso, vaya que me da horror no saber distinguir las mentiras que me cuento de las que me cuentan, sobre todo porque son portátiles. Sigo convencida de que existe la magia y de que, como demuestran las hojas secas geniales, los capullos, las alas de mariposa, las conchitas de mar y los boletos de películas tremendas: los tesoros para guardar se hacen polvo cuando intentamos poseerlos.

Espera, Miranda, nota la imprecisión: «somos», decía.

Oh, averigüemos de qué va esto. Es su turno: les va.


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Normalita

—Any question?

—(¿Por qué hay sub-especies de hongos en refractarios olvidados dentro del refrigerador del área común? ¿el concepto de atuendo para el viernes casual incluye tenis tornasolados? ¿ha considerado que la presentación de las gráficas del presupuesto sería menos hostil acompañada de un bolero en marimba? ¿podemos hacer oficial que las tres de la tarde es la hora del intenso olor a consomé sin laurel? ¿sabía que «requisición» es una palabra tan bella que vale unos segunditos de pausa después de pronunciarla? ¿por qué la práctica de sacar fotocopias sin encender la luz? ¿y si hacemos una biblioteca en el hueco de la escalera para los niños que nos visiten? ¿ha escuchado que el elevador se queja de sus cadenas?¿de quién es el auto con la placa «YA MERO»?¿sabía que algunas personas no podemos pasar junto a una IBM Selectric sin descorrerle la funda para pulsar la tecla de retroceso porque suena chistosa y en la memoria?)

Quiero resumir todas mis preguntas en una: ¿qué es lo normal? Pero no me atrevo. Igual que no me atreví en la escuela, en mis relaciones de pareja, en el podólogo, en el aeropuerto; vaya a ser que me pongan alguna etiqueta de esas pegostiosas e incómodas que, desde el inconsciente, sentiré la la necesidad de desmentir. Hago como que lo que me rodea pasa porque sí, y no es una construcción. Soy una más, no destaco, soy alivianada, cooperadora, nunca demasiado atenta.

Nos dan las gracias por nuestra asistencia, la junta termina, elijo mis batallas y cuántos signos de interrogación quiero gastar en voz alta. La normalidad me sonríe desde su rigor, protegida por una trinchera de cobardes como yo: está a salvo.