Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, llaves, y otras plantas de interior.


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Cervus elaphus

La cocina de la casa en donde vivo desde hace un año está empotrada en un talud de hiedra y tiene un ventanal con vista a un olmo. Hay tres maneras de entrar a la cocina: desde el interior de la casa, por una escalinata lateral que cruje con rencor y que casi no uso, y por las escaleras de piedra con canto de madera que dan a la calle.

Yo entro por el interior y casi siempre con hambre o sueño. Cuando no estudio el refrigerador abierto para elegir qué voy a cocinar, recorro mi circuito hacia la cafetera o hacia la alacena buscando quitarme el hambre.  Luego se me olvida a qué iba.

—Un venado.

Ni un sonido de pisadas ni de hojas que crujen ni de tierra suelta que pueda hacerme saber que se aproxima.  Aparece, así, con el guion largo del animal hablando a través de su presencia. Rumia, pasea, se echa. Lo saludo, para las orejas. Me sirvo el café o agarro un puñado de nueces o preparo las albóndigas o relleno mi jarra de agua. Cuando volteo, ya se fue.

Su aparición no tendría mayor relevancia en una casa en una zona boscosa de no ser porque coincide con mis días de más agobio. Esos días de saber que nadie vendrá a salvarme de aquello que me aflige, que hay un hambre que no se quita con alimentos, que no hay tortilla ni pan ni galleta ni sopa ni infusión, preparados por mí o por alguien, que me den sosiego. Debe de haber algo más, me digo. Justo en la cocina, un venado: el símbolo de la gracia y la apacibilidad, el buscador de caminos alternativos.

Mi espíritu encuentra esperanza frente a ese animal-presagio de tiempos buenos y de rumbos posibles que aparece y desaparece con el mismo misterio. Pasa el agobio, pasan los días, es medicina antigua. Por supuesto que le regalo las flores que había sembrado.

 


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Claridad

Antes las preguntas de querer saber escapaban de la boca y no alcanzaban a ponerse su traje de pertinencia o de todo tiene su lugar y su momento. Pocos decían: «deja de hacer preguntas», en cambio, las dejaban flotar hasta que se les acabara el aire aunque ocuparan todo el oxígeno del cuarto. Y las horas ¡qué largas eran!

Antes, en esa misma época de querer saberlo todo con urgencia, había cajas redondas de latón que alguna vez tuvieron galletas de mantequilla y, dentro de esas cajas, botones. Nadie cuestionaba qué fue de las galletas o por qué el envase y el contenido desafiaban la lógica. «Trae los botones» era una orden amable para distraer curiosidades, para que el aire fuera respirable de nuevo y las horas de visita o de lluvia se hicieran menos tediosas.

Las tías, las abuelitas, las primas grandes, las comadres, las parientes: todas tenían una caja de botones como embajadoras de la mercería itinerante y de la Providencia: tener a la mano el reemplazo de un botón perdido es un regalo del cielo precavido. Al abrir la tapa curaban la picazón de las preguntas con un bálsamo tan antiguo como la humanidad: contaban historias.  Y esas historias a través de los botones, es decir, de las prendas, de las modas, de los estilos personales y de los colores, se convertían en una manera de viajar, rompían el hechizo del encierro. Las horas, ¡qué cortas eran!

Hoy, cuando un tema o una pregunta no me dejan en paz, me basta con hacer sonar una caja de latón repleta de los botones que he adquirido en las tiendas de segunda mano y de telas, en las tintorerías y de mi propia ropa. Abro la caja con la reverencia del tesoro que es, así de ruidoso y diverso, y empiezo a ordenar mis pensamientos por tamaños o texturas, viajando, viajando hacia las ganas de contar, y me aclaro. No por sabia ni por alguna magia específica sino porque me trae recuerdos maravillosos. Me gusta ser mujer con una caja de botones, mía o heredada y la niña que fui se sigue deleitando en cada botón.

Pero no acepto distracciones ni cuentitos. Al abrir la caja también me transformo en botón de mi primavera interna, botón del teclado de mis impulsos o placeres, botón de abrazar situaciones incómodas y de abrazar el derecho a la información y a ir más allá de la apariencia. Sigo queriendo saber, impertinente, con impaciencia. Hoy voy tras el rastro de migajas de las galletas.


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De tumbas, influencias y poder un día

El seguro del portón estaba suelto. Nunca había estado ahí. Físicamente, me refiero. En la imaginación había ido a ese momento y soñado con él y, a sabiendas de que implicaría un viaje largo e intrincado, dejé el anhelo para un día, cuando se pudiera. Varios grados bajo cero, mi vaho, las botas de nieve —moradas, a mitad de precio—, el letrero junto al portón: Cementerio de Sleepy Hollow.

Iba a visitar la tumba de un hombre que he amado como sólo se puede amar a los autores que acompañan en los momentos de pensar y en las horas de alquimia de la adolescencia. En la avidez de encontrar modelos de rebeldía, me lo topé de frente: Henry David Thoreau. Él caminaba hacia sí mismo con la certeza de que había más por vivir que las experiencias dictadas por las buenas costumbres, la tradición, el capitalismo, la religión y la erudición, confiando en que la plenitud era responsabilidad personal y siempre producto de cuestionar para qué obedecemos, a quién, desde dónde. Es literal: agarraba camino y echaba a andar, pensando. Habitaba más cerca de la Naturaleza que de las convenciones y, en su andar, me daba permiso de buscar mi camino justo en la época en que se me hizo saber exactamente qué se esperaba de mí: ser conservadora, linda, buena, feliz, motivo de orgullo.

Conforme fui queriendo saber más acerca de su historia me enteré que tenía una amiga en su círculo de escritores. Ella: Louisa May Alcott, enferma, endeudada y con un carácter fortísimo, le dio voz a las vivencias cotidianas, domésticas y, en ese asomarse al interior, le regalaría al mundo a Jo March, el personaje de una jovencita atrevida, franca, apasionada, mandona, creativa, leal a sus ideales: una heroína que, hace 150 años, igual podía disfrutar la ópera que competir con su vecino corriendo desbocada, y ganarse la vida como escritora. Cada vez que una generación de mujeres ha leído «Mujercitas»*, se refrenda la invitación a ir más allá de los estereotipos de la feminidad: si Jo pudo, nosotras también.

Para mí, saber que Thoreau y Louisa May (otro amor mío), tenían una amistad profunda e iban a caminar por las tardes y compartían sus escritos, fue un giro que me causó una algarabía tremenda. De pronto la influencia mutua se hizo notoria, pareciera que sus libros están dialogando entre sí igual que ellos dos por los senderos de Concord, Massachusetts. Cuando leí que sus tumbas estaban juntas en la misma colina me aloqué. No hay otro verbo.

La nieve estaba sin estrenar y las tumbas a unos doscientos metros del portón. Algunos trozos de hielo blanco caían con un salto seco desde las ramas por sol de la mañana. Cada paso era una declaración; escribo este y otros textos gratuitos en un escritorio con vista a un olmo. Ya no sé ni quiero saber vivir en ciudad. Lo austero me excita. No acepto imperativos y, vista por fuera, mi vida es un desmadre. Quiero amar y vivir con intención, que no me queden decisiones fuera del cernidor, que mi ser femenino y masculino estén en equilibrio, que me siga llamando la luz encendida de lo que ocurre dentro de las casas.

El día que fue me fue posible atravesar Estados Unidos e ir hasta el pueblito para visitar las tumbas de dos amigos junté mis manos cerca del corazón y, en compañía de mi familia reinventada, lejos de lo que alguna vez se esperó de mí y rumbo a donde el alma me lleve como mujer y como creadora, lloré el himno de mi juventud:

Me fui al bosque para enfrentar solo los hechos esenciales de la vida y ver si podía aprender lo que ella tenía que enseñar. Quise vivir profundamente y desechar todo aquello que no fuera vida…para no darme cuenta, en el momento de morir, que no había vivido. 

Todavía no me repongo.

(¡Foto!)

 

*Leer esta novela es una vivencia personalísima. Quienes ya la han leído —y releído— no requieren más descripción. Si tú, lector(a), no la conoces, quizás quieras leer el principio y llegar al capítulo 3. Un dato importante: fue publicado en 1868. ¿Qué piensas?

 

 


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Monografía de una Promesa Cumplida

spring 2018

Segunda parte del invierno: período cuando la naturaleza ilustra el verbo «recomenzar» porque los humanos, especie adoradora de lo tangible, tienen dificultades para creer que si nada hay, nada brota. Temporada de abrirse paso: entre la tierra o las ramas o las ideas o los suspiros para atestiguar cómo la vida tiende a la vida y no se amedrenta con los paisajes desolados. Promesa cumplida, tiempo de acercamiento.

En la ilustración, de izquierda a derecha: Arriba- flor de cerezo en la calle del parque, flor de ciruelo a media cuadra de mi trabajo, planta de amapola rosa (creo). Abajo: flor silvestre que apareció en una maceta desierta, romero después de que el jardinero arrancara toda la mata, la orquídea que me llevó a acuñar el término «inusitado apego por el color» y que había estado sentida por el cambio de casa. 


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Tres, para empezar

El año abre los ojos, se espabila.

***

Creo que desde el siglo pasado que no tenía un escritorio propio. Escribo este post sobre él, es un esquinero. No tiene nada de relevante de no ser porque el mío, de niña, de mis cuentos torpes y primeros, también hacía esquina. Este da al sureste y es rojo de mujer que menstrúa, color arbusto de algunas camelias en enero. Lo rozo cada cierto número de palabras, como si fuera otra barra espaciadora, para comprobar que no lo inventé y es real, empolvable, desteñidor y maravilloso.

***

 La compañía de seguros me resolvió un contratiempo con mi auto a través de la renta de otro por siete días. Entre mis opciones, señalé el gris, el Renegado. El gerente me preguntó, tan finamente como le permitía el estereotipo, si estaba segura. No lo estaba, pero disimulé. Me dieron las llaves, me subí al coche, estudié el tablero, arranqué, puse música.

Todavía me sorprendo de tanto que tuvo que pasar para que yo acabara a bordo de ese todoterreno oyendo el vals de la Bella Durmiente y sintiendo que mis lados masculino y femenino se besan en todos los semáforos. Voy siendo hija de ese romance interno.

***

Mi queridísima y perseverante Sra. Rigo dio conmigo después de habernos perdido la pista por ocho años.  (Si leyeron «Usted & la Canción Mixteca» saben de quién hablo y si no tienen idea: anden, vayan). Su mensaje fue uno de los mejores regalos de Navidad que pude recibir, muy emotivo para las dos. El otro regalo de lágrimas de alegría fue la familia: por decisión, no por circunstancia.

Pienso — y sigo pensando y sintiendo— qué tan lejos puede llegar el hecho de querer mucho y bien a una persona.

***

Se espabila. Todavía está en la oscuridad. Mira y va sabiendo que quizás lo que sigue —la primavera, un libro en ciernes, la esperanza, los reencuentros, qué se yo— tienen que ver con la unión de lo que era y lo que puede ser, lo opuesto y lo afín, conjurar la prisa, rescatar lo que importa aunque cambien las formas, no dejar piedra ni puerta ni Google sin tocar, buscar y buscar hasta decir: este futuro me representa para bien.  Se va sintiendo vivo y nuestro. Abre los ojos paulatinos de sí.

¡Feliz año que inicia! Yo invito la ronda de café de calendario.


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El otro dosmildiecisiete

«Dosmildiecisiete» ya cuenta como adjetivo de año arduo. ¡Y de qué manera! Pero, fíjense, en aras de la precisión, hay que hacer algunas acotaciones al diccionario.

Fue el año en que un extraño te preguntó en una fiesta ¿bailas? y todos los hielos se derritieron. Un detonador te empujó a llorar en un baño público y el ¿estás bien? anónimo se escuchó diáfano y sin eco. Contemplaste un atardecer, llegaste a un aeropuerto, viste a una pareja frente a ti y celebraste un logro sin necesitar un romance de película para sentirte suficiente. Tu sí fue sí, tu no fue no. Tu café (o té) siempre enunció, ceremoniosamente, punto y aparte. Nadie cobró por acompañarte a cruzar la oscuridad. Tu nombre fue pronunciado con respeto cuando estabas ausente. Un meme te hizo reír cuando estabas quebrándote. La ansiedad pasó de largo varias veces porque le contaron de tus actos valientes. Mientras el banco estaba resolviendo los trámites de tu tarjeta clonada, encontraste un billete en tu bolsa. La memoria fue gentil cuando cerraste los ojos y recordaste la pérdida o los escombros o la violencia o la traición o la corrupción o la desesperanza. Recibiste la ayuda distintiva de un voluntario o voluntaria.  Ayudaste como voluntario o voluntaria y cambió tu percepción de las calles y del sufrimiento. Perdonaste o te perdonaron y sonaron las fanfarrias junto con el derecho a regular la distancia. Mientras más difícil era la situación, alguien te apoyó con los trámites, a cargar cajas, a recibir un diagnóstico y a escuchar tu historia. La ternura, en formas inesperadas, atravesó tus armaduras y sus motivos. La silla del hospital era  reclinable. Nada de lo que te han obsequiado pueda comprarse en una tienda, y algunos libros.  Hoy abrazas el poder de un calendario en blanco.

No sé. Quizás este año, por definición, se trató de creer en milagritos.

 


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Ya hice mi carta, 2.

Oye, espíritu de la navidad:

Sólo te pido un regalo.

Permíteme ir a casa de mis abuelos. Habré tenido unos seis años. Fue cuando me asomé por una herrería y supe, bajo el influjo del ¡Ay, del Chiquirritín! y del pino que giraba constelando en contrasentido de la ruta ovalada del trenecito y de las luces en serie reflejándose en las copas de una mesa para veinte, yo con vestido de pana, el cráneo alisado por las coletas, las rodillas libres, los barrotes que olían hierro y a pintura de aceite, la sospecha de una sopa hirviendo con bastante perejil y pimienta gorda; esa vez cuando desaparecieron los imperativos: no enojarme, no llorar, no andar nunca con el cabello suelto y hasta olvidé mi apremio por recibir una Máquina de Raspados Fiesta de Sabor, supe y me di cuenta de ese momento: qué bonito, dije.  Y fui feliz.

Deja que vaya por mí. Llévame a ese instante prístino, por favor, y a todas las veces que volví a él, observándome desde otros puntos de mi historia: a mi ser universitaria que no sabía dónde acomodar esa visión frente a la construcción occidental de la navidad del consumo y de los roles de género; a mi ser recién casada que no sabía cómo incorporar las celebraciones de otras familias sin sentir que contaminaban la suya; a mi ser mamá en la crisis de los treinta, agobiada por deudas y por la competencia del a quién le va mejor, abrumada por ahorrar para los regalos; a mi ser migrante que, además, añoraba una piñata de colores y pedir posada y un ponche para el frío del norte de California; a mi ser soltera después de los cuarenta, con ciclos de furia y duelo despeinada por el desarraigo. A mi sentir que le fallé a la niña que amaba la navidad.

Quiero ir por todas esas yo, traerlas de vuelta y quitarles la carga de creer que mi yo original está varado en mi infancia. Deja que, por poner un ejemplo bobo, les enseñe cómo adorné el Nacimiento*, mi árbol de dos nacionalidades orientado hacia donde pasa el último tren de la noche; las tardes de diciembre con mis hijas consiguiendo regalos que donar al centro comunitario, el grupo de apoyo al que asisto para dialogar acerca de relaciones sanas. Deja que esas yo descansen, al fin, cuando les muestre en qué me convertí: soy mi villancico entre signos de exclamación, mi casa —a veces hogar o pesebre o paredes con eco­—, mi mesa con la elegancia de lo ordinario, el reflejo del amor que sigo y que es propio, mi presente envuelto. Deja les asegure: la que sabe de asombro y de ser feliz pervive: la navidad era bella porque yo la presenciaba y le daba sentido, no eran los objetos ni el momento en sí mismos.

Pido dejar de estar fragmentada por épocas, menos órdenes internas o externas de cómo debe ser la vida, menos cuadros fijos de mí. Seguir dándome cuenta. No hay mejor regalo, me basta y es suficiente.

pd. Estee…pensándolo bien, son dos regalos: también quiero unos zapatos morados.

*El Nacimiento de este año tuvo su cobertura aparte. ¡Qué cosa! Ahí las imágenes que publiqué en Twitter.