Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, llaves, y otras plantas de interior.


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Hombro con hombro

Algo horrible sucedió, me dijo mi papá por Whatsapp, este temblor fue diferente. Al poco tiempo vi las primeras fotografías de los derrumbes y, como millones de personas que estuvieron en el sismo del 85, los recuerdos me golpearon en las rodillas. Y, aunque el suelo que pisaba estaba fijo, no tuve de dónde agarrarme. —Sólo tuve, sólo he tenido sollozos—. Fue distinto y el mismo, en canon.

No puedo hablar de cómo se siente estar en la Ciudad de México en estos momentos, dos días después. Ustedes, sus habitantes, tienen esa palabra. Imaginen, voluntarios preciosos que no han dormido y que presencian la solidaridad en todo su espectro de belleza, honestidad y verdad y que nadie les cuenta de los extremos del dolor y de la ayuda, por un momento: ver, dentro de treinta años a alguien que sufre por un terremoto. Y ustedes, lejos.  Con lo que saben ahora, tengan la edad que sea. Con lo que les falta por saber y que irán descubriendo como parte de su nueva identidad.

Así me siento. Puedo hablar, justamente, desde el aullido de estar en otro lugar que no es la Ciudad de México. De la furia casi animal del encierro de la geografía. De la bofetada en el exilio de un «ni vengas, que no haces falta», de querer hablar de lo que sigue: de asimilar las pérdidas, de resistir los embates del desánimo y cómo la vuelta a la normalidad pedirá una constancia que cansa. Sé eso y otras cosas, pero no sirven de nada. Aúllo más. Y me callo, porque el puño de los rescatistas está cerrado y en alto.

Pausa.

Me pongo al servicio de ustedes, incondicional. Continuaré en Twitter, como he estado hasta el momento, centrada en el apoyo emocional y algunas herramientas para atravesar este momento. Aquí a ladito, en la columna de la derecha, están en tiempo real. —–>

Los desastres pueden verse con los ojos del cuerpo, como testigo, y con las del espíritu, por empatía. En todos los casos, los desastres nos exigen recordatorios de quiénes somos, dónde estamos, a dónde vamos; todas las crisis nos despojan de lo que teníamos por seguro. Al no saber qué va a pasar, necesitamos pistas para volver a la casa de dentro y el otro alimento: la ternura activa, escuchar las historias y preocupaciones, sentirnos útiles. Desde la impotencia de no poder ir a remover escombros o a clasificar víveres, doy palabras de aliento porque quizás sirvan, dicen mis rodillasrecuerdo. Fue distinto y el mismo: México es un lugar en el corazón, no sólo un país. Si tiembla, temblamos todos. Y, entre todos, haciendo red donde quiera que estemos, ayudamos a reconstruirlo. Todas las veces.

 


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De importancia

Ha de ser la edad o Silicon Valley o el país o el siglo, supongo. Pero es a fuerzas, parece, que los diálogos estén permeados por logros, dejarlos caer en las conversaciones como bombas de mérito. A cada «¿cómo estás?» le sigue una mención a diplomas académicos, erudición remedial, cifras en el ingreso, destinos vacacionales, proezas del corazón o cama o ambas, cantidad de seguidores, llaves de la ciudad recibidas, grados de cercanía con personas influyentes, y otros abalorios bien brillantes del ir haciendo.

Suelo quedarme callada. He aprendido que no se habla de crear un entorno estable para que las hijas crezcan, de defender los espacios creativos frente a las fauces del cansancio, de la hipervigilancia de cada ruido, de cada extraño, de cada automóvil y dormir en paz, de la victoria quincenal de hacer rendir el sueldo, de la disciplina para vivir sin deudas, del marcador cotidiano en la lucha contra el rencor cuando a uno le toca presenciar, de primera mano, que la vida no es justa. Y pues esos son mis logros aunque ninguno tenga testigos.

Harta de la convivencia con personas que cómo insisten en ser superiores porque sus éxitos sí son reales y visibles, y muy fastidiada con mi vulnerabilidad que a veces me hace dudar de la valía de mis acciones, una tarde me puse a hojear el periódico y encontré un anuncio.

Se solicita voluntario(a) en asilos para dar la mano a personas moribundas

que no cuentan con familia ni amigos. 

Recorté el anuncio y lo traje conmigo varios días. Y con esas dos líneas supe que nuestra convivencia no sabe de logros verdaderos. Llegará un último «¿cómo estás?». Si hay tiempo, la conversación ocurrirá cuando el hacer se reduzca a pasar las horas entre estertores, deshidratación, sopor y arrepentimientos. O quizás no lo haya. Sea donde fuere que nos embosque el final, ¿alcanzamos a ver ese momento, desde el ego, cuando nos sentimos superiores?, ¿y desde el tedio o la abrumación, cuando nos sentimos poca cosa?

Cerré los ojos y pude verme: rota, desfallecida, relegada, rechazada, olvidada, aullando de abandono y dolor en tantos ámbitos; cómo he pasado esos umbrales, cómo todas las veces se me fue la vida en ello. Lo que hubiera dado por una mano que me acompañara. Y así, honrando cada uno mis momentos de fragilidad deslucida —esa que el mundo jamás premiará—, y mis éxitos —que sólo yo sé—,  fui y tomé la capacitación de los voluntarios.

Nada, nada sabemos acerca de lo que importa, hasta que llega la muerte.  Y mientras haya personas muriendo a solas.