Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, y otras plantas de interior.


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Letras para Tiempos de Encierro 12

A veces exijo el verde a ultranza en las plantas de interior y me visto de negro con ánimo fúnebre y me desespero con los adultos que dicen «chí» en vez de «sí». Yo, que cultivo una arroba hecha flores y policromías.

A veces pido que me dejen en paz y que cada quien sea cada cual, bien delimitados, autosuficientes y en terapia. Yo, que creo en los vínculos que fluyen y en la conexión intensa entre las almas.

A veces no olvido ni perdono ni suelto ni cuento la historia completa y repaso, con el dedo de la arrogancia, los adeudos morales que alguien me debe. Yo, que creo en trabajar las pérdidas, en crecer y en decirme la verdad.

A veces renuncio a mi herencia, me quito el último apellido, fantaseo con ser huérfana y me abrazo a mi exilio. Yo, que he puesto mi devoción completa en formar una familia.

A veces demando lo auténtico, lo natural, lo transparente en cada diálogo. Defina sus intenciones, múestrese tal como es. Yo, a quien muy pocas personas han visto sin maquillaje.

A veces quiero salir de este encierro. Ser beso y grafiti en un mundo cauto, dinamitar las rejas del «no te acerques, tengo el corazón roto», ir a la playa, a la plaza, al concierto y a la vida que se quedó en pausa.

A veces, y en algunos abriles, me quedo en casa con mis contradicciones.


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Letras para Tiempos de Encierro 11

En los últimos días tuve dos descubrimientos:

I.

El estrés, al principio era, más bien, una energía afilada en trabajar desde casa. Era lo que tocaba, por seguridad. Me sentía muy manos a la obra, muy parte de la historia, muy clara dentro del ruido, muy serena en medio del pánico creciente. ¿Y vieron los diez posts que hilvané, seguiditos? Como la fruit ninja del enclaustramiento.

Hasta que mi mente comenzó a protestar. Yo digo que fue la mente pero pudo haber sido el hueco que sentía alrededor del ombligo. O las pesadillas mezcladas con sueños intensísimos. O el hambre a todas horas y el refrigerador tarado que no tenía lo que se me antojaba.O las ganas de llorar y una tristeza que no se parece a ningún duelo conocido, y la impaciencia y la irritabilidad. La casa (¿por qué se ensucian las casas, caramba?), el bloqueo creativo.

Sólo ahora, en esta semana de vacaciones, voy dimensionando que estuve 21 días en estado de emergencia, en parte por la naturaleza de mi trabajo y en parte porque así estamos; y agobiada por ser productiva, por justificar mi sueldo, por hacer predicciones y mantener la normalidad, olvidando que no sé nada de emergencias por coronavirus y, por lo tanto, estoy más vulnerable que jamás en mi adultez. Me descubrí humana en 2020.

II.

Qué maravilla, las lámparas. Uno enciende el interruptor y zas, la luz. Me gusta la de la sala, con su foco tartamudo. La de mi buró, con su clic que anuncia la hora de despertar, la hora de dormir y el qué chingados. La de la cochera, congreso de mosquitos, porque se refleja en los ojos de los venados y nos pone a ambos a salvo. La del clóset, vidriada y paciente porque hay azules marinos que, de grandes, quieren ser color negro, y yo debato en voz alta con los colores y las prendas.

Marzo, y ahora abril, han sido meses de agradecer las lámparas. Qué maravilla, repito. A veces, cuando la vida se complica, la oscuridad asusta un poco más.


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Letras para Tiempos de Encierro 6

Yo odiaba con todas mis fuerzas, pero todas, toditas, no quedaba ni un milímetro despoblado, ir a la escuela. Todas, las pocas que me restaban a diario porque cada vez que decía ¡no más!, me daban la noticia vieja de que ir a la escuela no era opcional.

Me despertaba con esperanza de milagro de tortillería: un «sí hay tortillas» enmicado y fijo para contrarrestar las veces que no hubo, para que la gente dejara de preguntar con escepticismo. Que sí hay, caramba,  ¿cuántos kilos va a querer? y creyera su suerte en taco potencial. Así, pero con el cierre del plantel.  Me dormía con planes de huir, de quemar y de polvos pica-pica. A mis nueve años, no se me ocurrían herramientas más poderosas.  Y aún si quisiera llevarlas a cabo tenía que presentarme en la escuela, o pedir aventón a algún muppet en Combi a Technicolor o cargar con un tanque de gasolina o convencer a la marchanta del puesto de las bromas que mis intenciones eran buenas. Muy difícil.

No era el edificio de la escuela ni las clases. El edificio era una casa estilo colonial californiano con un exceso de habitaciones y de decoraciones en cantera rebuscada, nomás dándome cuerda para imaginar quiénes habían sido sus habitantes antes de que 150 estudiantes la invadieran. Las clases sí me gustaban, aunque no fuera de dieces.

La burla, ése era el problema. En mi escuela, como en tantas y tantas antes de que aparecieran las distinciones de las inteligencias múltiples y el flamante concepto de Aprendizaje Socio-Emocional, crecíamos hechos unos salvajes, enredados en la energía silvestre de la infancia y ninguna dirección honda y sabia. Llegar tarde a la fila, una mancha de yema en el suéter, una «A» desportillada en el pizarrón, la servilleta adherida de más al sándwich, la rima del apellido, el estampado del vestido de la mamá, decir Fernando Francisco de Austria en vez de Francisco Fernando, que el balón rozara los glúteos —y usar el término anatómico—, vivir a unas cuadras, vivir a diez, usar calzones de flores, usar mallas, los pantalones encogidos de tanta lavada, la hebilla del zapato aflojándose, trabarse en 7 X 8.  Existir: motivo de burla.

El profesor de Educación Física fue lo único bueno que ocurrió en esa escuela y a quien le atribuyo la victoria de mis ganas de volver cada mañana. Habrá sido un muchacho egresado de la ESEF y hacía su trabajo docente; cubría las unidades de atletismo, tabla gimnástica, perfección de la rodada al frente, (¡Marometa, profe! No, muchachos: el nombre correcto es: rodada), preparación para la escolta y el homenaje a la bandera. Y hasta yo, que había corrido un par de ocasiones en mi vida, pensaba que su clase era lo máximo. Después de años de arqueología mental, creo que ya descubrí porqué: nos respetaba.

Era un tipo de respeto sin demasiado protocolo. Un respeto simple, como vaso de agua que quita la sed. Creo que su respeto se sentía bien porque no tenía angustia ni especulación, tan típicas de los adultos. Así de joven era. Estaba presente y sonreía. Y, para nosotros, sus alumnos, su estar y su respeto eran más que suficientes. Lo reconocimos como autoridad: sí, tú guíanos. En su clase no había burla. Uno podía equivocarse, estábamos a salvo de la vergüenza de los cuerpos que crecen y las hormonas nos daban vitalidad y compañerismo. Fuimos logrando el salto del tigre, uno a uno, y lo recuerdo como uno de los momentos de más gloria de mi infancia. También nos enseñó a bailar rocanrol en la kermesse y a salir en orden cuando comenzaron los simulacros después de que un terremoto destruyera nuestra ciudad y al mundo como lo conocíamos.

Pienso en los niños y niñas hoy, que sí se les hizo el milagro de las clases suspendidas. (¡Hubiera dado mi vida entera por una cuarentena así!) Pienso en el estrés que los rodea, en el peso de las tareas en línea, en las caras de los adultos que no sabemos qué va a pasar y que nuestro pensamiento está, quizás, en otro lado. Los niños y niñas añoran la combinación de respeto y la verdad. Donde esté esa fusión, querrán quedarse a escuchar, a aprender y a hacer comunidad. No sermoneo, pasa que estos tiempos hacen que las reflexiones vayan tañendo, son campanas.

La distancia social, igual que la escuela entonces, no es opcional. Sólo pienso en mi maestro, a donde quiera que se encuentre; hace falta en este momento estancado. Vengan, vamos a bailar el Rock de la Cárcel en la sala de las casas. Pongamos un letrero: «si hay —o puede haber— esperanza».  Hablemos de tacos y de victorias cotidianas. Resistamos, presentes, sonriendo tantito para los niños y niñas (de adentro, de afuera) que nos miran.

Para el profesor Enrique Peña Morales. Maestro, con mayúscula.

Enrique Peña

4to grado, 1985

 

 

 


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Maceta de mosaicos

La escarcha cubre la mañana, el pasto, los techos y los parabrisas. Las hojas que siguen cayendo no crujen porque llueve y, a veces, no deja de llover. Tendrías que ver a las camelias, son unas locas. Ponen el rojo donde está el lodo, muestran lo rosa carnoso entre pliegues todavía más rosas entre los árboles que son un ramerío o una batalla contra el viento, aparecen cincuenta en un arbusto en plena cuesta de enero. Son como el barroco en tiempos minimalistas y de tensión de guerra. Amo su locura.

***

Que cada amiga haga lo que quiera de su vida. Que ame la persona equivocada, que viaje y olvide pagar la luz, que se tatúe y se arrepienta, que se separe de un buen tipo, que vuelva con un idiota, que haga sopa de dominó de prioridades, que exagere, que sea adicta a negar que es adicta. Todo cabe, lo vamos resolviendo juntas. Pero no puede morirse.

En serio: no puede morir, dice el yo de 17 años, el de la edad que siempre teníamos cuando estábamos juntas. Porque si muere, ¿quién la consolará cuando se sienta sola en la eternidad?, ¿con quién lloraremos el duelo de perderla si no es con ella?

Sí puede, dice el yo adulto.

Y ese diálogo es verdadero. Y miserable.

**

El día que cumplí una década de haber emigrado a California comí una hamburguesa con papas y un root beer sin popote. Fui con Victoria Luminosa al cine; en nueve meses se irá a la universidad al otro lado de este país, y pasamos juntas todo el tiempo que podemos; hablamos de su derecho a irse, y de recetas y de m’hijita, júrame que usarás abrigo cuando empiece el frío.  Abracé a Mini Dancing Queen adolescente con su campo minado de emociones, y la abracé más y la hice reír tantito; todavía podemos coincidir en momentos con y sin palabras, todavía nos necesitamos. Le conté a Mario acerca de mi curso de capacitación de Modelos de Cuidado con Información de Trauma; nos llevamos mejor y nos queremos más ahora que somos familia, amigos y equipo-compañeros de crianza de hijas, que en todo nuestro matrimonio.

Hace un libro le escribí una carta a la mujer de aquella noche de llegar a San Francisco. En este aniversario le regalo la imagen una maceta de mosaicos como la que tengo en mi balcón: los trozos de todas mis pérdidas —que, en realidad, no son más que la vida siendo vida y el cambio siendo ley— forman un contenedor mucho más interesante y hondo (y colorido) que cualquier anhelo intacto.  Y ese lugar me fascina, hoy lo sé, para quedarme a vivir.


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Sur 37 A

Es inicios de diciembre porque pienso en una calle.

La recorríamos varias personas, como quince. Era una calle de dos cuadras y media. Pasábamos junto a la casa donde había un muchacho que estudiaba música; practicaba sus lecciones de trompeta y de piano, no importaba la hora. Y junto al edificio donde vivía un brujo en la planta baja y una vez que fueron de la delegación a renivelar la banqueta, salió el hombre con una cadena bastante larga y les dijo a los albañiles que le echaran mezcla sin taparla del todo, como delineando el edificio; esto es brujería, dijeron los vecinos. Nadie se metió con él.

Y a un lado de la cochera con macetas de barro, en el suelo y en la pared, que fue blanca pero ahora era color «por aquí pasan coches que aceleran y mientan madres por el tope de más adelante»; los canarios le cantaban a las plantas de sombra y a algún otro geranio terco. Y por donde había casa con una pared de ladrillos, que era parada obligatoria del camión de la basura y donde nunca, nunca, hubo rayoneos de grafitti a pesar de que el ladrillo estaba tan bien puesto que se veía como un lienzo irresistible.  Nunca, ese milagro.

Y hacíamos escala en la casa de la mujer que vivió hasta los 101 años y usaba pantalones desde 1918. Y nos aliviaba pasar por la casa de las rejas y saber que ya no estaba el perrote que aterrorizaba a los transeúntes; el refrán es impreciso: ladraba y mordía, que sí. Parecía lobo.

Los mapas virtuales indican que la calle sigue donde la dejamos. Es más: basta teclear su nombre para poderla recorrer de nuevo. Pero no pienso en la calle de ahora sino en la de entonces,  la que unía la casa de mi bisabuela y la de mis abuelos con la mía, donde crecí. Diciembre, y en particular el 25, pero también alrededor de las posadas y el fin de año, se trataba de hacer ese trayecto. Los tíos reían pero no cuando venía un coche, mi abuela abrazaba caminando, mi mamá hacía la observación de que el ambiente olía a llanta quemada, yo iba encima de los hombros de mi papá hasta que tuve que ir a pie.

Es inicios de diciembre y estoy en esa calle, siendo niña, como si hubiera sabido que tenía que fijarme muy bien. Ventilo el recuerdo para impedir que le brote una pátina, para mantenerlo vivo aunque el cambio haya desmembrado a la familia y la delincuencia esté al asecho.

Sé amable, nostalgia.

 


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Cuando oscurece

Tan pronto como empieza a oscurecer a las 5 de la tarde, mi cuerpo de la memoria me pide que haga algo para evitar que La Gran y Espantosa Depresión del 2014 ocurra otra vez. Por más que mi terapeuta y yo tratamos de explicarle que han cambiado las condiciones de esos noviembre y diciembre,  mi cuerpo me dice que no vaya a ser la de malas, ¿o se te olvidó cómo temblabas y el guiñapo que eras?

Es muy reconfortante saber que los fabricantes han poblado los anaqueles con productos que prometen hacer más llevaderos los detonadores del miedo al abandono. Mi experiencia como consumidora ha sido la siguiente:

  • Lámpara de luz blanca. Con brillo de 10,000 LUX, combate la fatiga, regula el patrón de sueño y quita las ganas de hibernar, reduce el humor melancólico, afina la concentración. Compré una,  la desempaqué, la puse en mi comedor, me paré por un café, me tropecé con el cable, se cayó la lámpara, se hizo añicos.
  • Bolsa de agua caliente. Obra de un inventor croata y patentada en 1903, hecha de hule y con tapón hermético enroscable. El calor que emite por horas es tan similar al de dormir de cucharita y el cerebro se la cree. Es un remedio antiguo y muy bello pero se aguó porque la tapa no resiste los años. Tuve que cambiar de colchón.
  •  Aromaterapia. La combinación de lavanda, naranjo, bergamota, geranio, hipérico y salvia me funcionó de maravilla. Me encomendé a ella, bien ungida detrás de las orejas, en el cuello, en la nuca, en el Tercer Ojo y hasta eché un algodón a mi bolsa, para que no me faltara la provisión hasta que en mi oficina apareció un letrero de «Favor de Mantener Esta Oficina Libre de Fragancias, Por el Bien de Todos (Olivia, de Contabilidad, es alérgica)».
  • Chocolate. Tal como descubrí en la secundaria, comerlo convierte mi cara en un espectáculo de fuegos pirotécnicos de acné al son de la Obertura 1810. Hoy sé que dicha sensibilidad sigue vigente al estilo gira de orquesta sinfónica.
  • Manta con Peso. Esa la estrené anoche. Es un cobertor a dos vistas que tiene arena entre las costuras. Está diseñada para la contención. Pesa 7 kilos. No puedo moverla sin pujar y hoy que amanecí me duelen el brazo y la cadera como si hubiera reptado para escapar de alguna mêlée de significados. Le auguro medio día más conmigo.

Espantosa, no se me olvida. Porque me agarró desprevenida, igual que el año cuando se va extinguiendo, o cuando la oscuridad asusta y es más oscura, o cuando el aspecto animal del amor se niega a aceptar traiciones. Te escucho, cuerpo. Antes, no podía o quería. Hoy es diferente.

Y, es curioso, escuchar a mi cuerpo —su pavor a que aquella herida se repita, su alerta a las relaciones donde no hay equilibrio, su trabajo por conservar el calor, su pregunta honda, hondísima acerca de la soledad— me trae a este momento. A éste, presente, y no al pasado ni al futuro. Comprar es inútil.  ¿Me abandonaron y sobreviví?, ¿y aún puedo reír? Mira cuerpo, lo que hoy sé:  aquello fue El Gran Regalo del 2014: yo soy la luz y la calidez que busco.


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Introspección

A veces creo que estoy buscando una razón y el sentido a lo que vivo.

Veo para dentro como si me asomara al escote del diccionario bilingüe que llevo cerca del corazón. Significa, significa— dice el latido.

Escucho para dentro como si pusiera el oído en el centro de una guitarra de llevar serenata a peces y estrellas. Significa, significa— dice el telescopio.

Huelo para dentro como si subiera al segundo piso de casa de mi bisabuela y me detuviera frente a todas las botellas de agua de azahares. Significa, significa—dice la madera.

Toco para dentro como si fuera el segundero del reloj que siempre suena húmedo en las historias que me son íntimas. Significa, significa—dicen los ovarios

Pruebo para dentro como si mandara en la cocina creativa donde se prepara el pan que quita el hambre de compañía. Significa, significa—dice el mortero.

Y termino descubriendo que, mientras vivo, el sentido me encuentra, me invita y,  despacio, me devuelve el cuerpo.